Sentía nervios, ¿qué más se podía añadir?
Era incapaz de poner en palabras las sensaciones que me embargaban.
Había sido seleccionada.
Superé la audición.
Aproximadamente una semana debía haber transcurrido desde que puse un pie por primera vez en las instalaciones de YG, una de las compañías pertenecientes al renombrado "Big Three".
En verdad, mi cabeza daba vueltas con un tajante: "nah, seguro que no supero esta tontería", pero el destino parecía tener otros planes para mí.
Unos planes que transformarían mi vida.
¿Para mejor?
Aún no lo sé.
—Cariño, ¿te encuentras bien? Llevo ya como cinco minutos intentando hablarte —la voz de mi madre, Elizabeth, me sacó bruscamente de mis pensamientos.
Tomó mis hombros y los agitó suavemente, forzándome a mirarla.
—Perdón, mamá. Estaba pensando en otra cosa —respondí asintiendo con una sonrisa exagerada.
Procurando disimular el temblor en mis manos.
—¿Segura, Juliette? Sabes que no me agrada que me ocultes cosas. Te conozco, has estado extraña durante días.
—No, de verdad, te lo juro. Solo. . . estoy agotada por los exámenes del instituto.
Ella exhaló profundamente, observándome con unos ojos llenos de inquietud.
Me acarició la mejilla con delicadeza.
—Conoces el temor que me produce todo este ámbito de la música, ¿verdad? —me dijo en un tono bajo
—. He sido testigo de cómo funciona esa industria, de cómo devora a los jóvenes. Me aterra lo que pueda pasar, que te hagan daño. Prométeme que si algo va mal, me lo contarás.
—Te lo prometo, mamá —mentí con el corazón oprimido, sintiendo un nudo en la garganta.
Ella ya había expresado su incomodidad, pero ya no había vuelta atrás.
El correo electrónico de confirmación resaltaba en la pantalla de mi móvil, escondido en el bolsillo de mis vaqueros.
Mañana era el día.
Mañana firmaba mi entrada al demandante mundo de los trainees.
Al día siguiente.
El edificio de YG Entertainment se erguía ante mí, imponente, un gigante de cristal y hormigón gris.
El frío de Seúl me penetró hasta la médula mientras avanzaba hacia la recepción.
Un mánager de la empresa, el señor Kim, me aguardaba cerca de los ascensores, con una tableta en la mano.
—Juliette Silva, puntual. Me agrada eso —comentó en un inglés perfecto
—Sígueme, por favor. El director de gestión de talentos nos está esperando para examinar tu contrato de entrenamiento
El viaje en ascensor se sintió como una eternidad.
Al entrar a la oficina, un extenso documento aguardaba sobre el escritorio de madera oscura.
—Perfecto, Juliette —dijo el director, ofreciéndome un bolígrafo—. Este es tu contrato estándar de trainee.
—La duración inicial es de tres años. Tendrás evaluaciones mensuales obligatorias de canto, baile y rap. Si no alcanzas el nivel requerido, el contrato se rescinde.
—Entiendo —respondí, con la garganta seca—. ¿Cuáles son las normas principales?
—Disciplina absoluta —intervino el señor Kim
—. Nada de redes sociales personales que no sepamos y, desde luego. . . la política de cero citas.
—Estás aquí para debutar, no para encontrar pareja. ¿Queda claro?
Observé el papel.
"Cero citas".
Era una condición severa, pero era el costo a asumir.
—Está claro —afirmé con resolución.
Tomé el bolígrafo y firmé. Mi mano vaciló un instante, pero el trazo negro marcó mi destino.
Oficialmente, era una aprendiz de YG.
Los primeros meses fueron una vorágine de sudor, lágrimas y frustración.
Mi vida se limitó a la sala de ensayos y al dormitorio compartido. Sin embargo, una tarde de mi segundo año como trainee, todo dio un giro.
Me habían solicitado llevar unos expedientes de evaluación al tercer piso, una zona habitualmente reservada para artistas ya consagrados.
Caminaba sumida en mis pensamientos, repasando mentalmente una coreografía, cuando tropecé de lleno contra un muro firme.
O al menos, eso pareció.
Mis papeles salieron volando, desparramándose por todo el pasillo.