Alguien en quien recurrir
A la par que me enfrentaba a mi estúpida soledad y me esforzaba por sobrevivir a los finales, la necesidad de compañía volvió a mí.
Y eso solo me llevaba a alguien —aunque sonara a apego ansioso—: Danilo. Porque eso era él para mí: alguien en quien podía dar y recibir, alguien en quien podía confiar ciegamente. Pero al mismo tiempo sabía que lo extrañaba demasiado y que él ya no querría volver.
Así que, poco a poco, me cerré más.
Mi madre me rogaba que le mandara fotos de los lugares donde estaba, o que le avisara cuando volvía a casa. La preocupación que le hacía pasar me dolía, pero no era capaz de detenerlo.
Mientras tanto, un chico intentaba acercarse. Todo terminó de la peor manera cuando me mandó una foto sugerente de lo que quería hacer conmigo. Lo mandé a la mierda sin pensarlo, pero él pareció más ofendido que yo.
De forma casi desesperada, decidí darle la vuelta al momento, publicando en redes algo que en el fondo solo buscaba llamar su atención:
"Cuando un chico me intenta ligar mandándome fotos sugerentes, pero el amor de mi vida estaría contándome de sus animes favoritos."
Esperé pacientemente a que Danilo lo viera. Y cuando sucedió, me emocioné tanto que corrí a contárselo a Yess. Después de varias semanas sin hablarme, ella me respondió. Eso me llenó de ilusión, aunque en el fondo sabía que no debía ser así. Esa Ciel ya no era la misma de antes; la de ahora estaba cargada de demasiadas cosas negativas.
Pero al día siguiente todo se derrumbó. En me dio de la biblioteca universitaria, Yess explotó:
—Sos una estúpida —su grito resonó y todos se giraron a mirarnos—. Sos una pendeja que no sabe respetarse, y por eso necesita volver donde no la aman. ¿Querés que te diga que si volvés con él esta vez va a funcionar? No, Ciel. Sos una ridícula. Una maldita ridícula que no tiene ni una pizca de respeto por sí misma.
El silencio pesó. Uno por uno, los que estaban alrededor recogieron sus cosas y se fueron, dejándonos solas. Y ella… rió.
—Fue gracioso —dijo.
—¿Qué?
—Ver sus caras cuando te dije eso. Todos unos malditos chismosos. Fue tan divertido.
Yo no me reí. Me sentía humillada.
—Ciel, realmente no tenés respeto por vos misma. Pero avisame si te dice algo.
Luego se fue.
No volvió a hablarme, no volvió a buscarme.
Pero sus palabras quedaron resonando en mi cabeza: estúpida, ridícula, sin respeto. Cada vez lloraba más, cada vez temblaba más. Hasta que, impulsivamente, me preparé para hacerlo.
—Es lo mejor —murmuré.
Estaba decidida a irme, a acabar con mi vida. Porque ya no aguantaba más.
Pero en medio del llanto pensé en Lumi, en mi madre, en mi hermano, en mi familia. Ellos no merecían cargar con esa herida. No podían sufrir de esa forma por mí.
Entre lágrimas, solté lo que tenía en las manos.
Y, casi sin pensarlo, escribí un mensaje de texto. Quería desahogarme, quería sentirme escuchada una vez más.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Una respuesta que me hizo recordar que aún podía haber alguien a mi lado. Alguien que, a diferencia de todos los demás, eligió quedarse conmigo.
Editado: 04.02.2026