Baviera, 1465 - Castillo de Adler
La nieve caía sobre los montes bávaros como un secreto que la tierra se negaba a guardar. Copos diminutos, casi invisibles en la penumbra del atardecer, descendían lentamente sobre las torres de piedra del castillo, vistiendo de luto sus almenas grises. El viento ululaba entre las rendijas de los ventanales, arrastrando consigo el eco lejano de los lobos.
Dentro del gran salón, el fuego crepitaba en la chimenea sin lograr calentar el ambiente. Las llamas danzaban como espectros anaranjados sobre los leños, proyectando sombras alargadas que se retorcían en los muros de roca. El olor a cera derretida y a incienso de mirra impregnaba cada rincón, mezclándose con el aroma metálico que precedía a la tormenta.
Adam von Adler estaba de rodillas.
Su cabello, oscuro como el azabache, caía desordenado sobre su frente, y su camisa de lino blanco —ahora manchada de rojo— se pegaba a su piel como una segunda epidermis. Frente a él, el espejo veneciano que su padre había traído de Italia reflejaba una imagen que ya no reconocía: ojos que habían amado, labios que habían besado, manos que habían acariciado el rostro de la mujer que ahora lo sostenía entre la vida y la muerte.
—¿Por qué? —susurró, su voz apenas un hilo quebrado por el dolor.
Ella no respondió.
Isolda —pues ese era su nombre en aquella vida— lo miraba desde arriba, sus ojos verdes brillando con una mezcla de amor y locura que solo los siglos podrían explicar. El vestido de terciopelo burdeos que vestía arrastraba por el suelo, absorbiendo la sangre que brotaba del pecho de Adam como una esponja sedienta.
—Porque siempre serás mío —respondió al fin, acariciando su mejilla con una ternura aterradora—. Y si no puedo tenerte en esta vida, te tendré en la siguiente. Y en la siguiente. Y en todas.
Adam sintió cómo la vida se escapaba de su cuerpo, cómo el frío de la piedra bajo sus rodillas se confundía con el frío de la muerte ascendiendo por sus venas. La última imagen que sus ojos mortales registraron fue el rostro de Isolda, hermoso y terrible, inclinándose para besar sus labios mientras la oscuridad lo envolvía todo.
Pero la muerte no fue un final.
Fue un umbral.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el castillo. El lugar que lo recibió no era ni el cielo ni el infierno, sino un espacio intermedio, un corredor de brumas donde el tiempo no existía y las sombras tenían voz. Una mujer de cabello negro como la noche y ojos grises como la tormenta lo esperaba, su silueta recortada contra la nada.
—Bienvenido, Adam —dijo ella, su voz resonando como campanas bajo el agua—. Has muerto por amor. Esa es la llave.
—¿La llave de qué? —preguntó él, mirando sus propias manos, pálidas como el mármol, sintiendo el vacío donde antes latía su corazón.
—De la eternidad. —La mujer sonrió, y en esa sonrisa había siglos de conocimiento y soledad—. Pero cuidado, porque el amor que te mató también te perseguirá. Ella volverá, una y otra vez, con distintos rostros, distintos nombres. Y tú deberás decidir, cada vez, si amarla o destruirla.
Adam quiso preguntar más, pero la bruma se espesó y la mujer se desvaneció, dejando solo una última palabra flotando en el aire:
Siempre.
Canadá, actualidad - Cinco siglos después
El viento helado del norte atravesaba las calles de Vancouver como un cuchillo invisible, arrastrando consigo hojas secas y el eco lejano de las olas del puerto. El cielo, cubierto por un manto plomizo, amenazaba nieve desde hacía horas, pero la ciudad seguía su ritmo imparable, indiferente a la promesa blanca que colgaba sobre sus rascacielos.
En un apartamento del distrito de Yaletown, un hombre de cabello oscuro y ojos profundos como abismos miraba por la ventana. Su camisa negra, siempre negra, contrastaba con la palidez de su piel, y en sus dedos, varios anillos de plata atrapaban la escasa luz del atardecer.
Adam —pues ese nombre lo había acompañado a través de los siglos, como un eco al que ya no podía renunciar— observaba la ciudad sin verla. En su mente, una y otra vez, la misma escena: una tumba pequeña, un nombre grabado en piedra, un cuerpo diminuto que ya no calentaría su regazo.
Daisy.
Su perrita. Su compañera. El único ser que lo había amado sin condiciones, sin preguntas, sin segundas intenciones. Y ahora, también ella se había ido.
El silencio del apartamento era insoportable. Adam cerró los ojos y dejó que una lágrima solitaria trazara un camino helado por su mejilla. Luego, como hacía cada noche desde la pérdida, abrió Instagram y comenzó a desplazarse sin rumbo por las publicaciones, buscando distraerse, buscando olvidar.
No sabía que esa noche, una mujer al otro lado del continente estaba a punto de escribir el primer capítulo de una historia que llevaba quinientos años esperando ser contada.
No sabía que en México, bajo un cielo completamente distinto, alguien lo observaba desde la distancia, con el corazón latiendo al ritmo de una canción que aún no conocía.
No sabía que el eco de su propia sangre estaba a punto de encontrar respuesta.