Entre la tormenta y la nada
Los meses habían transcurrido lenta, dolorosa y tortuosamente. Me sentía mentalmente agotada: de la universidad, de mis amistades, de mí misma… y de la ausencia de Danilo.
Él había regresado un par de meses después del famoso “tiempo”, pidiendo volver, diciendo que se había dado cuenta de cuánto me amaba y lo mucho que me necesitaba en su vida. Pero, para mi sorpresa, fui capaz de hacerme la fuerte y decir que no. Lo miré —o más bien lo leí— con frialdad y le respondí que lo mejor era seguir caminos separados. Y aunque por dentro me rompía, había algo en mí que sabía que era lo correcto.
Al mismo tiempo, mis amistades empezaban a desmoronarse lentamente, como siempre. Año tras año pasaba lo mismo, y a pesar de mis intentos por no arruinar nada, parecía que todo terminaba escapándose de mis manos.
La depresión y la ansiedad me ganaban. El estrés era el arma perfecta contra mí: los pensamientos intrusivos me devoraban, las inseguridades crecían como monstruos invisibles y los recuerdos de Danilo me perseguían cada vez que intentaba respirar un poco de calma.
Mis días eran nublados. A veces mis amigas trataban de animarme, incluso respetaban mis decisiones… pero otras veces me hacían sentir fuera de lugar, como si yo fuera la mala, la insuficiente, la que sobraba. Odiaba los comentarios pasivo-agresivos, las comparaciones sobre mi físico, y más aún los chismes velados sobre mi relación con Danilo. Odiaba sentirme reducida a tan poca cosa, cuando yo también era parte de aquel grupo.
Hasta que un día llegué a mi límite.
Estábamos en el auto de Noe, de regreso a casa. Yo, contra mi instinto, decidí abrirme. Intenté desahogarme, contarle una pequeña parte de lo que me venía carcomiendo desde hacía años. Sentía que las palabras me temblaban en la garganta, que el llanto quería escaparse de mis ojos… pero aún así hablé.
Ella permanecía con la mirada fija en la carretera, seria, distante. Yo trataba de no quebrarme, porque odiaba mostrarme vulnerable incluso con alguien que quería tanto.
—Yo creo que no deberías sentirte así —fue lo único que dijo.
Aquella frase me congeló. Era la misma que había escuchado tantas veces. La frase que minimizaba mi dolor, que me hacía sentir exagerada, dramática, invisible.
—Pero a cada persona le afecta diferente… —me defendí con voz baja.
—Sí, pero no veo por qué deberías exagerarlo.
Me quedé en silencio, sintiendo el golpe en el pecho.
—Ronald… —su nombre me hizo apretar el puño con fuerza, como si mi cuerpo quisiera reaccionar por mí.
—Él pasó por cosas mucho más difíciles que las tuyas, Ciel. Y sí que está mal, pero no se deja caer como vos.
Esa frase fue un puñal. Sentí que no la reconocía, que la persona que tenía a mi lado ya no era mi amiga.
—¿Qué? —alcancé a susurrar, incrédula.
—Ciel, tienes muchas personas que te quieren. Tú puedes salir adelante si de verdad lo intentas. En cambio Ronald solo me tiene a mí.
En ese momento supe la verdad: Noe no era mi amiga. Nunca lo había sido del todo. Llevaba tiempo soportando sus comentarios hirientes, sus comparaciones injustas, pero esa vez… en pleno mes de la prevención del suicidio, yo me había atrevido a abrir mi corazón y ella lo había pisoteado.
—Ok… lo intentaré —fue mi única respuesta.
Pero por dentro estaba hecha trizas.
No era solo la comparación injusta con Ronald —un hombre que nunca había respetado a Noe, que la traicionaba una y otra vez, al que yo había escuchado perdonar sin fin mientras ella lloraba— sino el hecho de que eligiera ponerlo por encima de mí, de mis heridas, de lo que yo estaba confesando con tanto dolor.
Con el tiempo, decidí alejarme por mi propia salud mental. Sin embargo, antes de hacerlo, Noe encontró otra excusa para disgustarse conmigo. Había empezado a sentir atracción por un compañero de curso y, como siempre, era incapaz de disimularlo. Yo no dije nada, porque me lo pidió. Y cumplí. Pero cuando las miradas empezaron a notarse, en lugar de asumir su parte, decidió acusarme a mí.
Me culpó de haber hablado con alguien del grupo de ese chico, de haber “traicionado” su confianza. No lo hice. Nunca lo hice. Pero ella prefirió creer en su propia versión y difamarme a mis espaldas.
Dejó de sentarse a mi lado, dejó de hablarme. Yo, aún así, guardé silencio, esperando que con el tiempo recapacitara y entendiera lo absurdo de aquella distancia. Pero no ocurrió. Al final, nuestra amistad se rompió.
Pasaron los meses y quedamos divididas. Noe por un lado, Yess por otro, en medio de ambas. Ella sabía lo que había ocurrido, sabía lo que dolía… y aún así esperaba que alguna de las dos diera el primer paso.
Pero yo no estaba lista. No estaba lista para decirle a Noe lo mucho que me habían herido sus palabras, lo que me había dolido verla expresarse así de mí. No estaba lista para enfrentar otra traición disfrazada de amistad.
Y así, una vez más, me encontré sola
Editado: 04.02.2026