PARTE I: EL CALOR DE LOS VIVOS
Interior. Nivel de Enfriamiento (Subsuelo). Hora desconocida.
Kaelen no despertó; emergió violentamente de la negrura como quien rompe la superficie del agua para no ahogarse.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un instinto primario, forjado en el lodo del Sótano 9 y en el terror del pantano, tomó el control. Sintió un calor sofocante en la piel, un aire denso y pesado, y su cerebro gritó: ¡Fuego! ¡Me están quemando!
Kaelen lanzó un golpe a ciegas. Su puño impactó contra algo sólido, un hombro huesudo. Ignorando el dolor cegador que estalló en sus costillas como un cuchillo al rojo vivo, intentó rodar fuera de la superficie donde estaba atrapado, buscando frenéticamente cualquier cosa que sirviera de arma.
—¡Sujétalo! —gritó una voz ronca—. ¡Se va a arrancar las vías!
Dos brazos fuertes, mucho más fuertes de lo que parecían, lo clavaron contra el colchón empapado en sudor. Kaelen pataleó, gruñendo como un animal acorralado, con el sabor a bilis y pánico en la garganta.
—¡Suéltame! —rasgó su voz—. ¡Atrás!
—¡Chico, estás a salvo! ¡Deja de pelear o te vas a abrir los puntos del abdomen!
La voz era humana. Cansada. Vieja.
Kaelen dejó de forcejear, jadeando, con el pecho subiendo y bajando en espasmos dolorosos. Sus ojos, desorbitados, barrieron el entorno frenéticamente buscando Efigies o monstruos.
No había lodo negro. No había metal azul aséptico. Había un techo bajo de hormigón reforzado, cubierto de material aislante plateado que se estaba pelando por la humedad. Gruesas tuberías de cobre cruzaban el techo, envueltas en mantas térmicas, vibrando con un siseo constante. Un ventilador industrial giraba perezosamente en la esquina, moviendo el aire caliente que olía a azufre, a grasa mecánica y a alcohol barato.
El hombre que lo sujetaba lo soltó lentamente, manteniendo las manos a la vista, palmas abiertas. Parecía tener sesenta años, con una bata de médico que alguna vez fue blanca pero ahora era un mapa de manchas de aceite y sangre seca. Se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
—Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos —dijo el hombre, frotándose la mandíbula donde Kaelen le había golpeado—. Tienes un gancho derecho decente para ser un cadáver.
Kaelen se encogió en la camilla, temblando. La adrenalina se estaba disipando, dejando paso a un dolor sordo y profundo en cada centímetro de su cuerpo. Sentía la ropa pegada a la piel por el sudor.
—¿Dónde...? —Su voz era un susurro quebrado—. Hace calor... ¿estamos en un horno?
—Técnicamente, estamos encima de uno —dijo el médico, cogiendo una tablilla de metal abollada—. Estás en La Fundición. Soy Silas. Doc Silas. Esto es una antigua planta geotérmica. El núcleo activo está a dos kilómetros bajo nuestros pies; nosotros ocupamos los niveles de enfriamiento. Aquí abajo sudamos hasta durmiendo, pero ese calor es lo único que impide que los satélites de las Efigies vean nuestros cuerpos. Es camuflaje térmico.
Kaelen intentó procesar la información. Estaba bajo tierra. Estaba a salvo.
De repente, la memoria lo golpeó como un martillo. El pantano. Las arañas. El peso de un cuerpo sobre su hombro y luego... nada.
—¿Tren? —La palabra salió disparada de su boca—. El chico flaco... venía conmigo.
La expresión de Silas se oscureció. Dejó la tablilla sobre una mesa llena de frascos de vidrio y herramientas quirúrgicas que parecían sacadas de un taller mecánico. Se sentó en un taburete, mirándolo con una mezcla de respeto y lástima clínica.
—Está vivo —dijo Silas.
—Tengo que verlo. —Kaelen intentó levantarse de nuevo, apoyando los codos, pero sus brazos fallaron y cayó de espaldas—. Él... él no está bien de la cabeza. Necesita que le hable.
—No puedes hablar con él ahora, hijo —Silas lo detuvo con un gesto firme—. Está en la Cámara de Sudor, en aislamiento total. Nivel 4.
Silas se inclinó hacia adelante, bajando la voz para que los otros pacientes de la sala no oyeran.
—El equipo de extracción que os trajo... me contaron lo que vieron. Dijeron que tú estabas inconsciente cuando os encontraron. Dijeron que ese chico, que pesa la mitad que tú y estaba alucinando por la abstinencia, te cargó durante varios kilómetros de pantano tóxico.
Kaelen cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta.
—Dijeron que tenía marcas de defensa en los antebrazos —continuó Silas, implacable—. Marcas de quelíceros. Se peleó con una Tejedora para protegerte, Kaelen. Con un maldito fémur humano. Y no solo eso...
Silas señaló su propia piel, sus ojos llenos de una gravedad terrible.
—Cuando lo desnudamos para descontaminarlo, su piel estaba destrozada. No por el pantano. Por sus propias uñas. Se había arrancado tiras enteras de carne intentando "sacarse los bichos" de la abstinencia. Tu amigo caminó por el infierno mientras su propio cerebro intentaba matarlo, y aun así no te soltó hasta que estuvo seguro de que estabas a salvo.
Kaelen se cubrió la cara con las manos sucias. Las lágrimas quemaban, mezclándose con el sudor. Tren, el cobarde, el drogadicto que temía a su propia sombra... había sido más fuerte que todos ellos.
—¿Se va a recuperar? —preguntó Kaelen a través de sus dedos, con la voz rota.
—Físicamente, sí. Mentalmente... estamos purgando el Loto de su sangre. Va a ser una semana de gritos y pesadillas. Pero si sobrevivió a esa caminata, sobrevivirá a esto. Ahora, tú preocúpate por ti. Tienes tres costillas rotas, el hombro dislocado y una infección en la pierna que casi te cuesta el pie. Tu cuerpo está en huelga.
En ese momento, la pesada puerta de metal del fondo se abrió con un chirrido de bisagras mal engrasadas. El ruido de martillos y maquinaria lejana entró por un segundo antes de que la puerta se cerrara de golpe.
Kaelen se tensó de nuevo, buscando una amenaza.
Pero era Lyra.
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Editado: 16.02.2026