No estás sola, cariño
Me aferré a la almohada mientras trataba de no llorar. El aire era espeso, denso, como si incluso respirar doliera. Había sido un día largo, uno de esos en los que la vida parece ensañarse contigo solo para recordarte que puede hacerlo. Me sentía agotada, desgastada. Una vez más, el mundo había decidido atacarme justo donde más dolía: en la indiferencia de las personas que más me importaban.
Odiaba esa sensación. Esa frialdad disfrazada de calma, ese tipo de indiferencia que te atraviesa como un cuchillo invisible. Odiaba cuando fingían no saber que me dolía, cuando sus acciones parecían calculadas para hacerme sentir insignificante.
Habían pasado tantas cosas en tan solo unas horas. Entre lágrimas, recuerdos y ese nudo constante en el pecho, volví a hablar con Danilo. No era parte del plan. Ambos habíamos acordado no buscarnos más, no volver a caer en el mismo ciclo, pero lo hicimos.
Caímos.
Una vez más.
Como si nunca aprendiéramos la lección de soltarnos.
Mi mente giraba, cansada, confundida. Y en medio de todo, las palabras de Yess resonaban con crueldad en mi cabeza:
"Eres mi amiga, no mi psicóloga. Pero yo no merezco ni la mitad de las cosas que has hecho por mí."
No lo dijo gritando, no necesitó hacerlo. Bastó su tono para quebrarme. Era una frase que me atravesó el alma, que me dejó vacía.
Porque ambas sabíamos lo que realmente significaba.
Ella podía decir que yo no era su psicóloga, pero, en el fondo, era lo único que me permitía ser.
Yo lo intentaba todo: ser más divertida, más comprensiva, más ligera, seguirle en sus actividades, interesarme en sus gustos, adaptarme a su mundo. Pero nada bastaba. Mi amistad, por más sincera y desbordante que fuera, nunca parecía suficiente.
Y esa palabra -suficiente- dolía más que cualquier otra.
Por más que diera todo de mí, por más que me desviviera por los demás, nunca era elegida.
Ni primera, ni segunda opción.
Era el comodín temporal, la presencia invisible.
Era tan doloroso reconocerlo.
Era como mirar una herida que nunca cicatriza, que cada vez que parece cerrarse, se abre con una sola palabra.
Quizá ese era mi problema: por más que intentara ser importante en la vida de alguien, fracasaba.
Y lo más triste de todo era que tampoco sabía cómo ser importante para mí misma.
Me estaba hundiendo en mis pensamientos cuando su voz irrumpió en el silencio.
— Cariño... -susurró Danilo.
El tono con el que pronunció esa palabra fue suficiente para romperme.
Mi corazón se apretó con fuerza, y las lágrimas, que había intentado contener durante tanto tiempo, finalmente se desbordaron.
Lloré, sin reservas.
Lloré con la desesperación de quien ya no puede fingir que está bien.
Él me había visto en todas mis versiones: rota, furiosa, llena de amor, vacía de esperanza. Era alguien en quien había confiado con cada fragmento de mi alma, alguien a quien le había mostrado incluso las partes más oscuras de mí. Tal vez por eso me resultaba tan imposible soltarlo; porque hacerlo sería como arrancar una parte de mí misma.
— Quiero que sepas que es imposible que no llegues a ser alguien importante en la vida de alguien — dijo con voz suave.
Apreté los labios. Mi respiración se volvió temblorosa, y un sollozo escapó antes de que pudiera detenerlo.
— Desde que entraste en mi vida ya eres parte de mí, de mi día a día — continuó —. Después de la última vez que nos separamos, siempre estuve pensando en ti. En cómo harías las cosas, en lo que dirías. Porque tú siempre buscas el bien para los demás, incluso cuando tú eres la que más necesita ayuda.
No respondí. No podía.
Solo lo escuché.
Y cada palabra se clavaba más hondo.
— No pienses en rendirte — su tono se volvió firme — Menos cuando sabes que voy a estar para ti. Siempre tuve debilidad por tu voz cuando estás herida... y la escucho ahora. Puedo sentir tu dolor, Ciel. Pero ya estoy aquí, ¿sí? Estoy aquí.
Me tapé la cara con las manos. Dolía demasiado.
Sus palabras eran mi condena y mi refugio al mismo tiempo.
Volver a él era como abrir una herida recién cerrada, y aun así, lo hacía.
Porque una parte de mí todavía lo necesitaba.
Mi mente lo sabía: mi salud mental era frágil, demasiado como para sostener otra vez el peso de él. Pero mi corazón... mi corazón no entendía de razones.
— Mi talón de Aquiles es verte débil — dijo al cabo de un silencio —. Me duele escucharte llorar. Es lo que más odio en este mundo.
Su voz se quebró, y eso me rompió aún más.
— Ciel, escúchame — continuó —. Conozco tus problemas un poco mejor que los demás porque decidiste abrir tu corazón y contármelos.
— Yo no tengo las respuestas, yo solo puedo ser el qué te apoye a salir adelante.
Sé que sientes que estás cayendo, que quieres rendirte, que todo se volvió demasiado... pero no estás sola. No voy a dejar que te hundas cuando tu me sacaste de un foso del cual ya me estaba ahogando.
Hubo un silencio largo, interminable.
Solo el sonido de nuestras respiraciones rotas llenaba el espacio.
Mi llanto fue cesando poco a poco, como si su voz me arrullara desde la distancia.
Editado: 04.02.2026