Ecos De Aion

CAPÍTULO 15: EL RÍO DE LOS OLVIDADOS

Interior. Conductos de Eliminación. Noche.

La puerta de servicio que Brax abrió no daba a un pasillo, sino a la garganta de la bestia.

El olor golpeó a Kaelen como un puñetazo físico. No era solo olor a heces o podredumbre; era un hedor químico, dulzón y cobrizo. Olía a sangre coagulada mezclada con amoníaco industrial. Kaelen tuvo una arcada violenta, tapándose la boca con la manga.

—Ponte esto —dijo Brax, entregándole una máscara extraña. No tenía luces ni baterías. Era una máscara de cuero vieja, cosida a mano, con un filtro hecho de una lata de conservas llena de carbón activado triturado. —Es primitiva —admitió Brax—, pero filtrará las esporas y evitará que te desmayes por los gases de metano. Y lo más importante: es invisible para los sensores térmicos y eléctricos. Para la Ciudadela, serás solo un trozo más de basura bajando por el tubo.

Kaelen se ajustó la máscara. El cuero le raspó la cara, pero el aire, aunque sabía a ceniza, era respirable. —¿Y la luz? —preguntó Kaelen, su voz amortiguada.

Brax negó con la cabeza. —Nada de luces. Los "Limpiadores" patrullan los túneles principales. Son drones ciegos que se guían por la luz y el movimiento rápido. Tendrás que usar el tacto.

Brax señaló el agujero negro en el suelo. Se escuchaba el rumor de un líquido espeso corriendo allá abajo. —Escúchame bien, Kaelen. Vas a caer en el Colector Principal. La corriente es fuerte. Te arrastrará hacia el sur, hacia la Planta de Procesamiento. Tienes que contar tres bifurcaciones. En la tercera, pégate a la pared derecha. Hay una rejilla de mantenimiento rota. Si te pasas esa rejilla... —Brax hizo una pausa sombría—... llegarás a las Trituradoras. Y de ahí no sale ni el metal.

Kaelen asintió. Se palpó la bota para asegurarse de que su trozo de metal seguía ahí. —¿Y Tren? —Si no lo han procesado todavía, estará en la Sala de Clasificación. Justo antes de las Trituradoras. Pero Kaelen... el cable troncal de comunicaciones está en la dirección opuesta. Tienes que elegir. Misión o rescate. Es probable que no tengas tiempo para ambos.

Kaelen no respondió. Se sentó en el borde del agujero. Miró a Brax una última vez. —Gracias, Brax. —No me des las gracias todavía. Sobrevive.

Kaelen se impulsó y saltó a la oscuridad.

La caída duró dos segundos eternos. Aterrizó en algo blando y viscoso que amortiguó el golpe pero le salpicó todo el cuerpo. El "agua" le llegaba a la cintura. Estaba tibia. Asquerosamente tibia. Kaelen se puso de pie, resbalando en el limo que cubría el fondo del túnel cilíndrico. Estaba en oscuridad total. Solo el eco de su propia respiración rasposa dentro de la máscara le hacía compañía.

Comenzó a avanzar, arrastrando los pies para no tropezar. Brax tenía razón: no veía nada. Tenía que sentir las paredes curvas con las manos. El tacto era una pesadilla. Sus dedos rozaban cosas que flotaban en la corriente. Trozos de tela. Objetos duros que parecían huesos. Y cosas blandas, esponjosas, que prefería no identificar.

Primera bifurcación. La sintió más que verla; una corriente de aire frío vino de la izquierda. Siguió recto.

De repente, un zumbido mecánico resonó en el túnel, acercándose desde atrás. Un Limpiador. Kaelen se quedó congelado. Recordó las palabras de Brax: se guían por movimiento rápido. Se pegó a la pared, hundiéndose en el líquido hasta el cuello, quedándose inmóvil como una estatua.

Una luz roja, tenue y difusa, barrió el túnel. El Limpiador pasó flotando a medio metro de él. Era una máquina con forma de barril, con brazos mecánicos que recogían los "atascos" de basura. Kaelen vio, horrorizado, lo que el dron llevaba en sus pinzas: un torso humano, pálido y drenado, al que le faltaba la cabeza. Era uno de los prisioneros "agotados". El dron pasó de largo, clasificando a Kaelen como un bulto inerte más en el río de desechos.

Kaelen esperó a que el zumbido se alejara. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro atrapado. Estoy nadando en gente, pensó con un horror frío. Esto no es agua sucia. Es el cementerio.

Siguió avanzando. Segunda bifurcación. Tercera bifurcación. Kaelen se lanzó hacia la pared derecha, tanteando frenéticamente en la oscuridad. Sus dedos se engancharon en metal oxidado. La rejilla. Tiró de ella. Estaba atascada por años de suciedad calcificada. A lo lejos, escuchó un sonido nuevo: un rugido industrial, grave y rítmico. Clunk-GRRR-Clunk. Las Trituradoras. Estaba cerca del final del desagüe. La corriente se hacía más fuerte, tirando de sus piernas, queriendo arrastrarlo hacia la maquinaria.

—¡Vamos! —gruñó Kaelen, tirando con todo el peso de su cuerpo. El metal cedió con un chirrido subacuático. Kaelen se metió por el hueco justo cuando la fuerza del agua amenazaba con llevárselo.

Gateó por un tubo seco, tosiendo, quitándose la máscara un segundo para escupir la bilis que le subía por la garganta. Al final del tubo, había una luz tenue. Una rejilla de ventilación que daba al Sótano 9.

Kaelen se asomó con cuidado. Lo que vio superaba cualquier pesadilla que hubiera tenido en la celda.

El Sótano 9 no era una mazmorra. Era una fábrica. Era una nave inmensa, de techos altos, iluminada por luces amarillentas que daban a todo un aspecto enfermo. El suelo estaba cubierto de baldosas que alguna vez fueron blancas, ahora manchadas de fluidos oscuros.

En el centro de la sala, había cintas transportadoras anchas que traían los "desechos" desde los niveles superiores. Cuerpos. Montañas de cuerpos drenados, grises como la ceniza. Pero no todos estaban muertos.

A la izquierda, en grandes tanques de cristal llenos de un líquido verde turbio, flotaban cosas. Kaelen entrecerró los ojos. Eran humanoides, pero deformes. Uno tenía tres brazos. Otro tenía la cabeza hinchada hasta el tamaño de una sandía, pulsando con venas azules. Los Fallidos, recordó Kaelen. Las Efigies que intentaron usar sangre sintética o que rechazaron la transformación. Estaban vivos. Se movían espasmódicamente dentro de los tanques, con tubos conectados a sus cerebros y estómagos.




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