Lo que debería haber evitado:
A veces, cuando dejás atrás a una persona que amaste durante casi dos años, pesa. Te afecta de formas que no esperabas. La pregunta que me persigue desde ese día en que lo recordé sigue siendo la misma:
¿Cómo hago para olvidarte?
¿Siquiera quiero hacerlo realmente? ¿Estoy lista? Tantas preguntas. Ninguna respuesta.
He pasado tanto tiempo enamorada de la misma persona... Y aunque me digan que debería dejarlo atrás, empezar de nuevo, cerrar el capítulo…
¿Cómo hago para pasar de página si él es mi libro favorito?
La respuesta es simple, supongo: me aferré a la idea de un para siempre. Porque, aunque suene ridículo para mi amiga, en lo más profundo de mi corazón…
Él es el amor de mi vida.
He escuchado muchas veces que uno puede desenamorarse. Que solo hay que querer hacerlo. Pero yo aún no encuentro verdad en eso.
Me enamoré de él con el tiempo. Día a día. Con nuestras charlas largas y cada vez más íntimas. Con la forma en que me hacía sentir segura, con la certeza de que podía confiar en él sin explicaciones.
Y cuando me di cuenta de que me había enamorado… ya era tarde.
Nos habíamos empezado a alejar. Así como llegó, como una ráfaga suave, también se fue. Ya no había un “nosotros”. Ese “nosotros” con el que me había permitido soñar.
Pasaron los días, semanas, meses… y no volvió. En ese tiempo, la tristeza me inundó. Pero yo, ingenua, me aferré a la esperanza. Tenía fé en que, de alguna manera, lo volvería a encontrar.
Porque si, aun me gustaba.
Dicen que el que persevera alcanza. Y yo, de algún modo, lo alcancé.
El día que volvimos a encontrarnos, fue tan precioso como hoy: Soleado. Fresco. Lleno de vida… y de esperanzas. Capaz me sentia asi hoy por el simple hecho de recordar ese momento.
Pero no me importaba.
Escuchar su voz fue reconfortante. Notar su interés en mí me llenó de alegría. Y como una joven ilusa, volví a llenarme de sueños.
Volvimos a hablar, como antes… pero esta vez, había algo distinto. Había coqueteos. Miradas nuevas. Palabras que me dejaban pensando durante horas.
Mi amiga comenzó a sospechar. No estaba equivocada.
Su teoría era simple. Había vuelto a hablar con él.
Y los días pasaron. Y sin darnos cuenta, llegó abril. Ese fue el mes donde decidimos ser valientes. Donde decidimos confesar lo que sentíamos. Y sí, mis sentimientos eran correspondidos.
Pero la vida no siempre sale como uno quiere. Y esta vez, la vida —o quizás alguien más— estaba decidida a hacerme sufrir.
Durante el mes de junio, comenzó a desaparecer de a poco. No fue inmediato, no hubo un portazo ni una pelea final que lo explicara todo. Fue más bien como si hubiese empezado a irse en silencio, retirando su presencia en pequeñas dosis, como quien deja de mirar a los ojos, de contestar con ganas, de reír como antes.
Y yo lo noté. Claro que lo noté. Pero fingí no hacerlo, como si al ignorar el vacío, pudiera evitar que creciera.
El día en que todo se derrumbó fue un domingo 18. No hubo preámbulo. Solo sus palabras, firmes y secas, que llegaron como un golpe al pecho:
—Quiero terminar.
Yo no entendía. Lo miré con los ojos llenos de preguntas que no me salían por la boca. Apenas atiné a rogarle una explicación. Una razón. Algo que me ayudara a entender por qué.
Pero se negó. Me evadía, como si ni siquiera mereciera una despedida clara.
Insistí. Lo enfrenté con mi tristeza a flor de piel. Y entonces, por fin, respondió:
— Estoy cansado. Cansado de vos, de esta situación, de las peleas constantes. Siempre terminamos discutiendo por algo. Ya no quiero más. Me harté de repetir lo mismo una y otra vez.
Su voz sonaba decidida. Indiferente. Como si ya no quedará rastro del amor que alguna vez dijo tener por mí.
Le supliqué. Le hablé llorando. Le dije que podíamos intentarlo una vez más. Que las cosas podían cambiar. Pero él ya no estaba. Y mis súplicas cayeron como hojas secas: sin fuerza, sin eco, sin importancia.
Ese fue el final. No hubo abrazos, ni cierre, ni consuelo. Solo la certeza amarga de que lo había perdido. De que ya no me quería.
Los días que siguieron se sintieron grises, incluso cuando el sol brillaba. Me encerré en mí misma, apenas hablaba, apenas comía. La tristeza era un nudo en el pecho que me apretaba en silencio. Me dolía todo lo que no se dijo. Me dolía haber creído que el amor bastaba.
Mamá empezó a notarlo. No preguntó demasiado, pero me miraba con esa ternura que solo una madre puede tener cuando sabe que a su hija se le rompió algo por dentro.
Una tarde, simplemente me dijo:
—Vamos a salir.
No necesitaba más que eso. Caminamos sin rumbo por las calles, sin hablar de lo que dolía, sin ponerle nombre a mi tristeza. Y aunque el dolor seguía ahí, ese paseo fue un respiro. Un hilo de aire entre tanta angustia. Me ayudó a ver que el mundo seguía andando. Que incluso con el corazón hecho pedazos, uno puede volver a respirar.
Editado: 04.02.2026