Un día, Aranwë, el viejo chamán del clan de los Lómissë, el Pueblo del Crepúsculo de los Lómiëinci, los llamados duendes por los humanos, anunció a su nieta que partirían de viaje.
—Prepara tus cosas, pequeña Eryanelë. Vamos a visitar a un viejo amigo mío… y será parte de tu aprendizaje como chamán.
La joven alzó las cejas con curiosidad mientras dejaba de barrer frente a la pequeña casa de madera donde vivían con su abuela.
—¿Un espíritu del bosque? ¿Un druida? ¿Un anciano hechicero?

Aranwë soltó una risa ronca mientras acomodaba la pipa entre sus labios.
—Peor.
—¿Peor?
—Mucho peor. Un viejo amigo.
Eryanelë resopló divertida.
El anciano duende era una figura muy conocida entre los clanes del bosque de Fanythiel. Caminaba siempre apoyado en su largo bastón blanco rematado por una piedra roja que parecía brillar débilmente incluso bajo la luz del día.
Sus largos cabellos grises estaban cuidadosamente peinados hacia atrás, y su barba caía ordenada sobre el chaleco de lana marrón que vestía sobre su túnica verde.
Llevaba pantalones verdes de lino salvaje, botas cortas gastadas por décadas de caminos y un enorme zurrón lleno de hierbas, frascos, huesecillos, piedras rúnicas y otros objetos mágicos que tintineaban a cada paso.
Eryanelë, en cambio, representaba la juventud luminosa de los Lómiëinci.
Era toda una belleza de jovencita.
Sus grandes ojos verdes esmeralda brillaban constantemente con curiosidad; su nariz respingona y sus carnosos labios suaves le daban un aire travieso, y su largo cabello negro ondulado descendía hasta media espalda.
Vestía una túnica corta que dejaba al descubierto sus largas piernas, botas de viaje y una fina camisa de seda semitransparente sobre la ropa ligera del clan.
Y, para su desgracia, también cargaba la enorme mochila de viaje.

—Abuelo… esto pesa más que yo.
—Eso es porque has metido seis vestidos.
—¡Tres! Y uno es para ceremonias.
—Vamos a una gruta perdida en mitad del bosque, no a seducir príncipes élficos.
La muchacha infló las mejillas.
—Nunca se sabe.
Aranwë soltó una carcajada tan fuerte que incluso la abuela Mélianwë asomó la cabeza por la ventana.

—¡No la hagas rabiar demasiado, viejo hongo! — Mélianwë, cuyo nombre significaba “doncella sabia y amable”, pocos nombres encajaban tan bien con quien lo llevaba.
Incluso cuando regañaba, había calidez en su voz y ternura en sus ojos.
—¡La disciplina forma el carácter! —respondió él.
—¡Y las lumbares rotas también! —protestó Eryanelë, intentando levantar la mochila.
Finalmente se despidieron entre abrazos, consejos y una cestita de dulces de miel que la abuela entregó a escondidas a su nieta.
Después partieron.
Durante días avanzaron por los senderos antiguos de Fanythiel, bajo árboles gigantescos cuyas copas ocultaban el cielo.
El bosque parecía infinito, vivo, lleno de susurros y pequeñas luces danzantes entre la maleza.
En el camino encontraron duendes de otros clanes que viajaban con carromatos tirados por enormes ciervos o testarudos mulos.

Y, como siempre ocurría entre los Lómiëinci, terminaron chismorreando.
—¿Así que la hija del jefe Brumhild escapó con un músico humano? —preguntó Eryanelë con ojos enormes mientras compartían sopa junto a una hoguera.
—Desaparecieron hace cuatro lunas —dijo una anciana duende—. Aunque dicen que volvió porque el humano cocinaba fatal.