Ecos de lo que fuimos

Capítulo 16

El amor también es salvación

Si tuviese que decir algo sobre mí misma, sería todo en negativo: absurda, patética, irresponsable, ansiosa, trastornada e incapaz de soltar. Me miro al espejo y no reconozco a la chica que solía ser. En su lugar, está alguien demacrada, con ojeras profundas y los ojos apagados. Me duele aceptar que ya no soy la misma; me duele ver en lo que me he convertido.

No podía salvar ni el semestre, ni mis amistades, y mucho menos mis nulas ganas de vivir. Me dolía, me quemaba, y aun así, por un instante, lo intentaba... Y todo fue a causa de Danilo, de sus súplicas y sus regaños. Ver su genuina preocupación me obligó a confrontar lo asquerosamente demacrada que me había vuelto.

Porque ese Danilo que una vez me rogó que siguiéramos juntos, y que después me soltó con el corazón destrozado, debería estar priorizándose a sí mismo. Debería estar olvidándome. Pero no lo hacía. Se aferraba a mí como si tuviera miedo de perderme, y aunque una parte de mí no quería creerle, funcionó. Porque aquí estaba, intentando… aunque doliera.

Pero esos eran mis pensamientos; los de él eran completamente distintos. Lo comprobé al ver cómo se aferró a mí, como si realmente temiera perderme. Y aunque todo lo que me dijo fuese mentira, funcionó. Porque aquí estaba yo, haciendo lo que me pidió: intentar de nuevo, a pesar del dolor.

Su pedido fue simple: tirar todos los cigarrillos y encendedores, aferrarme a las gomas de mascar en su lugar, concentrarme en mis estudios y, si se me hacía difícil, hablar con él.

Danilo... ¿Por qué sigues ayudándome?

Aunque él ya me había dado una "respuesta", yo me negaba a creerla. Me sentía irrita a, nerviosa. La taquicardia me perseguía sin tregua, los claros efectos de la abstinencia. Mi necesidad de fumar era una ola gigante, pero sus palabras se abrieron paso justo en medio de mi ansiedad, logrando que mis manos temblorosas se aferraran con fuerza al chicle que yacía entre mis dedos.

Ese día fue difícil, no solo por mis temblores, sino por verla. Ver a Yess después de todo lo que me había dicho. Estaba junto a los baños de la biblioteca, y parecía estar esperándome. No dije ni una palabra, y mi silencio pareció molestarla un poco. Se acercó a abrazarme y sentí el leve, pero inconfundible, olor a cigarrillo. Cerré los ojos con una punzada de fuerza.

—¿Fumamos después de tu examen? —preguntó con una sonrisa tenue— Estoy muy estresada, traje un paquete para las dos.

— No fumo más — respondí secamente.

Ella alzó las cejas y se quedó seria, el sarcasmo asomando en su mirada.

— ¿Qué? No me digas que le escribiste y que él te lo prohibió.

La miré en silencio. Se la veía mal; no sabía por lo que estaba pasando, pero tampoco preguntaría.

— No, no me prohibió nada. Simplemente dejé de hacerlo.

Parecía incrédula. La forma en que me miraba no me gustaba en lo más mínimo, y mis temblores continuaban. Decidí que lo mejor era terminar el encuentro.

— Tengo que rendir

— Ciel... Noe se enteró que Ronald le fue infiel — dijo de repente.

Me quedé quieta. Lo sabía. Se lo dije, se lo expliqué una y otra vez. Pero cada advertencia mía siempre pareció ofenderla.

— ¿Y qué pasó? — Mi voz no tenía sarcasmo, solo una auténtica preocupación. Quería saber cómo se encontraba ella.

Aún me importaba. Era mi amiga, a quien más quise, con quien no dudé en mostrarme vulnerable, hasta que lentamente ella fue apagándome con sus quejas y reproches sobre mi personalidad. Ahora, solo quería saber si estaría dispuesta a hablarme, porque algo en mí me decía que necesitaba todo el apoyo posible.

Yo estaba dispuesta a dejar mis heridas de lado para tratar las suyas.

— Él lo negó — Cerró los ojos.

Era algo típico en él. Lo supe desde que lo vi: un hombre sin escrúpulos, irresponsable en todo el sentido de la palabra y, claramente, misógino.

— Dijo que todo era montado y que jamás le haría eso. Aparte, la chica mostró fotos y Noe lo confrontó. Dice que casi la golpea.

Me tensé. Eso era lo que más temía. Y, precisamente, decirle que tenía miedo de que algún día le levantara la mano y la golpeara, fue suficiente para ella. Esa fue otra de las razones por las que decidió dejarme atrás. Porque "hablaba mal de él", porque yo era "muy joven para entender todo lo que ellos pasaron", y que "simplemente yo no había experimentado eso y no tenía el derecho de hablarlo".

— Háblale, Ciel — me instó Yess, sin notar mi parálisis.

Fue entonces que me di cuenta. No estaba lista.

No estaba lista para volver a hablarle. No ahora que todo había caído sobre mis hombros de nuevo. El simple hecho de recordar cómo nos habíamos distanciado me dio a entender que aún no estaba lista para enfrentarla. Por más que algo dentro de mí quisiera consolarla, mi casi inexistente estabilidad pareció mandarme señales de alerta. Eran lo suficientemente grandes para entender que no era el momento.

— Tengo que rendir — dije, sin más explicaciones.

Simplemente la dejé allí, sola. Y mientras huía una vez más de la situación, decidí enfocarme en otra cosa.




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