Ecos De Aion

CAPÍTULO 21: EL PESO DEL ACERO

Exterior. Sector 7. Calles aledañas a la Biblioteca. Atardecer.

El silencio que siguió a la partida de "La Mula" no fue una simple ausencia de sonido; fue una entidad física, una losa de plomo que cayó sobre las ruinas de Osteria.

Shaq, el artillero pesado de la Vanguardia, el hombre al que los niños de La Fundición llamaban "La Montaña", se quedó de pie en el centro exacto de la calle agrietada. A través de la niebla tóxica que siempre rodaba desde el Oeste, sus ojos oscuros, habitualmente estoicos e inescrutables, siguieron el rastro de las luces rojas de los frenos del vehículo blindado. Las vio parpadear una última vez al girar en una esquina llena de escombros, y luego, el ronroneo asmático del motor diésel fue engullido por el viento ácido de la ciudad muerta.

Cuando estuvo completamente seguro de que sus compañeros estaban fuera de peligro y en camino hacia el Sector Ruina, el gigante dejó escapar un suspiro. Fue un sonido profundo, cavernoso, que resonó en su inmenso pecho como el fuelle de una vieja fragua agotada.

Estaba solo. Y estaba a punto de morir.

Lo aceptó con la misma tranquilidad, con la misma resignación absoluta con la que un campesino acepta que una tormenta arruinará su cosecha. No había miedo en su corazón. Solo sentía una fatiga antigua, un cansancio que se había estado acumulando en la médula de sus huesos desde el mismo Día del Colapso.

Shaq miró hacia abajo. En sus inmensos brazos, envuelto con un cuidado que contrastaba brutalmente con su apariencia de dios de la guerra, sostenía el cuerpo sin vida de Kora.

Antes de bajar la rampa de "La Mula", se la había quitado de los brazos a una Lyra destrozada por el llanto. "No la dejaremos en un camión," le había dicho Shaq con voz suave. "Ella pertenece a su gente." El cuerpo de la joven cartógrafa pesaba absurdamente poco, como si al exhalar su último aliento, el alma se hubiera llevado consigo la mayor parte de su masa. Su cabello caía lacio sobre el antebrazo tatuado del gigante. La sangre de su herida abdominal ya se había secado, pegando la tela de su chaqueta.

Shaq comenzó a caminar de regreso hacia la plaza, desandando las tres manzanas que "La Mula" había recorrido para huir de la emboscada. Cada paso que daba hacía tintinear los pesados cinturones de munición del calibre .50 que cruzaban su pecho como bandoleras doradas. Su arma principal, una ametralladora rotatoria M134 recuperada de los restos carbonizados de un helicóptero de combate de la vieja era, colgaba de un arnés de acero y cuero remachado directamente a su espalda. El arma y su sistema de alimentación pesaban casi cincuenta kilos. Era un peso aplastante que habría quebrado las rodillas de un hombre normal, pero para Shaq, era un peso honesto. Mucho más fácil de cargar, mucho más tangible, que la abrumadora culpa de los que no pudo salvar en el pasado.

Mientras caminaba, el cielo de Osteria, privado de estrellas, se volvió de un púrpura oscuro y ominoso. Comenzó a lloviznar. Las gruesas gotas de agua ácida golpeaban el pavimento muerto, siseando al contacto con el asfalto y los capós de los coches calcinados, levantando un vapor acre que dificultaba la visión.

La mente de Shaq trabajaba con la precisión de un relojero mientras evaluaba la situación táctica. Kora, con su último aliento, había dicho que los grupos de refugiados llegarían a la Biblioteca mañana por la noche. Pero Kora era una estratega que calculaba basándose en el comportamiento humano bajo condiciones normales.

Shaq sabía que las condiciones ya no eran normales. Kaelen había apagado la red del Sector 7. Ese apagón masivo había sumido a la región en el caos. Las familias escondidas en las cloacas y en las estaciones de metro no iban a esperar a "mañana". El pánico es un acelerador implacable. Al ver las luces de las torres de Synvion apagarse, y luego al escuchar a los escuadrones de la muerte Violetas patrullando furiosamente en la oscuridad buscando a los saboteadores, los refugiados iban a huir hacia adelante. Iban a correr hacia el punto de encuentro prometido esta misma noche, buscando la seguridad de los muros de la Biblioteca y la protección de los arcos de Rian.

No lo saben, pensó Shaq, apretando la mandíbula. No saben que Rian está muerto y que el refugio es ahora una trampa.

Llegó a la plaza. La Biblioteca Pública de Osteria se alzaba frente a él, una obra maestra de la arquitectura neoclásica. Sus inmensas columnas dóricas, antaño blancas, estaban ennegrecidas por los incendios. La ancha escalinata de mármol parecía una lengua de piedra pálida derramándose desde unas fauces oscuras.

Subió las escaleras, sus botas militares crujiendo sobre los cristales rotos y los casquillos de bala. Al cruzar el umbral del atrio destrozado, el olor a ozono, plasma quemado y sangre fresca lo envolvió.

Caminó hacia el centro de la inmensa sala de lectura. Sobre una mesa de roble partida por la mitad yacía el cuerpo de Rian, con el pecho convertido en un cráter carbonizado. A unos metros, en el suelo, yacían los demás defensores que Synvion había ejecutado horas antes.

Shaq se arrodilló con una suavidad imposible para su tamaño. Depositó el cuerpo de Kora en el suelo, justo al lado de la mesa de Rian. Le cruzó los brazos sobre el pecho, acomodó su cabeza y le cerró los ojos empañados. Luego, subió las escaleras hasta la galería del segundo piso, arrancó los virotes que mantenían a Zane clavado a la estantería, cargó al joven francotirador en su hombro y lo bajó para reunirlo con su "familia".

Buscó entre los escombros hasta encontrar una inmensa lona de lino sucio que alguna vez cubrió una sección de libros prohibidos. La extendió sobre los cadáveres, ocultando sus heridas de la luz gris del exterior.

—Hicieron lo que pudieron, chicos —murmuró Shaq, su voz grave y rasposa rebotando en el eco de la cúpula agrietada—. Nadie podría haberles pedido más. Han pagado vuestra deuda con este mundo roto. Yo me encargo de la guardia de noche ahora. Ya pueden descansar.




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