Interior. Sótano 9. La Fábrica de Carne.
El dolor no fue un aviso; fue una conclusión. Cuando la onda gravitatoria invisible golpeó a Kaelen, no se sintió como un empujón, sino como si la atmósfera misma se hubiera solidificado y lo hubiera embestido a cien kilómetros por hora.
Salió despedido hacia atrás, sus pies descalzos perdiendo tracción en el suelo viscoso, y su espalda chocó contra una tubería de metal caliente. El aire escapó de sus pulmones con un gemido húmedo. Cayó de rodillas, tosiendo, con el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.
Frente a él, flotando a medio metro sobre la inmundicia, el Descarte avanzaba. La Efigie fallida no tenía la elegancia de los Dorados ni la frialdad de los Azules. Era una masa de carne transparente y furia, sostenida por una silla gravitatoria que zumbaba como un enjambre de avispas enfurecidas. Sus múltiples ojos cibernéticos giraban de forma independiente, enfocándose y desenfocándose, procesando la muerte de Kaelen desde doce ángulos distintos.
—Biomasa hostil —graznó la cosa. No hablaba; su laringe había sido reemplazada por un sintetizador barato que distorsionaba las vocales—. Tu estructura ósea cederá ante la presión.
Kaelen intentó levantarse, pero otro pulso de gravedad lo aplastó contra el suelo. Esta vez, sintió cómo su hombro derecho crujía peligrosamente. No había pelea posible. Esto no era una película donde el héroe esquiva rayos. Esto era física: una fuerza imparable contra un objeto muy rompible.
—¡Kaelen! —el grito de Tren, agazapado tras una columna a diez metros de distancia, sonaba lejano, ahogado por el miedo.
Kaelen pegó la mejilla al suelo sucio. El olor a amoníaco y podredumbre le quemaba las fosas nasales. Pero, desde ese ángulo humillante, vio algo.
La silla del Descarte.
Debajo del asiento de metal oxidado, un anillo de sensores ópticos brillaba con una luz roja tenue. Mientras la criatura avanzaba, la silla se micro-ajustaba constantemente, elevándose unos milímetros cada vez que pasaba sobre un bulto de basura o un charco de fluidos.
Evita la suciedad, pensó Kaelen, con la mente nublada por el dolor. La máquina perfecta no quiere tocar la mierda.
Esa arrogancia tecnológica era su única oportunidad. El Descarte levantó una mano deforme para el golpe final.
Kaelen no miró al monstruo. Miró arriba. Justo encima de la criatura cruzaba una tubería gruesa, reforzada con parches de soldadura vieja y marcada con una línea amarilla: RESIDUOS ORGÁNICOS - ALTA PRESIÓN.
Era la línea de alimentación de la pasta que daban de comer a los monstruos.
Con un grito ahogado, Kaelen lanzó el trozo de metal oxidado que aún aferraba. No a la criatura. A la válvula corroída sobre su cabeza.
Clang.
El metal golpeó la válvula. Por un segundo, no pasó nada. Luego, la presión hizo el resto. La tubería reventó con un silbido ensordecedor.
Un torrente denso, caliente y pegajoso de biomasa licuada cayó como una catarata de vómito industrial directamente sobre el Descarte.
La criatura chilló. El lodo cubrió los sensores de la silla gravitatoria en un instante. Las lentes ópticas se cegaron. La silla, confundida por la suciedad, falló. El sistema de levitación se apagó y el Descarte se desplomó contra el suelo con el peso muerto de media tonelada, convirtiéndose en un torso gigante que se arrastraba ciegamente entre la inmundicia.
Kaelen se puso de pie, tambaleándose. Tenía el camino libre hacia la salida. Pero sus ojos se desviaron a la izquierda.
El Nodo de Comunicaciones. El cerebro de la colmena.
De repente, el mundo se detuvo y la voz de Brax resonó en su mente, clara como si estuviera allí, transportándolo a un recuerdo de hacía solo unas horas.
Flashback
La luz tenue de la Jaula de Faraday iluminaba el plano arrugado sobre la mesa. El dedo sucio de Brax golpeaba un punto específico en el diagrama del servidor.
—No busques un interruptor, Kaelen. No busques un teclado. Eso es para los Azules. Tú busca la arteria.
Brax señaló un haz de cables grueso en la base de la torre de datos.
—Aquí. La Troncal 0-1. Es fibra óptica blindada, envuelta en kevlar negro con una franja azul neón. Es el nervio óptico de la Ciudadela. Por ahí pasan todas las órdenes, todas las visiones de las Efigies. Si cortas eso, no solo apagas el Wi-Fi... les lobotomizas la mente colmena. Pero cuidado: está viva. Si la tocas con la mano desnuda, sentirás pasar a Dios.
Fin del Flashback
Allí estaba. Tal como Brax dijo. El cable negro con la franja azul neón, palpitando en la base de los servidores tras el campo de fuerza inestable.
Kaelen corrió hacia el Nodo. Pero el Descarte, aunque ciego, oyó el chapoteo de sus pasos.
—¡Te oigo, rata! —rugió el monstruo, girándose con una velocidad aterradora y lanzando un zarpazo a ciegas.
El brazo del Descarte golpeó a Kaelen en las piernas, derribándolo frente al servidor. Kaelen perdió el aire. El monstruo se preparó para impulsarse y aplastarlo con sus manos desnudas. Kaelen estaba desarmado; había lanzado su metal a la tubería. No tenía nada.
—¡Eh, monstruo! —gritó una voz rota desde las sombras.
¡CLANG!
Algo metálico golpeó al Descarte en uno de sus ojos cibernéticos.
Era Tren.
El chico no había huido por la rejilla como Kaelen le ordenó. Había salido de su escondite tras la columna. Estaba pálido, temblando por la abstinencia, el sudor frío perlando su frente, pero sostenía otra bandeja médica con ambas manos. Sus ojos estaban llenos de terror absoluto, pero sus pies estaban plantados en el suelo.
—¡Atrás! —chilló Tren, lanzando la segunda bandeja con fuerza desesperada.
El ruido metálico rebotó en las paredes, confundiendo a los sensores auditivos del monstruo, que rugió y se giró hacia el nuevo ruido, olvidando a Kaelen por un segundo vital.
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Editado: 16.02.2026