La desaparición silenciosa
Aún era madrugada cuando Erikya comenzó a despertar. Los pescadores que subían a encender sus fogones notaron que ninguno de los botes de exploración había regresado.
Pero no había alarma todavía: Kunto solía regresar al amanecer.
Cuando el sol subió un poco más y la neblina ligera se despejó del río, la primera señal de inquietud llegó:
Los botes no aparecían.
No había señales en el muelle.
Ningún remo, ni ruido en la corriente.
Nada.
Y lo más inquietante:
No existía ninguna pista de su paradero...
Por eso, cuando Ndeka quiso organizar un grupo de rastreo, simplemente no había dirección lógica donde buscar:
ningún vigía había visto los botes volver.
Nadie escuchó lucha.
Nadie oyó un grito.
Nada.
El río estaba… demasiado silencioso.
Para Erikya, Kunto, Marcos y los quince guerreros simplemente habían desaparecido del mundo, como si la selva los hubiese tragado enteros.
Lo que nadie sabía —lo que absolutamente nadie vio— fue lo que ocurrió horas antes:
El grupo había llegado a las ruinas siguiendo la corriente, bordeando un tramo donde el bosque se cerraba como un túnel natural. Entre los restos del viejo muelle —tres columnas de madera corroídas, cubiertas de musgo plateado— percibieron una presencia.
Y entonces apareció.
La criatura brillante, pequeña, con forma de mono, los observó en silencio, ladeando la cabeza como un niño curioso.
Marcos, sin entender por qué, sintió que debía bajar el machete.
Kunto, sin miedo pero con respeto, le sostuvo la mirada.
El ente sonrió.
Un parpadeo de luz blanca.
Y todo quedó en negro.
Quince cuerpos, Kunto y Marcos incluidos, cayeron inconscientes dentro de sus propias embarcaciones, flotando a la deriva en dirección desconocida…
Erikya jamás lo sabría por ahora.
_________________________________________________________________________________________La Reina — en huida desesperada
Mientras Erikya se llenaba de incertidumbre, la Reina de los Pacha no estaba en su capital, ni descansando en sus aposentos:
Estaba huyendo.
Huyéndole al Comandante español que había desembarcado en las costas de Caracas con la misión de erradicar a los fugitivos y nativos sublevados.
Huyéndole a Xamuru, su consejero traidor, quien ya había empezado a manipular tropas y espíritus menores con artes prohibidas.
Ella solo lograba avanzar gracias a Hamy (su protectora) y gracias al cansancio de sus perseguidores.
Se refugiaron entre rocas gigantes cubiertas de líquenes, en un pasadizo cuyo acceso estaba velado por un antiguo hechizo.
Los españoles y Xamuru pasaron justo enfrente del velo ilusorio, sin imaginar que la Reina estaba detrás, a pocos pasos, conteniendo la respiración.
El Comandante bebió de la catarata que caía frente a la entrada oculta.
Xamuru también.
Ninguno sintió la magia que los separaba de su objetivo.
Cuando se alejaron, Hamy exhaló.
—Mi Reina… debemos seguir…
Pero la Reina, agotada y debilitada por las visiones que había tenido desde que tocó a Zuri y Amara, apenas podía mantener los ojos abiertos.
Entonces ocurrió.
Una laguna interior, iluminada desde abajo, comenzó a brillar.
Las paredes de la cueva vibraron suavemente.
De su centro emergió Aoa, la entidad que ahora los acompañaría:
una figura femenina hecha de luz, ojos como estrellas quietas.
La Reina cayó de rodillas.
Hamy la sostuvo.
Aoa extendió una mano.
Un círculo de luz las envolvió.
Y en un parpadeo luminoso fueron transportadas a una cueva completamente distinta, una más profunda, más antigua, escondida bajo una cascada que caía desde cien metros de altura.
No era huida:
Era rescate.
Era inicio.
Era advertencia.
_________________________________________________________________________________________La cueva velada — paso de los cazadores
Horas más tarde, el Comandante y Xamuru caminaban bordeando la misma cascada, sin saber que la Reina estaba ya muy lejos de su alcance.
El agua era cristalina.
El bosque, silencioso.
El aire, cargado de energía antigua.
El Comandante bebió un puñado de agua y dijo:
—No pueden haber ido lejos.
Xamuru escaneaba la vegetación con ojos afilados.
—Oh, están cerca… Yo puedo sentirlo —mintió; lo único que sentía eran los restos de la magia de Aoa, y eso lo enfurecía.
Si hubiese dado dos pasos hacia la derecha, habría visto cómo la cascada ocultaba una entrada imposible de detectar para cualquier humano.
Pero la magia era perfecta.
Y el destino, inamovible.
Ambos siguieron su marcha.
La Reina, ya lejos, respiraba por primera vez sin miedo…
aunque sabía que tanto su pueblo como Erikya estaban a punto de enfrentar algo mucho peor que los españoles.
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Editado: 19.11.2025