Ecos de Fanythiel.

El León y la Ninfa.

Durante siglos, los siete reinos humanos se vivieron atrapados en guerras interminables.

Pequeños reyes orgullosos.

Nobles ambiciosos.

Juramentos rotos.

Fronteras cambiantes.

Cada señor combatía con sus propias mesnadas: campesinos mal armados, caballeros feudales y mercenarios que luchaban más por oro que por lealtad.

Las batallas eran caóticas, brutales y desordenadas.

Miles morían para decidir disputas que, pocos años después, volvían a repetirse.

Hasta que apareció Aureliano de Arcadia.

Hijo del rey Marcus Aurelius II, Aureliano creció observando las derrotas de los hombres. Comprendió algo que ningún monarca había entendido antes:

No eran los reinos los débiles.

Era su forma de hacer la guerra.

Con apenas veinticuatro años comenzó las reformas que cambiarían el continente para siempre.

Disolvió gran parte del poder militar de los nobles.

Prohibió las mesnadas privadas.

Creó un ejército permanente pagado directamente por la corona.

Profesional.

Disciplinado.

Implacable.

Nacieron así las Legiones de Plata.

Llamadas de ese modo por el resplandor de miles de corazas de acero pulido avanzando al unísono bajo el sol.

Cada legionario era entrenado durante años.

Infantería pesada.

Combatían con lanza larga, espada corta, escudo rectangular reforzado, casco y armaduras de placas de acero capaces de detener flechas y tajos de espada.

Pero la verdadera fuerza de las legiones no era el acero.

Era la disciplina.

Cada Legión estaba formada por cinco mil hombres.

Diez cohortes de quinientos soldados.

Cada cohorte dividida en centurias de cien legionarios dirigidas por centuriones veteranos.

Por debajo de ellos, los optios mantenían la formación y transmitían las órdenes en pleno combate.

No había nobleza en las filas.

Sólo mérito.

Donde los antiguos ejércitos cargaban con furia…

Las Legiones de Plata avanzaban como una muralla.

Lentas. Silenciosas. Inexorables.

Y reino tras reino fue cayendo.

Primero Valtrania.

Luego Tiberian.

Después las ciudades libres de Helion.

Algunos se rindieron.

Otros resistieron hasta el último hombre.

Todos terminaron arrodillándose.

La última guerra llegó en las grandes llanuras del reino de Carpatia, donde los tres reinos restantes unieron desesperadamente sus fuerzas para detener el avance arcadiano.

Más de ciento cuarenta mil hombres se reunieron bajo los antiguos estandartes de las viejas casas reales.

Caballería pesada feudal.

Mesnadas formadas levas de campesinos mal armados.

Los reyes aliados habían reunido un ejército tan desesperado como antinatural.

La codicia del oro humano había logrado lo que siglos de diplomacia jamás consiguieron:

Unir enemigos ancestrales bajo un mismo estandarte de guerra.

Desde las tierras salvajes de Nargoth llegaron clanes orcos menores, guerreros brutales de piel verdosa oscura, cubiertos con armaduras de hierro negro, vestidos con ropas de pieles curtidas.

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Combatían con hachas descomunales y escudos toscos manchados de sangre seca. Odiaban a humanos, elfos y enanos por igual… pero amaban el oro aún más.




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