Ecos de lo que fuimos

Capítulo 1

Lo que no digo tambien pesa:

Un estilo de vida efímero, compuesto por la misma rutina, rodeada de las mismas dificultades constantemente. ¿Qué podría hacer para generar un cambio? Un cambio que significaba alcanzar la paz, o algún tipo de felicidad, por muy momentáneo que llegase a ser.

Mi pelo se revolvía con fuerza a causa de la brusca brisa primaveral, el césped me hacía cosquillas en la mano, mientras mi mascota recorría el lugar remoto al que lo había llevado, buscando — al igual que yo — un refugio para esconderme de mi realidad.

Mi celular vibró. Sabía lo que eso significaba: debía contestar. Aún así, no me moví. No tenía ganas de mantener una conversación sobre mis emociones o sentimientos del momento. Ignorar mi realidad era algo que, tristemente, me salía bastante bien.

Me tiré en el suelo, cansada, y sentí extrañamente paz por un breve momento. Pero eso también significaba que tenía un bloqueo emocional.

Lumi se acercó, contoneando su cola, y se acostó a mi lado, visiblemente agotado.

—¿Qué debería hacer? —musité, más para mí misma que para él. Las cosas no siempre salían como uno esperaba, y yo era más consciente de eso de lo que me gustaría. No tenía mala relación con mis padres, pero… más bien, yo el problema.

Aun así, quería descifrarlo. Quería autocriticarme, señalar mis equivocaciones para poder analizarlas y, de alguna manera, entenderme mejor. Pero al final, solo terminaba aislandome.

Me quedé allí, mirando al cielo, buscando algo en sus tonalidades difusas que me diera respuestas, algo que me sacara de este estado de confusión. Pero todo parecía tan lejano, como si el mundo girara a mi alrededor sin poder alcanzarlo. El viento seguía soplando, trayendo consigo el olor fresco de la primavera, pero yo no podía dejar de pensar en la misma pregunta que había estado rondando mi mente durante semanas: ¿Por qué sigo aquí?

Lumi se quedó quieto a mi lado, su respiración tranquila, casi como si estuviera en paz con la vida. Era algo que yo envidiaba profundamente en ese momento. ¿Por qué era tan difícil para mí encontrar esa calma? Siempre había sido como una tormenta interna, un remolino de pensamientos y emociones que nunca parecía detenerse.

Mi celular vibró de nuevo, esta vez con más insistencia. Miré la pantalla, sin ganas. Eran mis padres, otra vez. ¿Qué querían ahora? Sabían perfectamente que no estaba de humor para hablar, pero aún así insistían, como si esperaran que algún milagro sucediera y yo volviera a ser la persona que solía ser. La hija fácil de entender, la que no tenía dudas sobre su futuro, la que siempre tenía todo bajo control.

Me tumbé de nuevo sobre la hierba y cerré los ojos, dejando que la calidez del sol me envolviera. Pero sabía que no era suficiente para calmar la tormenta que tenía dentro. Quería gritar, pero me quedé en silencio. Porque eso era lo más fácil: callar, fingir que todo estaba bien, seguir con la rutina, aunque por dentro estuviera a punto de estallar.

—¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? —dije, casi en un susurro, esperando que alguien, o algo, me diera una respuesta.

Pero solo me contestó el viento. El canto lejano de los pájaros. Y el suave ladrido de Lumi, que parecía querer jugar, sin entender la tormenta que pasaba por mi mente.

Me sentía perdida. ¿Qué esperaban de mí? ¿Qué esperaba yo de mí misma? Quizás estaba buscando algo que no podía encontrar, o tal vez… ya lo había encontrado y no lo quería aceptar.

La vida no era fácil, eso lo sabía, pero en ese momento, todo parecía mucho más difícil de lo que podía soportar.

Y, por un instante, me pregunté si alguna vez encontraría la paz que tanto anhelaba, o si simplemente estaría condenada a vivir atrapada en este ciclo interminable de dudas y desconcierto.




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