Ecos de Fanythiel

La Dama del Lago.

En la provincia de Eryndor, entre llanuras que se mecían suavemente bajo el viento y bosques de esmeralda que parecían susurrar secretos antiguos, se alzaba Aelvanyr, joya del reino élfico de Aelthir.

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Sus torres blancas reflejaban la luz del amanecer como si estuviesen hechas de marfil y oro líquido, y sus calles, bordeadas de robles centenarios, olían siempre a flores silvestres, pergaminos viejos y lluvia reciente.

Allí vivía Nimlothiel.

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Hija primogénita del lord Elarion Vaelaris y de la dama Sylweneth, pertenecía a una de las casas más antiguas e influyentes de Aelthir.

Desde niña, sin embargo, estuvo lejos de la vida orgullosa y brillante que muchos imaginaban para una noble elfa.

Había nacido frágil.

Durante sus primeros años, las fiebres aparecían con frecuencia, y los sanadores del reino visitaban la mansión Vaelaris más de lo que a sus padres les habría gustado reconocer.

Mientras otros niños corrían entre los jardines o aprendían a montar ciervos, Nimlothiel pasaba largas tardes envuelta en mantas suaves, escuchando el crepitar del fuego.

Nunca le faltó cariño.

Su madre pasaba horas junto a ella peinando sus cabellos plateados.

—No frunzas tanto el ceño, pequeña estrella —le decía Sylweneth con dulzura mientras desenredaba lentamente aquellos mechones brillantes—. Pareces una anciana consejera del Senado.

—Las ancianas consejeras saben muchas cosas —respondía la niña con absoluta seriedad.

Su madre terminaba riendo siempre.

Lord Elarion, en cambio, era un hombre más reservado.

Alto, elegante incluso para los estándares élficos, de largos cabellos dorados recogidos sobre la espalda y mirada severa.

Gobernaba sus tierras con inteligencia y disciplina… pero con su hija se desarmaba por completo.

Cada noche, al regresar de las reuniones del consejo provincial, encontraba a Nimlothiel despierta.

—¿Otra vez leyendo? —preguntó una noche al entrar en la biblioteca privada.

La pequeña levantó apenas la vista del enorme volumen que descansaba sobre sus piernas.

—Maese Caladwen dice que si quiero entender la historia debo leer las versiones de ambos bandos.

Elarion arqueó una ceja.

—¿Y qué bando lees ahora?

—Los orcos.

El padre soltó una breve risa cansada.

—Espero que no termines defendiéndolos en la corte dentro de cien años.

—Quizá tenían motivos.

—Por los dioses… —murmuró él llevándose una mano al rostro.

Los dioses antiguos habían bendecido a Nimlothiel con una inteligencia extraordinaria.

Aprendía con una rapidez desconcertante y poseía una curiosidad imposible de saciar.

Sus tutores pronto comprendieron que las lecciones habituales no bastaban para ella.

Maese Caladwen, anciano historiador de voz grave y túnicas eternamente cubiertas de polvo de pergamino, le enseñaba sobre los antiguos reyes élficos, las guerras contra los enanos de Karak-Dûm y las primeras alianzas con los hombres.

La maestra Lyrielle, experta en arcanismo, le hablaba de magia, astronomía y de las corrientes invisibles que atravesaban el mundo.

Y el viejo Ithandir, consejero económico de la casa Vaelaris, intentaba explicarle comercio y política… aunque muchas veces terminaba siendo cuestionado por una niña de apenas cuarenta años.

—Si los impuestos aumentan demasiado en los puertos del oeste —dijo Nimlothiel una tarde mientras observaba mapas extendidos sobre una mesa— los mercaderes simplemente comerciarán con los humanos del sur.

Ithandir pestañeó.

—Eso… es técnicamente correcto.

—Entonces no entiendo por qué el Senado sigue proponiéndolo.

El anciano suspiró profundamente.



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En el texto hay: elfos, duendes, orcos

Editado: 13.06.2026

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