El aire fresco de la madrugada Seúl nos había despertado, pero la crudeza de la situación nos recibió de lleno al traspasar la puerta trasera de la lavandería.
El bochorno que emanaba de las máquinas industriales y el aroma a detergente de bajo costo nos devolvieron bruscamente a la realidad: estábamos de vuelta en el búnker.
Avanzábamos en fila india, pegadas a las paredes grises de concreto del pasillo del tercer piso, aguantando la respiración cada vez que las luces con sensor de movimiento se activaban a nuestro paso, con la amenaza de exponernos.
—¡Apúrate, Diana, vamos! —susurró Emely, dándole un ligero empujón por la espalda
—Como el mánager Kim salga de su oficina ahora mismo, estamos perdidas. No quiero pasar mi cumpleaños empacando mis cosas para volver a casa.
—Cállate tú, Emely, que me estás poniendo más nerviosa de lo que ya estoy —replicó Diana en voz baja, explorando el pasillo con la mirada para evitar las cámaras de seguridad que vigilaban los ángulos muertos
—Estoy intentando recordar dónde están los puntos ciegos, pero con este sueño ya ni veo.
Yo cerraba el grupo, con el corazón latiéndome a toda velocidad y la chaqueta de cuero de Emely bien apretada contra mí.
La euforia de la música electrónica, las luces de neón y las risas en el club de Hongdae se desvanecía a una velocidad pasmosa, reemplazada por un pánico frío e intenso.
Habíamos logrado escaparnos, sí, pero volver al centro de YG Entertainment en plena madrugada se sentía como avanzar descalzas por un campo de minas
Al alcanzar el cruce que enlazaba con los elevadores de servicio y el corredor de la administración central, Sofía se plantó de repente, estirando un brazo hacia atrás para obligarnos a detenernos bruscamente. Estuve a punto de golpearme la cara contra su espalda.
—Esperen —soltó Sofía, con los ojos muy abiertos, apretando la espalda contra la pared
—Se escucha movimiento en el pasillo principal de conferencias. Hay ejecutivos despiertos y el mánager Kim está ahí con el director de gestión.
—Lleva una carpeta de cuero con la línea dorada.
—¿A las cinco de la mañana? —Hana arrugó el ceño, asomándose apenas unos centímetros por encima del hombro de Sofía
—Joder, es cierto. Hay personal de seguridad privada en la entrada del ascensor principal. Algo gordo está pasando.
La evaluación final de baile que tanto me había angustiado no era para determinar mi permanencia en la empresa; los directivos ya habían tomado la determinación en privad.
Mientras yo me jugaba mi carrera por unas horas de libertad y normalidad con mis amigas, la empresa estaba definiendo el rumbo.
—Tenemos que dar la vuelta por el pasillo de los armarios de los estilistas —susurró Hana, sacándome del trance en el que me había sumido
—Si nos quedamos aquí quietas, nos van a ver en cuanto se abran esas puertas.
—Venga, caminen rápido pero arrastrando los pies, sin hacer ruido —ordenó Diana, indicando el desvío.
Nos desplazamos a toda prisa, atravesando el corredor de servicio en un grupo silencioso y sincronizado. Yo me crucé de brazos, sintiendo una repentina ola de frío y una punzada de emoción tan fuerte en el estómago que me provocó náuseas.
Sabía perfectamente lo que implicaba el color de esa carpeta que portaba el mánager Kim. Los rumores en los pasillos de las residencias decían que el concepto del nuevo grupo de chicas estaba definido, y ver al equipo legal despierto a estas horas solo podía significar una cosa: las seleccionadas firmarían hoy.
Mi anhelo de niña, las horas de llanto y los pies ensangrentados estaban a solo un pedazo de papel de distancia.
Las dos horas de sueño que arañamos antes de que saliera el sol pasaron en un suspiro.
El chillido de la alarma general de la residencia de aprendices nos sacó de la cama a las siete en punto.
Mi cuerpo se quejó con cada movimiento; el cansancio de la noche de fiesta en Hongdae se sumaba al dolor muscular del entrenamiento del día anterior.
—Ánimo, chicas. . . —se lamentó Hana desde la litera de arriba, alargando las palabras
—Como el instructor de canto nos vea con estas caras de muerto viviente, nos va a poner a correr diez vueltas al edificio.
Me levanté como un robot, me lavé la cara con agua helada para intentar disimular las ojeras y me puse el uniforme de práctica: un pantalón deportivo ancho y una camiseta blanca con mi nombre estampado en el pecho.
Mientras me ataba las zapatillas, eché un vistazo a la pantalla de mi móvil.
No había notificaciones.
Una parte de mí se regañó por estar tan impaciente; quizá lo que había visto de madrugada era para otro proyecto, quizá las carpetas doradas no eran para nosotras.