PARTE II: LA SALA DE LOS MAPAS
Interior. Nave Principal de La Fundición (Nivel de Superficie).
El trayecto desde la enfermería hasta el centro de mando no fue un simple paseo; fue una ascensión desde las entrañas de la tierra hacia una colmena de acero.
Al cruzar la pesada puerta de contención térmica del subsuelo, Kaelen sintió cómo el aire cambiaba. El calor sofocante y húmedo de los niveles inferiores —donde vivían y dormían— dio paso a una corriente de aire más fresca, aunque cargada de olores químicos.
Caminaron por un pasillo de hormigón desnudo hasta que Lyra se detuvo frente a una doble puerta de metal corrugado, pintada con franjas amarillas y negras desgastadas.
—Prepárate —dijo ella, apoyando la mano en la barra de apertura—. Abajo es donde sobrevivimos. Aquí arriba es donde trabajamos.
Lyra empujó la puerta.
El mundo se abrió de golpe en una caverna colosal, pero no de roca natural, sino de industria humana.
Kaelen se detuvo en seco, apoyando todo su peso en la muleta de aluminio, con los ojos muy abiertos intentando procesar la escala de lo que tenía delante. Estaban en la Nave de Turbinas, la estructura principal de la antigua planta geotérmica. El techo se alzaba a cincuenta metros de altura, una maraña de vigas de acero oxidadas, cadenas colgantes y tragaluces sucios por donde se filtraba una luz grisácea y débil del exterior.
La nave era tan grande que podía albergar dos campos de fútbol. Y estaba llena.
El aire vibraba, literalmente. El suelo de rejilla bajo los pies de Kaelen temblaba con el estruendo de la actividad. Vio camiones de transporte antiguos estacionados en filas, siendo desmantelados y reconstruidos con planchas de metal de diferentes colores —puertas de coches civiles, señales de tráfico, restos de fuselaje de drones caídos—. Vio grúas puente moviéndose por los rieles del techo con un gemido metálico, transportando cajas de munición y motores diésel humeantes.
En un rincón lejano, vio un sector entero dedicado a la agricultura: un invernadero hidropónico construido con plásticos reciclados y luces ultravioleta púrpuras que zumbaban suavemente. Hileras de algas y tubérculos crecían en tanques de agua burbujeante, un parche de vida verde brillante y antinatural en medio del gris industrial.
—Es... es enorme —murmuró Kaelen, teniendo que alzar la voz sobre el chirrido de una sierra radial cercana—. Desde fuera parecía una ruina abandonada.
—Ese es el punto —dijo Lyra, guiándolo por la pasarela elevada que cruzaba la nave por lo alto—. Desde fuera, los drones solo ven una fábrica vieja con fugas de vapor y chimeneas rotas.
Señaló hacia las paredes de la nave, que estaban forradas con paneles gruesos y viejos radiadores industriales que emitían columnas de vapor blanco.
—La planta sigue "respirando" —explicó Lyra—. Expulsamos el exceso de calor del subsuelo de forma controlada alrededor del edificio. Para los sensores térmicos de la Ciudadela, esto parece una zona de incendios residuales o géiseres naturales. El "ruido térmico" es tan alto que oculta nuestras firmas biológicas.
—Escondidos a plena vista —murmuró Kaelen—. Es ingenioso.
—Es desesperado —corrigió Lyra, su rostro ensombreciéndose—. Es mucho más seguro que el Estadio.
Kaelen la miró, confundido por la referencia.
—¿El Estadio?
Lyra se detuvo un momento en la pasarela, mirando hacia abajo, hacia las familias que trabajaban en las líneas de montaje: niños llevando herramientas, ancianos cocinando en ollas gigantes.
—Cierto. Tú no lo sabes. Estabas dentro del Domo. —Lyra suspiró, y por un segundo pareció mucho más joven y cansada—. Hace tres años, la resistencia intentó vivir en la superficie, en el viejo Estadio Olímpico de la ciudad. A cielo abierto. Eran cientos de personas. Creían que los muros de hormigón los protegerían.
—¿Qué pasó? —preguntó Kaelen, temiendo la respuesta.
—Hicieron ruido. Generaron calor visible. Las gradas llenas de gente brillaban en los escáneres térmicos como un árbol de Navidad. Las Efigies Azules atacaron... —Lyra apretó la correa de su rifle, sus nudillos blancos—. Murieron casi todos en una noche. Por eso vivimos aquí, Kaelen. Dentro de estas paredes de plomo, ladrillo y vapor. Aprendimos que en este mundo, ser visible es estar muerto.
La revelación golpeó a Kaelen. Entendió por qué Thorne, el comandante del que Lyra hablaba, debía ser tan duro. No estaba dirigiendo un campamento militar; estaba gestionando la supervivencia de una especie en peligro de extinción.
—Vamos —dijo Lyra, sacudiendo la cabeza bruscamente, como si quisiera expulsar físicamente el recuerdo—. Thorne odia esperar. Y tú eres la primera buena noticia que tenemos desde esa noche.
Siguieron caminando hasta el centro de la nave. Suspendida sobre el suelo de la fábrica mediante vigas de acero remachadas, como el puente de mando de un acorazado varado, había una oficina con paredes de cristal blindado, tan sucio por años de humo industrial que parecía vidrio ahumado.
Lyra abrió la puerta de metal pesado.
El ruido ensordecedor de la fábrica se cortó instantáneamente, como si alguien hubiera apagado el audio del mundo, reducido a un zumbido grave y distante gracias al aislamiento acústico de grado militar.
Dentro, el aire estaba cargado, denso por el humo de tabaco barato y el olor ácido del café recalentado. Un hombre estaba de espaldas, inclinado sobre una mesa táctica inmensa que ocupaba el centro de la sala, moviendo fichas de plástico con una mano de carne y hueso y otra de metal y pistones hidráulicos expuestos.
El Comandante Thorne se giró lentamente.
Era un hombre que parecía haber sido tallado en granito y luego erosionado por ácido. Tenía la cara curtida por el sol radiactivo y una cicatriz profunda que le cruzaba la mejilla izquierda, tirando de su párpado hacia abajo en una mueca perpetua de escepticismo. Su brazo derecho terminaba en el codo; el resto era una prótesis mecánica tosca, sin piel sintética, una garra de tres dedos que zumbaba con cada movimiento, lubricada con aceite negro.
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Editado: 16.02.2026