La lluvia caía lenta sobre las hojas de los árboles de Fanythiel.
No era una lluvia fría, sino tibia, antigua, casi viva; una lluvia plácida que parecía cuidar de todos aquellos a quienes humedecía.
Las gotas descendían desde las copas inmensas como lágrimas de cristal, resbalando por troncos cubiertos de musgo azul y raíces tan grandes como murallas antiguas.
En medio del bosque, allí donde las luciérnagas verdes danzaban incluso a plena luz del día y los arroyos cantaban con voces suaves entre las piedras, se alzaba el pequeño poblado de los Lómiëincë, los llamados duendes por los humanos.

Los Lómiëinci jamás formaron un único reino en Fanythiel.
Nunca levantaron murallas de piedra ni obedecieron a un rey sentado sobre un trono dorado.
El bosque era demasiado vasto, demasiado antiguo y demasiado vivo para algo así.
En lugar de ello, los Lómiëinci crecieron divididos en numerosos clanes dispersos entre arroyos, lagos, claros dorados y regiones cubiertas por nieblas eternas.
Cada clan poseía un alma distinta.
Los Lómiëincë, llamados duendes por humanos, elfos, enanos y orcos, no formaban un único pueblo uniforme.
Desde los primeros tiempos de Fanythiel se dividieron en seis grandes clanes, nacidos no por rivalidad ni ambición, sino por las distintas necesidades del bosque sagrado.
Cada clan cuidaba una parte distinta de la vida de Fanythiel.
Cada uno servía al equilibrio a su manera.
Y aunque sus costumbres variaban ligeramente entre sí, todos repetían el mismo viejo proverbio bajo las lluvias tibias del bosque:
“Seis ramas. Un solo bosque.”
El más antiguo de todos era el Clan Lómissë, conocidos entre los Lómiëincë como los Hijos de la Sombra Suave o el Pueblo del Crepúsculo, aquellos capaces de escuchar a los espíritus antiguos cuando el resto del mundo solo oía el viento moviendo las hojas.
Habitaban las regiones más profundas y mágicas de Fanythiel, allí donde la niebla jamás abandonaba del todo el suelo y la luz atravesaba las copas gigantes en tonos verdes y dorados.
Sus aldeas permanecían ocultas entre raíces inmensas, lagunas silenciosas y árboles tan antiguos que muchos aseguraban que habían visto caminar a los propios Dioses Antiguos.
Los espíritus transitaban libremente entre ellos.
Era habitual ver pequeñas luces danzando alrededor de sus hogares durante la noche, escuchar risas invisibles entre los arroyos o sentir corrientes cálidas atravesando el aire sin explicación alguna.

Los Lómissë convivían con aquellas presencias como si formasen parte de la familia del bosque.
Y quizá lo eran.
Los miembros del clan eran chamanes, sanadores y guardianes espirituales, encargados de preservar las leyes antiguas y mantener la armonía entre los habitantes de Fanythiel, las criaturas mágicas y las fuerzas invisibles que dormían bajo el bosque.
Muchos afirmaban que podían escuchar a los árboles hablar durante la noche.
Y algunos juraban que era cierto.
Los Lómissë conocían viejas canciones capaces de calmar bestias furiosas, sanar espíritus heridos o hacer florecer jardines enteros bajo la lluvia.
Hablaban con criaturas mágicas como mantícoras, quimeras, unicornios e incluso grifos que descendían ocasionalmente desde las montañas lejanas para descansar bajo las copas sagradas de Fanythiel.
No existía miedo entre ellos.
Solo respeto.
Los espíritus del agua danzaban alrededor de sus lagunas cristalinas.
Los del viento jugaban entre los puentes suspendidos del poblado.
Las llamas azules de los fuegos sagrados respondían a sus cantos nocturnos.
Y durante ciertas noches de luna llena podían verse figuras luminosas bailando junto a los Lómissë entre la niebla y la hierba húmeda, como si el propio bosque celebrara junto a ellos.
Por todo ello, el Clan Lómissë era considerado el más sabio y respetado entre los seis clanes de los Lómiëincë.