_________________________________________________________________________________________EN ERIKYA: EL SILENCIO QUE DUELE
En Erikya la atmósfera se había vuelto densa, casi sólida. La gente caminaba despacio, como si cada paso costara un duelo. De los diecisiete desaparecidos, ni un rastro. Solo el rumor del río, la memoria de las risas de Marcos y Kunto cuando eran niños, y el miedo creciente de un pueblo que ya había sufrido demasiado.
Abeni no dormía. Se mantenía sentada al borde del bohío, abrazando a Zuri, mientras veía a Zambo caminar en círculos, murmurando plegarias antiguas. Alawe, rígido como una estatua de piedra negra, llevaba horas mirando hacia la dirección donde creía que debió regresar la canoa de Kunto… aun cuando sabía que ellos habían ido río abajo.
Gaspar no hablaba. Solo respiraba profundo, lento, clavando su mirada en la nada. Había perdido amigos antes, pero no así. No sin un rastro. No sin un adiós.
Se habían formado grupos de búsqueda: uno río arriba, otro río abajo, otro bordeando las llanuras húmedas… ninguno halló señales. Ni remos flotando. Ni huellas en la orilla. Ni vegetación rota. Nada. Como si el río mismo hubiera decidido devorarlos y borrar los restos.
Cuando el sol alcanzó el cenit, el pueblo entero comprendió la verdad que no querían pronunciar: habían desaparecido más allá del entendimiento humano.
_________________________________________________________________________________________EN LA CAVERNA OCULTA: LA REINA VE MÁS ALLÁ DEL TIEMPO
Aoa había cumplido el deseo de la reina: llevarla cerca de su reino, pero sin exponerla. Por eso la depositó en una quebrada elevada, sobre una colina que dominaba la vista total del poblado Pacha. Desde allí, la reina, aún débil y ensangrentada por la huida, observó el caos: gritos, antorchas, hermanos luchando entre sí, templos en llamas menores, calles divididas como si una grieta espiritual hubiera partido el corazón del reino.
La reina cayó de rodillas. Sus manos temblaban. La garganta se le cerró. Y entonces gritó.
No fue un grito humano. Fue un llamado ancestral que desgarró el aire. El eco retumbó en la capital como si los mismos muros de piedra respondieran su desesperación.
Y en ese grito, algo se abrió.
Su visión se quebró y apareció ante ella un futuro imposible:
Su reino en ruinas.
Figuras humanas negras, absolutamente negras, con ojos amarillos, devorando cuanto encontraban.
Algunos caminaban. Otros se arrastraban como bestias.
La reina retrocedió mentalmente como si hubiera tocado fuego, pero la visión no la soltó.
Vio entonces barcos en combate, hombres blancos lanzando fuego desde sus cubiertas; frente a ellos, una flota de todas las pieles, hombres y mujeres que parecían unidos por un propósito mayor. Y entre ellos, un joven alto, de cabello tan negro como el vacío y ojos verdes como la selva mojada. Ese joven la miró directamente. Sonrió. Y el mundo tembló.
Luego vio a Kunto y a Marcos rodeados por los seres negros de ojos amarillos, atrapados en un mundo extraño.
Luego vio a Erikya presa del caos, consumida por el fuego y las sombras.
Y luego, un respiro:
Zuri y Amara ya adolescentes, sentadas bajo un árbol luminoso, comiendo sus frutos, protegidas por tres figuras humanas que no alcanzó a distinguir del todo.
La visión cambió de nuevo:
Una joven rubia, de ojos azules puros como cielo despejado, estaba en un bote sobre la orilla del mar. La joven alzó la vista. La miró. Y con una sonrisa suave pronunció el nombre de la reina.
La reina despertó de golpe.
Estaba sudando. Hamy y Aoa la sostenían, alarmadas.
La reina se incorporó. Su respiración volvió a ser firme, casi regia.
—Llevadme al reino. Ahora.
_________________________________________________________________________________________EL RETORNO: EL CAMINO DEL VIENTO
Aoa las guió por los túneles ocultos. Cuando emergieron, ya caía la tarde. La reina caminó sin miedo hacia la capital. A medida que avanzaba, las sombras que rodeaban las casas parecían dividirse, formando figuras humanas distorsionadas: los seguidores hechizados de Xamuru.
Pero ninguno se atrevió a tocarla.
La magia negra que él había usado —antigua, peligrosa, prohibida incluso entre los Pacha más ancianos— no podía afectarla. La reina caminaba rodeada por un aura sutil, como un velo dorado que brillaba bajo la luz del ocaso.
Cuando los espíritus malignos comenzaron a acercarse, la reina abrió la conexión con su guardián.
Un chillido desgarró el cielo.
El águila arpía descendió desde las nubes como una lanza viviente.
Con ella vino la respuesta de la diosa del cielo:
vientos cortantes, afilados como navajas, que barrieron las calles.
Los perturbados cayeron uno tras otro, desmayados, sin sufrir daño mortal.
El camino se abrió ante la reina.
Al llegar a la plaza central, ya era de noche. Solo quedaban en pie:
Hamy.
Aoa.
La reina.
Y una niña pequeña que apareció llorando entre las sombras, tambaleándose hacia ellas.
La niña se aferró al vestido de la reina. Tenía la ropa rasgada y polvo en el rostro. Entre sollozos, reveló su nombre: Beryl.
La reina la tomó en brazos sin dudar.
La niña tenía un aura fuerte, una energía limpia pese al caos. Una señal.
_________________________________________________________________________________________EL DECRETO DE LA DIOSA
En el palacio, la reina cerró puertas y ventanas. Extendió mapas, planos, pergaminos viejos. Algo estaba organizando. Algo grande.
Intentó reconectar con la diosa para comprender sus visiones.
No obtuvo respuestas sobre el futuro…
Pero sí recibió dos órdenes directas:
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Editado: 19.11.2025