Ecos De Aion

CAPÍTULO 20: MAPAS DE CENIZA

Exterior. Puertas de La Fundición. Amanecer.

La salida de La Fundición no fue un desfile triunfal; fue un nacimiento violento hacia un mundo hostil.

Cuando los enormes engranajes de la puerta de carga principal comenzaron a girar, el sonido fue un gemido tectónico que hizo vibrar el chasis de "La Mula". La luz del exterior no entró de golpe; se filtró como una enfermedad grisácea, luchando contra la niebla tóxica que se aferraba al suelo.

Kaelen, sentado en el banco lateral del interior del vehículo blindado, sintió el cambio de presión en sus oídos. El aire dentro de la base había sido caliente, denso, con olor a humanidad y aceite. El aire que entró cuando la pesada compuerta se abrió por completo era gélido, seco y sabía a ceniza química.

—Máscaras puestas —ordenó Vala desde el asiento del copiloto. Su voz sonaba metálica a través del intercomunicador del casco—. El índice de partículas en la Zona Roja es de 400. Si respiráis eso sin filtro, estaréis escupiendo trozos de pulmón antes del mediodía.

Kaelen se ajustó la máscara táctica. Miró a Lyra, sentada frente a él. Sus ojos estaban fijos en la nada, repasando mentalmente el plan.

—Recuerda el objetivo secundario —dijo Lyra por la radio, mirando a Vala—. Thorne lo autorizó. Paramos en la Biblioteca.

—Es arriesgado —intervino Shaq desde la torreta superior. Su voz profunda y grave retumbó en el habitáculo metálico—. Deberíamos ir directo al Sector Ruina. Cada parada es una invitación a los Gárgolas.

—Necesitamos a Rian y a su gente —insistió Lyra con firmeza—. No son solo refugiados, Shaq. Son rastreadores, arqueros silenciosos y cartógrafos. Conocen la ciudad mejor que nadie. Si logramos convencerlos de unirse a la Vanguardia, duplicaremos nuestras posibilidades de éxito.

Vala asintió, revisando el mapa digital en su muñeca que parpadeaba con estática. —La chica tiene razón. Necesitamos guías locales. Si esos "Bibliotecarios" son tan buenos como dices, Lyra, Thorne les encontrará un uso. Haremos la parada.

—¡Sujetaos las tripas! —gritó Rook desde el volante, pisando el acelerador con una carcajada nerviosa y caótica.

El motor diésel de La Mula rugió. El vehículo de seis ruedas salió disparado hacia la rampa exterior, mordiendo el lodo radiactivo del amanecer.

Exterior. La Zona Gris. Dos horas después.

El viaje fue una negociación constante con un terreno que quería matarlos.

Rook conducía con habilidad maníaca, esquivando cráteres que podrían haberse tragado un autobús. Kaelen miraba por la ventanilla blindada, reconociendo vagamente los esqueletos de edificios que alguna vez fueron familiares. Su vieja ciudad era ahora un cementerio de gigantes.

—Estamos entrando en el Sector 7 —anunció Gable, el médico, mirando una pantalla de radar que sostenía con manos temblorosas—. La radiación está subiendo.

La Mula se inclinó peligrosamente al bajar al lecho seco del antiguo río Oster, ahora un cañón de lodo petrificado y coches apilados.

—Maldita sea —gruñó Shaq desde la torreta, girando la ametralladora rotatoria hacia los flancos—. Esto es un campo de minas de chatarra.

El gigante bajó la cabeza por la escotilla para mirar a Lyra dentro de la cabina. A pesar de su tamaño intimidante y los tatuajes que le cubrían la cabeza calva, sus ojos oscuros mostraban una preocupación genuina.

—¿De verdad cruzaste este vertedero sola, chica? —preguntó Shaq—. Hay nidos de Acechadores en los pilares. Nosotros vamos en un tanque de diez toneladas y estoy nervioso. Tú pasaste caminando.

—No tenía opción —dijo Lyra simplemente, ajustando la correa de su rifle—. Tenía que llegar a La Fundición. O eso, o morir.

Shaq la observó un segundo más en silencio. —Se necesita mucho corazón para enfrentarse a este mundo solo con un palo y una cuerda, chica. Tienes mi respeto.

Kaelen vio cómo Vala también asentía desde el asiento delantero. Ya no veían a Lyra como a una civil rescatada; la veían como a una superviviente de élite.

—Estamos cerca —dijo Lyra, tensándose—. La Biblioteca está a tres manzanas. Espero que Rian no nos dispare antes de ver quiénes somos.

Exterior. Plaza de la Biblioteca. Mediodía.

La Biblioteca Pública de Osteria se alzaba como un templo griego profanado en medio de la desolación.

Pero lo que hizo que Vala levantara la mano para detener el vehículo no fue la majestuosidad de la arquitectura en ruinas. Fue el silencio.

—Rook, para el motor —ordenó Vala, su voz cortante como un látigo.

El silencio cayó sobre la plaza como una manta de plomo. No había vigías en el tejado. No había movimiento en las sombras.

—Zane siempre está en la gárgola del ala oeste —susurró Lyra, con la voz empezando a temblar—. Nunca dejan la entrada sola.

Kaelen miró a través del periscopio. La puerta principal, una enorme hoja de roble reforzado, no estaba cerrada. Estaba arrancada de sus bisagras, tirada en lo alto de la escalinata.

—Algo va muy mal —dijo Shaq, amartillando su ametralladora—. Huele a cobre. Huele a muerte fresca.

—¡Son mis amigos! —Lyra golpeó la palanca de apertura de la compuerta trasera sin esperar órdenes.

Saltaron del vehículo. Kaelen corrió detrás de Lyra, con el cuchillo de combate apretado en la mano, subiendo las escaleras de piedra de dos en dos, seguidos de cerca por Shaq y Vala, que cubrían los ángulos muertos.

Interior. El Atrio de la Biblioteca.

Al cruzar el umbral, la esperanza de reclutamiento se convirtió en ceniza instantánea.

El atrio era un matadero. Las barricadas de libros, apiladas con tanto cuidado, estaban quemadas y esparcidas. Y los cuerpos de los Bibliotecarios, aquellos que Lyra había prometido salvar, estaban por todas partes.

No había sido una batalla contra monstruos salvajes. Las paredes de mármol estaban marcadas con los inconfundibles impactos de quemaduras de plasma.




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