Aquel día, el sol brillaba todavía con fuerza sobre Fanythiel, y el calor dorado se filtraba entre las copas verdes de los árboles, arrancando destellos de luz entre las hojas húmedas.
El bosque parecía despierto y alegre: los pájaros cantaban ocultos entre las ramas, los insectos zumbaban perezosamente y el aroma de flores silvestres impregnaba el aire.
Por uno de los estrechos senderos cubiertos de pétalos caminaba una joven lómiëinci de cabellos oscuros y ojos verdes como esmeraldas recién pulidas.
Su nombre era Eryanelë, “don alegre de la estrella”, en la antigua lengua quenya y pocos nombres le sentaban tan bien.
Avanzaba con sus bonitas botas cortas sobre la hierba, ligera como si apenas tocara el suelo, balanceando los brazos con despreocupación mientras una pequeña cesta de mimbre golpeaba suavemente contra su cadera.

Canturreaba una melodía en quenya con aquella entonación juguetona tan propia de los duendes, mezclando palabras con risas silenciosas cada vez que olvidaba parte de la letra o improvisaba versos absurdos sobre ardillas glotonas y zorros dormilones.
De vez en cuando se detenía para tomar alguna flor especialmente bonita o para saludar a los animales que encontraba a su paso.
Un petirrojo se posó apenas un instante sobre una rama cercana y Eryanelë le respondió inclinando la cabeza con solemnidad exagerada, como si acabara de recibir un importante mensaje real. Después soltó una carcajada cristalina y siguió su camino bajo la luz cálida del verano.
El sendero descendía lentamente hacia una pequeña zona de arroyos y estanques cubiertos de nenúfares.
Allí, el aire era más fresco y húmedo; las raíces sobresalían entre la tierra negra y el canto de las cigarras se mezclaba con el suave murmullo del agua corriendo entre las piedras.
Eryanelë se agachó junto a un grupo de flores azuladas que crecían cerca de la orilla.
Las observó con atención antes de tomar cuidadosamente algunas y guardarlas en la cesta junto a hojas medicinales, frutos rojos y pequeños hongos plateados que solo crecían en aquella parte de Fanythiel.
—Perfectas… —murmuró satisfecha—. El abuelo dirá que por fin aprendí a distinguir las venenosas de las comestibles.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Aunque probablemente vuelva a decir que tengo cabeza de pájaro.
El bosque respondió con un crujido suave entre los árboles. Eryanelë levantó las orejas ligeramente puntiagudas y giró la cabeza.
Silencio.
Solo el viento moviendo las hojas.
La joven entrecerró los ojos verdes durante un instante.
Los Lómiëinci crecían escuchando historias sobre los espíritus de Fanythiel; aprendían desde pequeños que el bosque nunca estaba realmente vacío.
A veces observaba.
A veces escuchaba.
Y, en ocasiones, caminaba junto a ellos sin dejar huellas.
Pero aquel día no sintió miedo.
Al contrario.
Había algo cálido y familiar en aquella presencia invisible, como una mirada antigua posándose sobre ella con paciencia y ternura.
Eryanelë ladeó la cabeza y sonrió hacia la espesura.
—Buenos días para ti también —susurró.
Entonces una ráfaga suave agitó las ramas sobre su cabeza y cientos de pétalos blancos descendieron lentamente a su alrededor como nieve de verano.
La joven soltó otra de sus pequeñas risas y echó a correr sendero abajo, perdiéndose entre la luz dorada, los helechos y las sombras verdes de Fanythiel, mientras el bosque entero parecía contemplarla con silencioso afecto.
Cuando llegó al Ningwë Sirion, el Arroyo de Cristal, Eryanelë soltó una pequeña exclamación de alegría.
El agua descendía clara y luminosa entre piedras cubiertas de musgo, tan transparente que podían verse los guijarros plateados del fondo y los diminutos peces que se deslizaban entre las corrientes.
Eryanelë caminaba deprisa por el sendero cubierto de raíces y flores silvestres, al lado del arroyo, sujetando la cesta contra el pecho mientras las últimas luces del atardecer teñían Fanythiel de oro y cobre.
Editado: 26.06.2026