La caja de los recuerdos
Querido Danilo:
Es el 26… mi cumpleaños se acerca. Aún lo recuerdas, ¿verdad? Espero que sí.
Te extraño mucho.
¿Paso por tu mente, aunque sea por un instante? Fue difícil no escribirte en Año Nuevo, pero supongo que ahora estás bien, con alguien que te hace sentir en paz.
Te necesito, Dani. Realmente lo hago. Necesito apoyarme en vos, sentir que estás conmigo.
Puede sonar egoísta, como si solo te quisiera para eso… pero no.
Eres el único que se preocupó por mí, el único que me ofreció su mano en los días malos, el causante de mi felicidad, quien me mostró que la vida podía tener matices brillantes y cálidos.
Contigo me sentía en la cima, inalcanzable y feliz. Contigo… y solo contigo.
Aún recuerdo cuando dijiste que me amabas, aunque aquel día siga dándome vueltas en la cabeza. Supongo que no podía hacerte cambiar de parecer, pero espero que algún día podamos hablar y aclarar, aunque sea eso.
Al final, mi amor no pudo sostenerte, ni mucho menos llegar a vos del todo.
Pero si nuestros caminos se cruzan de nuevo, prometo esforzarme para que esta vez funcione. Me ayudarías, ¿verdad?
Aún te escribo cartas.
Aún pinto cuadros.
Aún veo los dibujos que me hiciste.
Mantente sano y salvo.
Con amor,
Ciel
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Cada persona tiene una cajita de recuerdos, unas llenas de nostalgia, otras de alegría. La mía era ambas: cartas que nunca entregué, obsequios que no di… algunos para Danilo, otros para amistades que se habían ido de mi vida.
Esa fue una de las últimas cartas que escribí antes de mi cumpleaños. Quién diría que él regresaría justo a tiempo… Quién diría que me volvería a salvar.
Me había quedado sin amigas de nuevo, pero eso era parte de mi vida. Así que intenté seguir adelante con la esperanza de que algo cambiara. Siempre tuve mala suerte con las amistades, pero esperaba que la facultad fuera diferente. Y la suerte pareció sonreírme cuando vi mi nombre en la lista de ingresantes.
Ese día fue increíble. Lágrimas que no podía contener, sonrisas, y sus palabras:
"Sabía que lo lograrías, Honey. Felicidades. Estoy orgulloso de ti."
Mi corazón se sintió en paz. Me sentí realizada.
Pero también sabía que la vida no dejaría de ponerme pruebas.
Mientras todo esto ocurría, mi relación con Danilo volvía a su punto de origen. Tras largas charlas y promesas de cómo afrontar disputas, nos propusimos no repetir los errores que nos habían separado aquel fatídico 18.
La vida parecía pacífica, y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía realmente en paz. No era una paz perfecta, ni completa, ni libre de miedo o de dudas… pero sí era suficiente para permitirme sonreír de nuevo.
Miraba mi cajita de recuerdos y sentía que cada carta, cada dibujo, cada pequeño objeto tenía un lugar en mi historia. No eran solo recuerdos, eran fragmentos de quien fui, de lo que sentí, de lo que amé, y también de lo que había aprendido. Cada pieza de ese pequeño tesoro era un recordatorio de que podía sostener mi corazón aunque el mundo no siempre lo hiciera.
Y allí estaba él, Danilo, otra vez a mi lado, aunque de manera diferente. No necesitábamos palabras grandiosas, ni gestos dramáticos, ni promesas eternas. Su presencia, sus mensajes, su atención, todo eso bastaba para recordarme que alguien veía mi valor, alguien creía en mí incluso cuando yo dudaba de mí misma.
Sentí una mezcla extraña: nostalgia por lo que habíamos perdido, gratitud por lo que aún teníamos y esperanza por lo que podríamos construir. Porque, a pesar de todo el dolor, de la distancia, de los errores y de los días oscuros, seguíamos aquí, entrelazando nuestras vidas con pequeños hilos de confianza, cuidado y amor.
Mientras guardaba las cartas y los dibujos en la caja, entendí algo importante: la felicidad no era un estado constante, ni un destino lejano que debía alcanzar. La felicidad era poder mirar mi vida, reconocer mis heridas y mis cicatrices, y aun así encontrar motivos para sonreír. La felicidad era Danilo diciéndome que creía en mí, y yo creyendo en mí misma lo suficiente como para seguir adelante.
Apoyé la caja sobre mi escritorio y cerré los ojos por un instante. Pude sentir mi corazón latiendo fuerte, pero esta vez no era un latido de miedo ni de soledad; era un latido de vida, de esperanza y de amor. Sabía que todavía vendrían desafíos, días tristes y momentos de incertidumbre… pero también sabía que podía enfrentarlos, porque no estaba sola.
Al abrir los ojos, me sentí lista para recibir lo que viniera. No necesitaba que todo fuera perfecto. Solo necesitaba seguir guardando mis recuerdos, aprendiendo de ellos y permitiéndome ser feliz a mi manera.
Y mientras sostenía la caja entre mis manos, pensé: “Tal vez no puedo controlar todo lo que suceda… pero sí puedo proteger lo que siento, valorar lo que tengo y seguir amando, incluso cuando duele. Porque ese amor… ese amor vale la pena.”
Con esa certeza, sonreí. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía avanzar, con la esperanza de que cada nuevo día me acercara un poco más a la paz que tanto había buscado, y a los momentos compartidos que aún nos quedaban por vivir.
Editado: 04.02.2026