En el corazón de Fanythiel, oculto entre sauces plateados y arroyos de cristal, se alzaba el poblado Lómiëinci de Isilcálë (Claro de Luna) hogar del clan Lómissë y refugio de Aranwë y su nieta y aprendiz Eryanelë.
Aranwë había partido semanas atrás hacia los lejanos círculos de piedra de Aearmir, donde los chamanes mayores de los Lómiëinci se reunían cuando los vientos cambiaban de estación.
Antes de marcharse, apoyó ambas manos nudosas sobre los hombros de su nieta y sonrió bajo su larga barba gris.

—No incendies el poblado mientras no estoy.
—¡Abuelo! ¡Eso solo ocurrió una vez!
—Dos.
—La segunda no fue mi culpa. El espíritu del fuego estaba borracho por tomar fruta fermentada.
Aranwë soltó una carcajada grave antes de emprender el camino entre los árboles gigantescos.
Y así, por primera vez, Isilcálë quedó bajo el cuidado de Eryanelë.
Y para sorpresa de muchos… todo siguió funcionando.
Bueno… más o menos.
Aquella mañana, la joven lómiëinci cruzaba el poblado con un zurrón de lleno de hierbas, ungüentos y jarabes colgada del hombro.

u larga cabellera negra ondulada caía hasta media espalda moviéndose con el viento, y sus ojos verdes brillaban llenos de energía mientras caminaba saludando a todo el mundo.
Vestía una corta túnica verde adornada con bordados de hojas, flores y antiguas runas plateadas.
Sobre la túnica una ligera camisa de seda translúcida parecía reflejar la luz del bosque, y sus botas cortas apenas hacían ruido sobre los puentes de madera húmeda.
Mélianwë, su abuela, asomó la cabeza por la pequeña ventana redonda de la cocina justo cuando Eryanelë cruzaba el sendero del poblado.

A pesar de su edad seguía siendo una anciana muy hermosa; sus ojos verdes conservaban el mismo brillo cálido de juventud y su rostro, surcado apenas por suaves arrugas, transmitía una ternura tranquila difícil de explicar.
Vestía la tradicional larga túnica verde de lino de los Lómiëinci bajo una gruesa rebeca de lana marrón clara, y llevaba el largo cabello blanco recogido en un elegante moño sujeto con una pequeña aguja de madera tallada.
Sobre la ropa descansaba un impecable delantal blanco manchado ligeramente de harina y miel.
—¡Eryanelë! ¿Has desayunado bien? —preguntó con ese tono entre cariñoso y vigilante propio de todas las abuelas del mundo.
—¡Sí, abuela!
—¿Vendrás a la hora de la comida?
La joven negó divertida mientras ajustaba el zurrón a su espalda.
—Comeré por ahí con unas amigas.
Mélianwë suspiró teatralmente.
—Claro… una anciana pasa horas cocinando para que luego la abandonen. ¿Y qué quieres para cenar al menos?
Eryanelë sonrió ampliamente.
—¡Sopa de verduras calentita!
—Eso sí lo puedo aceptar —dijo la anciana riendo suavemente—. ¡Pues ten un buen día, pequeña! Y cuando vuelvas te haré pastel de manzana.
Los ojos de Eryanelë brillaron inmediatamente.
—¡Abuela, eres la mejor!
—Lo sé —respondió Mélianwë con dignidad absoluta antes de desaparecer nuevamente entre el delicioso aroma que salía de la cocina.
—¡Eryanelë! —gritó una anciana desde una ventana circular excavada en un árbol—. ¡Me sigue doliendo la espalda!
—¡Porque sigues cargando troncos tú sola, Nírala! ¡Tienes trescientos setenta años!
—¡Y todavía soy más fuerte que tú!
—¡Eso lo veremos cuando se te termine el ungüento!
La muchacha rió mientras seguía andando.
Apenas había avanzado unos metros cuando dos pequeños lómiëinci llegaron corriendo.
Editado: 13.08.2026