Ecos De Aion

CAPÍTULO 19.3: LA FUNDICIÓN

PARTE III: LA NUEVA SANGRE

Interior. Nave Principal de La Fundición (Nivel de Superficie). Una hora después.

El aire en la Nave de Turbinas cambió. El estruendo constante de la maquinaria —el latido del corazón de la resistencia— se detuvo poco a poco, silenciado por una orden que corrió como electricidad a través de las filas de trabajadores. Las sierras radiales se apagaron. Los martillos neumáticos dejaron de golpear. Los motores de los camiones se ahogaron hasta el silencio.

Kaelen, de pie en la pasarela de mando junto a Thorne y Lyra, sintió el peso de mil ojos clavándose en él.

Abajo, en la inmensidad de la fábrica, la Vanguardia se había reunido. No eran un ejército de desfile. Eran una marea de rostros sucios, marcados por cicatrices, grasa y radiación. Había hombres con prótesis oxidadas, mujeres con rifles colgados a la espalda mientras sostenían a bebés envueltos en trapos, y ancianos que se apoyaban en llaves inglesas como si fueran bastones de mando.

Eran los supervivientes de veinte años de infierno. Y ahora miraban hacia arriba, hacia el chico que había dormido a través del apocalipsis.

Thorne avanzó hasta la barandilla de la pasarela. Su garra mecánica brilló bajo los focos de halógeno. No necesitó un micrófono; la acústica de la nave y su voz de trueno eran suficientes.

—¡Hijos de la Fundición! —rugió Thorne. Su voz rebotó en las vigas de acero—. ¡Durante dos décadas hemos vivido como ratas en las paredes! ¡Hemos comido sus sobras! ¡Hemos respirado su humo! ¡Hemos visto cómo nuestros hermanos morían en el Estadio porque nos atrevimos a soñar con el sol!

Un murmullo de ira y dolor recorrió la multitud como una ola oscura. El recuerdo de la masacre del Estadio aún era una herida abierta.

—Nos dijeron que los Dioses de la Ciudadela eran intocables —continuó Thorne, señalando hacia el techo, hacia el mundo exterior—. Nos dijeron que Synvion lo veía todo. Que sus ojos en el cielo eran eternos. Que la resistencia era inútil.

Thorne se giró bruscamente y agarró a Kaelen por el brazo sano, arrastrándolo hacia el borde de la luz. Kaelen se tambaleó, apoyándose en su muleta, sintiéndose expuesto, pequeño y roto frente a la multitud.

—¡Míradlo! —gritó Thorne—. No parece un guerrero, ¿verdad? Sangra. Cojea. Está asustado.

Kaelen apretó la mandíbula, soportando el escrutinio. Vio rostros endurecidos abajo. Vio esperanza en los ojos de los más jóvenes, pero vio algo más en los veteranos: desconfianza. Es uno de ellos, parecían decir sus miradas. Viene del Domo. Es un Durmiente.

—Pero este chico... —Thorne bajó la voz, un susurro teatral que llegó a cada rincón—. Este chico entró en el vientre de la bestia. Entró en el Sótano 9, donde procesan a nuestra gente como ganado. Y no se escondió. No huyó.

Thorne levantó el puño humano.

—¡Él cortó el nervio de Dios! ¡Él apagó las luces de Osteria!

Hubo un segundo de silencio atónito. La noticia había corrido como un rumor, pero la confirmación del Comandante era diferente.

—¡Los satélites están ciegos! —gritó Thorne—. ¡La red ha caído! ¡Por primera vez en veinte años, el cielo es nuestro!

El estallido de gritos fue ensordecedor. Hombres golpeaban sus herramientas contra el metal. Mujeres lloraban. Era una liberación de presión acumulada durante una generación.

Pero no todos celebraban. Kaelen vio a un grupo de soldados veteranos cerca de los camiones, cruzados de brazos, escupiendo al suelo.

—Es un truco —oyó Kaelen susurrar a uno, su voz cortando el aire—. Los Azules lo dejaron escapar. Es un señuelo. Nos guiará a la muerte.

Thorne, anticipando la duda, levantó la mano para pedir silencio.

—Sé lo que pensáis —dijo Thorne, mirando a los escépticos—. Pensáis que es demasiado bueno para ser verdad. Pensáis que ha pasado demasiado tiempo.

Thorne miró a Kaelen a los ojos, y por primera vez, hubo un destello de respeto real.

—Este chico perdió veinte años de su vida en una noche. Se fue a dormir siendo un niño y despertó en un mundo de tumbas. Perdió a sus padres. Perdió su tiempo. Pero en lugar de rendirse... nos ha dado una espada.

Thorne se dirigió a la multitud por última vez.

—¡Mañana, la Vanguardia sale de las sombras! ¡Mañana cruzamos la Zona Roja! ¡No para escondernos, sino para buscar aliados! ¡Este es Kaelen Vane! ¡El Catalizador! ¡Y él nos guiará a través del fuego!

El rugido de la multitud sacudió el polvo de las vigas. "¡Catalizador! ¡Catalizador!", coreaban algunos. Kaelen sintió un escalofrío. No lo veían a él. Veían una herramienta. Un arma. Y estaba bien. Si tenía que ser un arma para salvar a Nia, lo sería.

Thorne le soltó el brazo.

—No les falles, chico —murmuró el Comandante fuera de micrófono—. Porque si lo haces, te despedazarán antes que las Efigies.

Interior. Sector de Armería y Hangar de Vehículos.

Media hora después, la adrenalina del discurso se había disipado, reemplazada por la fría realidad de la preparación.

Kaelen, guiado por Lyra, entró en la zona de seguridad del hangar. Era un área cercada con malla metálica, separada del resto de la fábrica, donde se guardaba el equipo pesado. El olor a grasa, cordita y tabaco era denso.

—Buen espectáculo ahí arriba —dijo una voz desde la sombra de un camión blindado.

Kaelen se giró. Apoyada contra una pila de cajas de munición, limpiando la mira telescópica de un rifle de francotirador de cerrojo largo, estaba la mujer que lo había sacado del pantano.

Ya no llevaba la cara pintada de camuflaje, revelando una cicatriz fina que cruzaba su ceja y unos ojos oscuros que habían visto demasiadas cosas.

—Me llamo Kaelen.

—Lo sé. Soy Vala. —Ella ni siquiera levantó la vista del rifle—. Soy la líder del Escuadrón Eco. Y soy la que evita que te disparen en la cabeza cuando haces estupideces heroicas en el barro.




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