Ecos de lo que fuimos

Capítulo 14

Déjame salvarte como tú me salvaste a mí

Mis manos temblaban, incapaces de sostener el peso de mi propio cuerpo. Mis piernas se negaban a funcionar, convertidas en anclas de plomo que me hundían en el suelo de mi habitación. Y en medio de aquella noche helada, donde la única salida que veía era un final absoluto, recurrí a él con la poca dignidad que me quedaba.

Sus palabras, al inicio, no fueron cálidas. Eran distantes, un eco de la distancia que nos habíamos impuesto. Pero con el pasar de los minutos, a través del silencio agudo de la línea telefónica, lo volví a sentir. Era Danilo, sí, pero no cualquier Danilo. Era mi Danilo. Aquel que me cubría del frío en un día lluvioso, que me miraba como si yo fuera una obra de arte frágil y invaluable. Aquel que dibujaba constelaciones sobre mis cicatrices y le devolvía los matices al mundo gris que me rodeaba.

— Soportaste más de lo que esperé — su voz sonaba grave, resignada. Ambos sabíamos que este momento llegaría, que tarde o temprano la grieta se abriría de nuevo.

Nosotros nunca aprendimos a ser ex. Éramos dos almas imantadas por el dolor, buscando refugio en el único lugar que conocíamos como hogar: los brazos del otro. Como si nuestro abrazo tuviera el poder de sanar cualquier herida, de suturar la piel y el alma.

—No aguanto más — las palabras se ahogaron en un sollozo, y las lágrimas, desbordadas, empaparon mi almohada mientras luchaba por encontrar aire.

— ¿Qué pasó? Cuéntame —eran simples palabras.

Entonces, ¿por qué se sentían como una llave que abría todas mis compuertas? ¿Por qué me hacían llorar con tanta violencia?

— Danilo, yo... yo no pensé que contestarías — me sinceré, con la voz rota —. Pensé que me odiabas.

— Jamás te odiaría, Cielo. Yo jamás podría hacer eso.

— Han pasado varias cosas desde que nos separamos — respiré profundamente, el aire quemaba al entrar

— He empezado a fumar — murmuré, y la confesión se sintió como veneno en mi lengua — Sé que no debería, y no lo digo con orgullo, porque siento cómo arruina mi cuerpo, pero... ya no me queda ni una sola esperanza para vivir. Estoy tan cansada de sentirme así, de ser la que siempre arruina la vida de los demás.

Un nudo se formó en mi garganta, tan doloroso que me dieron ganas de gritar hasta desgarrarla.

— Solo sé que puedo evitar pensar cuando lo hago. El humo nubla mis sentidos, llena mis pulmones y, por un instante, me siento más ligera. Por un instante, no existo.

Él permaneció en silencio, escuchando. Su silencio no era vacío, era un espacio seguro donde mi dolor podía resonar.

— Yo... me siento tan sola. Estoy tan sola que ya no sé cómo sobrellevar tantas cosas. No puedo sobrevivir más. Yo solo quiero... quiero descansar. Quiero dejar de sentir.

Lloré, y cada lágrima parecía aligerar la carga insoportable que llevaba sobre los hombros.

— No te dejaré sola, Cielo. ¿Cómo podría siquiera hacer eso?

— Creéme que lo intenté, te juro que lo intenté — murmuré mientras el teléfono vibraba en mi mano, un reflejo del dolor que sacudía mi interior.

—Sé que lo hiciste. Eres fuerte, y sé que cuando colapsas es porque sientes que ya no hay ninguna salida. Pero, Ciel... tú me enseñaste que siempre hay una. Si tú me salvaste a mí, ¿por qué te dejaría a ti en el abismo?

— Danilo...

— Escúchame. No te dejaré caer. Sea lo que sea que haya pasado, sean quienes sean los que te hicieron daño, ya pasó. Ya estoy aquí y no voy a soltarte. No dejaré que tú, la persona que me salvó miles de veces, se apague así. No me enseñaste a rendirme, Ciel, así que por favor, inténtalo una vez más.

Sus palabras me dolían, pero era un dolor purificador. Me dolían porque habíamos cambiado de roles. Antes era yo quien le rogaba que viviera, quien le susurraba que aguantara, que a pesar de la tormenta, el sol siempre vuelve a salir.

Habíamos cambiado, y ahora la que colgaba del precipicio era yo. La que se había rendido era yo.

— Piensa en Lumi, por favor — rogó —. No lo dejes solo. No volverás a estar sola, Ciel, te lo prometo. Si tengo que poner curitas en cada una de tus heridas, lo haré. Pero por favor, no te rindas. Eres mucho más fuerte que esto.

Hizo una pausa, y pude oír su propia respiración entrecortada.

— Cielo... tú fuiste la luz al final de mi túnel. Siempre brillando, acompañándome en cada momento oscuro. Jamás te rendiste conmigo, jamás me dejaste atrás. Velaste por mí hasta que finalmente pude salir a flote, y eso fue gracias a ti. Así que ahora, déjame ser eso para ti. Déjame ser yo quien te ayude a salir a flote de nuevo, a que vuelvas a sonreírle al mundo como lo hacías antes.

— Danilo...

— No, Cielo, hazme caso. Sé que es difícil, pero ya no estarás sola.

Sus palabras eran un bálsamo. Para cualquiera podrían haber sido frases vacías, clichés de consuelo. Para mí, fueron la razón por la que hoy estoy contando esto. Porque él me salvó aquella noche de noviembre. Él fue quien me tendió la mano cuando decidí soltarlo todo.

— No quiero depender de ti otra vez — susurré, porque ambos sabíamos que el hecho de haberlo buscado era justo eso, el primer paso hacia la vieja dependencia.




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