¿Aún me amas?
La vida adulta era un territorio completamente desconocido, y me aterraba la idea de enfrentarla sola. Me preocupaba que otros no vieran mi valor, que me juzgaran sin conocerme, que me rechazaran sin razón. Solo quería vivir tranquila, sentirme en paz conmigo misma y con todo a mi alrededor.
Pero nunca fue tan simple. Desde pequeña supe que Dios tenía un camino difícil para mí. Y, aun así, mantenía la esperanza de que no doliera tanto.
La universidad exigía exámenes de ingreso, y pasaba noches enteras estudiando sin dormir, esforzándome para lograr lo que quería. Sin embargo, él estaba ahí. Aun desde mi cumpleaños, no me había dejado sola, y esa presencia me reconfortaba más de lo esperado.
Pasaba las noches contándole lo que estudiaba, explicándole cada detalle. Y él me escuchaba con atención, como si realmente le importara, como si no fuera aburrido ni pesado. Esa era una de las tantas cosas que me gustaban de él.
—Danilo, ¿me estás escuchando? —pregunté, y él se giró a observarme.
Sí… aún lo amaba. Pero la curiosidad me quemaba: ¿qué pasaba con la chica a quien él presumía a todos lados? ¿No le molestaba que hablara conmigo? ¿Le había contado siquiera sobre mí? ¿Por qué le contaría a su novia sobre su ex?
Negué con la cabeza mientras lo veía reír.
—¿Qué? —preguntó.
—Que estabas pensando en otra cosa y no escuchabas lo que te decía.
—Pensaba si lograré ingresar —inclinó la cabeza, distraído.
—Cielo… —su tono parecía una advertencia—. Eres la persona más capaz e inteligente que conozco. Estoy segurísimo de que lo lograrás.
Sí, ese era él: mi luz al final del túnel. Alguien a quien me aferraba como si mi vida dependiera de ello. Alguien que ponía curitas en mis heridas, que dibujaba estrellas sobre mis cicatrices. Ese era él.
Alguien que, a pesar de sufrir, siempre se preocupaba por mí. Que, aunque el día fuera difícil y no tuviera fuerzas, encontraba energía para seguir adelante. Ese era él.
—Danilo…
—Sí.
—¿Aún me amas? —mi pregunta salió sin pensar. Pareció sorprenderlo, incluso a mí.
Se quedó callado, buscando las palabras correctas para no herirme.
—Sí —dijo finalmente—. No creo ser capaz de dejar de hacerlo.
Mi corazón se aceleró como nunca.
—Eres la persona más fuerte que conozco, Ciel. No creo tener tanta suerte de encontrar a alguien como tú otra vez.
—Entonces…
—Lo hablaremos bien cuando terminen tus exámenes.
—Pero…
—Sí, Ciel. Aún te amo. No podría olvidarte de la noche a la mañana.
Sonreí, porque sí… podía sonar estúpido, pero por más que existiera la posibilidad de que me mintiera, mi corazón y mi mente querían creer. Quería creer que aún había esperanza. Que podríamos volver a ser nosotros. Que podríamos volver a ser felices.
—Ciel —lo vi acercarse más a la cámara—. Aún guardo los dibujos que me hiciste. Los atesoro. Así que no pienses demasiado. Te quiero. Por favor, estudia. Confía en ti, como yo confío en vos.
Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que sus palabras se anidaran en mi pecho, como si fueran un pequeño fuego que calentara todo mi ser. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar sin que la soledad me aplastara.
Sentí que podía avanzar, aunque solo fueran pasos pequeños, sin que el miedo me detuviera por completo. Su voz, aunque a distancia, era un recordatorio de que todavía existía un nosotros, de que todavía había alguien que creía en mí incluso cuando yo dudaba de mí misma. Y aunque no sabía qué traería el futuro, ni cuán difícil sería cada día, por un instante pude imaginar que todo podría estar bien.
Que podría estudiar, luchar, equivocarme, caer y levantarme, sin perder la esperanza de que alguien —él— me acompañara aunque fuera con palabras, con gestos, con ese amor silencioso que todavía nos unía. Sonreí, con el corazón latiendo acelerado, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que incluso en la incertidumbre, podía permitirme creer que lo nuestro aún tenía un lugar en mi vida.
Editado: 04.02.2026