Ecos de la Selva

EL RÍO BLANCO

La primera luz entró como un susurro en la conciencia de Marcos.
Su cuerpo temblaba.
Su garganta estaba seca.
Y el sonido que lo despertó no era el del río de Erikya.

Era algo más profundo.
Más hueco.
Más… irreal.

Cuando abrió los ojos, su mente tardó unos segundos en aceptar lo que veía.

Todo era blanco.

La corriente, el aire, el cielo.
Blanco espeso, blanco sin sombras, blanco sin horizonte.
El bote parecía deslizarse por una superficie líquida hecha de niebla sólida.

Marcos se incorporó bruscamente y jadeó.

—¡Kunto! —susurró, aún asustado por romper el silencio.
—¡Kunto, despierta!

Sacudió al hombre mayor. Luego a los demás.
Uno por uno fueron abriendo los ojos, confundidos, murmurando oraciones, tocándose la cabeza como si hubieran dormido cien años.

Kunto abrió los ojos al fin, lentamente.
Observó alrededor sin decir palabra.

Ese silencio era antinatural.
Ni aves.
Ni insectos.
Ni viento.

Nada.

—Esto no es Erikya —dijo Kunto en voz baja.
No era afirmación. Era sentencia.

Todos se apretaron dentro de los botes, intentando comprender la extensión infinita del blanco que los rodeaba.

Y entonces ocurrió:
El río comenzó a retorcerse.

Primero un oleaje suave…
Luego un tirón violento…
Después un rugido que brotaba desde el fondo.

—¡REMAN! —gritó Kunto— ¡Busquen orilla! ¡Retrocedan!

Pero no había orilla.
No había margen.
No había árboles, ni piedras, ni vegetación.
Solo un vacío blanco que parecía expandirse con cada segundo.

La corriente los arrastró como si los hubiese atrapado una bestia invisible.

Los botes vibraron.
Uno de los guerreros cayó al agua, pero la misma corriente lo devolvió al bote en un remolino que parecía una mano.

—¡AGÁRRENSE! —bramó Marcos.

El río se inclinó, como si descendiera por un túnel imposible.

Y entonces se abrió el vacío.

Los botes cayeron.
El viento les arrancó los gritos de la garganta.
La caída no tenía fin.

Marcos apenas alcanzó a ver a Kunto aferrado al borde, los ojos apretados, mientras el mundo se convertía en un torbellino blanco.

La caída terminó de golpe, con una sacudida líquida.

El agua los envolvió, helada como el hielo.
Intentaron nadar, pero un remolino los atrapó por los tobillos y los arrastró hacia abajo.

No había dirección.
No había arriba ni abajo.
El agua era un laberinto.

La presión les robó el aire.

Y, una vez más, negro.

_________________________________________________________________________________________Despertar en otro tiempo

Cuando abrieron los ojos por segunda vez, estaban aún dentro de los botes… pero esta vez el río no era blanco.

Era verde.
Vivo.
Claro.
Con peces, plantas, luz solar real quebrándose sobre la superficie.

Y lo más perturbador:

El muelle frente a ellos —ese muelle que habían visto en ruinas, corroído y mordido por siglos—
estaba intacto.
Recién construido.
Habité.

Algo crujió entre los matorrales.

Pero esta vez no era una criatura brillante.
Eran hombres.

Decenas de hombres y mujeres apuntándolos con flechas.
Sus rostros eran jóvenes y firmes.
Sus ropas de fibras frescas.
Sus armas nuevas, sin desgaste.

—¡No se muevan! —ordenó uno.

Kunto levantó ambas manos, igual que los demás.

Los arcos no bajaron.

Los llevaron a la orilla, donde una multitud los observaba con mezcla de temor y asombro.
Los guerreros los escoltaron hasta un gran salón hecho de madera recién tallada.

Y allí, en un trono ancho cubierto por telas rojas, los esperaban dos figuras:

Un hombre de mirada profunda.
Una mujer de porte firme.

—Soy Watuk —dijo el hombre—, Rey de los Muché.
—Y yo soy la Reina Heisha —agregó la mujer—. Bienvenidos… viajeros de otro mundo.

Kunto intercambió una mirada rápida con Marcos.
Presentarse parecía la única opción.

—Soy Kunto —dijo él inclinando ligeramente la cabeza—. Ellos son Marcos y nuestros hombres.

—¿De dónde vienen? —preguntó Watuk— ¿Y cómo llegaron aquí?

Kunto respiró hondo y relató todo:
La criatura brillante.
El río blanco.
La caída.
El remolino.
Despertar allí.

El rey y la reina se mantuvieron inexpresivos.

Cuando Kunto terminó, él hizo su pregunta:

—Si conocen este lugar… ¿cómo saben que no pertenecemos a su mundo?

Watuk lo observó en silencio por unos segundos.
Y luego dijo, con una calma que heló la sangre de todos:

—Porque nosotros tampoco pertenecemos a este mundo.

Un murmullo recorrió la sala.

Watuk continuó:

—Fuimos traídos aquí y encerrados por una malvada reina del reino Pacha.
—Creen ser hijos de la Madre Tierra… pero destruyen todo lo que no se somete —añadió Heisha con amargura.

Marcos frunció el ceño.
Kunto también.

Pacha.
La tierra de la Reina que ahora huía en el presente.

—El ente que creó este mundo blanco —prosiguió Watuk— es el mismo que los trajo aquí. Una fuerza antigua… que intenta corregir el equilibrio.

—¿Podemos volver? —preguntó Kunto.

El rey suspiró profundamente.

—Solo de una forma:
Debéis extraer la roca blanca del pico más alto del norte.
Al calentarla, se derrite y se vuelve un líquido oscuro como la noche. Ese líquido será el inicio del regreso.

Heisha añadió:

—Luego deberá guardarse dos días.
Y entonces mezclarlo con el extracto de la flor de la hierba Pangamé.

—¿Dónde crece esa planta? —preguntó Marcos.

—Al borde de los manglares del norte…
Pero solo florece el último día de la cosecha.
Y solo durante una hora en la noche.
Brillará como un pedazo del cielo.




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