Ecos De Aion

CAPÍTULO 16: LA FRONTERA DE CENIZA

La Zona Muerta no hacía honor a su nombre. Estaba demasiado viva, pero de una forma que la biología humana rechazaba instintivamente.

Lyra se movía a través de un bosque de chimeneas industriales colapsadas y silos de grano oxidados que se alzaban como costillas de gigantes olvidados. La niebla aquí era espesa, de un color amarillo enfermizo que sabía a azufre y picaba en la garganta. Rian le había dado una bufanda empapada en vinagre para respirar, pero aun así, cada inhalación era una batalla contra las ganas de toser. Y toser significaba morir.

Caminaba agazapada, con el arco en la mano izquierda y una flecha ya encajada en la cuerda, sujeta por la tensión de sus dedos llenos de callos.

Pisa con el borde exterior del pie. Rueda hacia el talón. Flexiona las rodillas. Sé peso muerto.

El mantra de Rian se repetía en su cabeza. El suelo era traicionero: una alfombra de escoria metálica, cristales rotos y huesos de pájaros. Un solo crujido podía ser su sentencia.

Se detuvo al llegar a una intersección de lo que alguna vez fue una avenida de cuatro carriles. Ahora era un río estancado de coches abandonados, cubiertos por una capa de musgo gris que palpitaba suavemente con un ritmo biológico propio. Lyra reconoció el peligro. "Alfombra de Judas", le había llamado Kora. Parecía suave, pero si lo pisabas, liberaba nubes de esporas neurotóxicas.

Lyra trepó al capó de un camión de reparto, evitando el musgo, y saltó de techo en techo. Se sentía expuesta. El cielo plomizo sobre su cabeza parecía un ojo gigante observándola.

De repente, un sonido cortó la niebla espesa. Click... Click... Click-sssss.

Lyra se congeló en el techo de una furgoneta. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, convirtiéndose en una estatua. El sonido venía de arriba. De una viga de acero que sobresalía de un edificio derrumbado a su derecha. Levantó la vista lentamente, sin mover el cuello, solo rotando los ojos en sus órbitas.

Allí estaba. Un Gárgola.

Era la primera vez que veía uno fuera de los dibujos esquemáticos de la Biblioteca. La realidad era mucho más visceral. Tenía el tamaño de un hombre adulto, pero su anatomía estaba retorcida. Alas de piel correosa pegadas a brazos atrofiados, patas traseras con garras de garfio que se aferraban al acero oxidado, y una cabeza sin ojos. La criatura giraba su rostro ciego de un lado a otro. La boca, llena de dientes de aguja, emitía esos chasquidos rítmicos. Sonar, pensó Lyra. Está mapeando el entorno con eco.

El Gárgola abrió las alas y se dejó caer. No aleteó; planeó en silencio absoluto, aterrizando sobre el techo de un autobús escolar a diez metros de Lyra. El metal del autobús gimió bajo su peso. La criatura olfateó el aire. Sus fosas nasales, dos tajos húmedos en la cara, se dilataron. Lyra dejó de respirar. Literalmente. Cerró la boca y apretó los labios, obligando a sus pulmones a aguantar el aire viciado. Su corazón martilleaba tan fuerte contra sus costillas que temía que el sonar de la bestia pudiera captar las vibraciones de su propio pánico.

El Gárgola dio un paso hacia ella. Sus garras rasparon la pintura amarilla del autobús. Screeeech. Lyra tensó el arco milimétricamente. Sabía dónde apuntar: los sacos de aire bajo las costillas. Pero Rian le había advertido: Si no le das al primer intento, su chillido llamará a la manada antes de que puedas recargar.

La criatura giró la cabeza hacia la izquierda bruscamente. Algo se había movido entre los escombros, lejos de Lyra. El viento había movido una chapa suelta, o quizás una rata había cometido un error. Con un chillido agudo que hizo vibrar los dientes de Lyra, el Gárgola se lanzó hacia la fuente del ruido, desapareciendo en la niebla con una velocidad aterradora.

Lyra exhaló, temblando. Sus piernas parecían de gelatina, pero se obligó a moverse. No corrió. Correr es ruidoso. Se deslizó como una sombra, adentrándose más en el laberinto del Oeste, alejándose del nido de los monstruos.

Dos horas después, el paisaje cambió. El caos de las ruinas dio paso a algo más inquietante: el orden militar.

Lyra se detuvo ante una barricada formidable. No era un montón de basura apilada al azar. Eran contenedores de carga marítima llenos de tierra, soldados entre sí, formando un muro perimetral de seis metros de alto. Delante del muro, había un campo abierto de unos cien metros de largo, desprovisto de vegetación. Parecía vacío. Solo barro y silencio.

Pero Lyra vio las señales que un ojo inexperto habría ignorado. Había montículos de tierra extrañamente regulares. Y cables finos, casi invisibles, tensados a la altura de los tobillos. Campo minado, pensó.

Consultó el mapa de Rian. Según el dibujo, debía haber una entrada de drenaje cerca, pero el terreno había cambiado. Entonces, vio algo brillar en la torre de vigilancia improvisada en lo alto de los contenedores. No era una luz eléctrica (eso atraería a las Efigies Azules). Era el reflejo del sol en una lente óptica. Un francotirador la estaba mirando.

Lyra levantó las manos lentamente, separándolas del cuerpo, mostrando que tenía el arco colgado al hombro y las palmas vacías. —¡No disparéis! —gritó, su voz sonando pequeña en la inmensidad gris—. ¡Vengo del Este! ¡Busco a la Vanguardia!

Silencio. Solo el viento silbando entre los contenedores.

De repente, la tierra a tres metros de sus pies estalló. No fue fuego. Fue aire comprimido. Una estaca de madera de medio metro de largo, con la punta endurecida al fuego, salió disparada del suelo con fuerza letal, clavándose en el barro con un golpe seco. Thunk. Una trampa neumática. Invisible a los sensores térmicos, letal para los humanos.

—Esa fue la advertencia —dijo una voz amplificada por un megáfono manual (analógico) desde el muro—. La siguiente va al pecho. Da media vuelta, trapera. Aquí no aceptamos refugiados. Tenemos el cupo lleno y no repartimos comida.




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