Ecos de lo que fuimos

Capítulo 9

The look of love

La palabra amor siempre me pareció demasiado grande, demasiado fuerte para usarla a la ligera. Hoy en día muchos dicen amar a varias personas, como si fuese algo sencillo, pero yo nunca lo vi así. Para mí, el amor estaba destinado a una sola persona a lo largo de la vida, porque solo existe alguien con quien realmente podés compartirlo todo: los días buenos, los días grises, la calma y las tormentas.

Y para mí, esa persona era Danilo.
Mi primer amor.
La primera vez que entregué mi confianza sin reservas, mostrando no solo mis luces, sino también mis sombras. Para mí él era como las estaciones del año: la brisa fresca en primavera, la lluvia inesperada en verano, el sol que calienta en pleno invierno y las hojas que pintan de nostalgia el otoño. Hermoso, necesario y lleno de paz.

Él era quien acompañaba mis días, el dueño de mis sonrisas. Por más duro que fuera el momento, sabía que a su lado podían llegar tiempos mejores, que el dolor era pasajero y que la calma volvería. Con él aprendí que la esperanza tiene rostro, voz y nombre.

Los te amo que le regalaba no eran palabras huecas: eran la confesión más honesta de mi corazón. Si hubiese podido borrar cada herida de su pasado, lo habría hecho sin dudar; si hubiera sido posible protegerlo de todo lo malo del mundo, me habría ofrecido como escudo. En sus días tristes habría secado sus lágrimas, y en los más felices lo habría mirado con el orgullo más sincero.

Porque lo amaba.
Porque lo mío hacia él siempre fue verdadero.

Era viernes, nuestro día de citas. Una película juntos, aunque la distancia nos obligara a que fuera virtual. Me había arreglado solo para él, y lo observaba con esa atención torpe y enamorada que uno no sabe disimular.

Estaba en la cocina, de espaldas a la cámara, tarareando distraído una canción. Se movía con tranquilidad, en su propio mundo, y de vez en cuando giraba para lanzarme un beso en el aire y sonreír como si no hubiera nada más importante que verme ahí, esperándolo.

—Te ves muy guapo —susurré, casi sin querer.

—¿Qué? —preguntó girando apenas la cabeza.

—Que te ves muy guapo… ¿lo sabías? —respondí con una sonrisa tímida, apoyando mi mentón en la mano mientras lo miraba.

Él se inclinó un poco hacia la cámara, fingiendo modestia.

—Gracias, cariño, pero tú te ves aún más preciosa. Estás increíble.

Y otra vez lanzó un beso que me hizo reír como tonta.

—Te amo —dije, sin contener la alegría.

Al principio, mi madre no estaba de acuerdo con nuestra relación. Le pedí, casi le supliqué, que le diera una oportunidad, que entendiera que con él yo había encontrado una paz que jamás había sentido antes. Y terminó aceptando, porque al fin y al cabo, como siempre me dijo, mi felicidad era también la suya.

Lo que ella veía en mí era imposible de ocultar: esa luz en mis ojos, ese brillo que llaman la mirada del amor. No importaba cuánto quisiera disimularlo, esa chispa me delataba. Era un orgullo, no una carga.

Nuestra cita siguió con la película, pero ambos sabíamos que apenas veríamos un 15% de la trama. El resto del tiempo lo ocupaban nuestras miradas, las ganas de estar juntos, los gestos que parecían gritar lo que las palabras ya no alcanzaban.

Él tampoco lo disimulaba: a veces se quedaba en silencio, de brazos cruzados, solo mirándome. Otras me sonreía como si guardara un secreto. Y yo pensaba que, aunque fuera a través de una pantalla, me hacía sentir en la cima del mundo.

Soñaba con que lo nuestro durara, con que un día pudiéramos dejar de contar kilómetros y empezar a contar recuerdos en el mismo lugar. Imaginaba esa historia que se alarga con los años, que termina en un “sí, acepto” y en una familia de esas que parecen sacadas de una postal.

Quizás era ingenuo, pero no me importaba. Porque lo amaba con todo mi ser. Porque estaba dispuesta a entregarme entera para que funcionara. Porque cuando lo miraba, no veía un simple presente: veía futuro.

Veía promesas que no necesitaban palabras, veía un hogar donde el calor no era de paredes ni de muebles, sino de su presencia.

Y tal vez por eso mi madre había cambiado de opinión. Porque más allá de sus dudas, más allá de sus advertencias, entendió que ese brillo en mis ojos no podía fingirse. El famoso look of love… la mirada del amor. Esa mirada que aparece una sola vez y que se reconoce a simple vista. Ella lo había visto en mí, y yo lo veía en él.

Y en ese instante entendí que el amor no siempre necesita palabras. A veces basta una mirada. Esa mirada que lo dice todo. El verdadero look of love.




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