El rincón donde florecen los recuerdos:
Si tuviese que elegir dónde quedarme para evitar gente, simplemente sería este lugar. Un rincón escondido detrás del bosque, como si la tierra misma hubiese decidido acunar un secreto. Todo estaba envuelto en una paz silenciosa, apenas interrumpida por el canto lejano de algún zorzal o el susurro suave del viento entre las ramas verdes.
Se sentía solitario, aislado, tranquilo… y, de algún modo, majestuoso.
Me gustaban los sitios así. Me ofrecían ese instante raro de alivio. No tenía que fingir nada ni responder a nadie. Podía simplemente estar, respirar profundo y sentirme parte de algo más grande, algo que no exigía explicaciones.
Lumi corría entre los árboles, feliz con la pelota que le había traído. Sus patas salpicaba pétalos caídos mientras se perdía entre los helechos. La primavera ya estaba bien despierta, y con ella todo el bosque parecía latir distinto. El aire era tibio, dulce, como si el mundo estuviese intentando decir algo con flores en vez de palabras.
Ya era la segunda semana de octubre. Y aunque no me sentía ansiosa, una memoria se abrió paso, como el aroma de una flor que no sabés de dónde viene. Pensé en una persona. No porque algo lo haya traído de vuelta —no hubo canciones, ni sueños—. Simplemente apareció.
Como una ráfaga de viento, su voz hizo eco en mi cabeza. Solté una risa. Extrañaba tanto hablar con él... Un simple “buenos días” o un “te tengo que contar algo”.
Su ausencia fue una bofetada que dolió más de lo esperado.
Como si su recuerdo hubiese estado esperándome justo ahí, en ese claro escondido, entre los brotes nuevos y el sol filtrado por las hojas. Lo vi en mi mente con la nitidez de las cosas que duelen suave: su risa, sus gestos, su forma de mirar cuando no decía nada. Me invadió una ternura inesperada… y el deseo absurdo de que estuviera ahí. No para hablar. No para aclarar lo pendiente. Sólo para existir, como Lumi y yo, entre los árboles. Sin hacer ruido.
Me invadió la nostalgia mientras Lumi se revolcaba en el césped de lo más feliz.
—¿Fue una buena decisión? —respiré profundo, luego caminé hacia Lumi.
Era peligroso recordarlo. O tal vez está bien.
Recordarlo era como entrar en agua tibia. No dolía del todo, pero tampoco era del todo fácil.
Cerré los ojos y lo vi. No como ahora —porque no sé cómo es —, sino como era entonces. En aquel octubre lejano en el que su risa todavía me pertenecía.
Veíamos juntos una película mientras yo, extrañamente, fingía estar prestando atención.
Sonreí como tonta al mirarlo, un gesto que pareció delatarme más de lo debido. Sus ojos oscuros se posaron en mí, como si pudieran ver más allá de lo previsto. Era una mezcla de emociones… él era eso.
Alguien que alteraba la química de mi cerebro.
Me sonrió y volvió a mirar la pantalla, dejándome a mí, avergonzada. No entendía siquiera de qué iba la película, pero su presencia era lo único que me importaba.
Me había gustado desde hacía un año, pero nunca pude decir nada al respecto.
Me gustaban sus ojos, que brillaban al mirarme, su sonrisa espléndida, el sonido encantador de su risa. El color de su pelo… y su voz, cuando me decía lo preciosa que me veía.
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—¿Me veo más interesante que la película? —preguntó, acercándose un poco más al sofá individual donde yo estaba.
Aclaré mi garganta mientras rápidamente volvía la vista hacia la televisión.
—No…
—¿No? —me miró, divertido.
—Sí… no puedo concentrarme contigo a mi lado —respondí, armándome de valor.
Su risa estalló, inundando el lugar. Esa risa me sacó una sonrisa. Amaba verlo así. Amaba escucharlo.
—Créeme que es más difícil para mí que para ti, cariño…
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Ahora, otro octubre después, me doy cuenta de cuánto pesaban esas palabras. De cómo algo tan simple pudo quedarse latiendo en algún rincón del pecho, esperando ser recordado.
Como si también ellas hubieran florecido con la primavera.
Abrí los ojos. El bosque seguía ahí. Lumi ladraba a lo lejos, insistente con algún descubrimiento canino.
Pero yo me quedé un rato más en ese otro lugar, el que solo existe en la memoria.
Y, por un momento, fue como si él también hubiese regresado.
Aunque haya sido nostálgicamente…
Porque sí: su recuerdo, además de acelerar mi corazón, también me dolía. Porque él, aparte de ser la causa de mis sonrisas y de mi comodidad,
también fue el causante de varias noches en vela.
Editado: 04.02.2026