Ecos de lo que fuimos

Capítulo 17

La calma antes de la tormenta

El 2025 había llegado acompañado de nuevas esperanzas y deseos. Tenía tanta fe en que este año no fuese malo, ni para mí, ni para quienes cruzaran mi camino. Aunque ya había dicho adiós, en silencio, a amistades que me hicieron daño, decidí avanzar, aun cuando doliera.

Había hecho nuevas amistades y confiaba en que mis días no serían malos a su lado. Así que seguí adelante. Los días se volvieron ligeros, tranquilos… como alguna vez soñé que podían ser.

Y había un chico.
Un chico que me hacía sentir segura.
Un chico cuya sonrisa podía calmarme incluso en los peores momentos.
Un chico cuyo amor se sentía cálido, envolvente, casi mágico, como si nada malo pudiera alcanzarnos mientras estábamos juntos.

—Te ves hermosa —dijo con dulzura.

Eso era lo que se sentía estar con él: un ambiente de calma, seguridad y ternura.

—¿Por qué no dices nada, eh? —se acercó demasiado, logrando que me sonrojara sin querer.

Lo miré. Tenía el cabello despeinado, los ojos brillantes y esa sonrisa que parecía dibujarle la alegría en el rostro. Cada vez que me miraba así, mi corazón aceleraba el paso, ignorando cualquier razón. Soltó una risa antes de inclinarse y besarme con suavidad.

—Pintemos algo juntos.

El plan era ridículo. Entre los dos, yo era pésima dibujando.

—No, no cuenta. Tú sí sabes dibujar.

—Entonces déjame dibujarte.

—¿Qué?

—Sí. Quédate quieta, te voy a dibujar.

Parecía hablar en serio, y por primera vez en mucho tiempo, decidí confiar. Preparó todo con rapidez, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre. Pasaron los minutos y el ambiente se volvió silencioso, concentrado, casi solemne.

—¿Puedo ver algo?
—Aún no.

—¿Ponemos una serie o algo mientras dibujas?

Se rió, suave y bajo. Me daba miedo sonreír tanto, porque sentía que podría romperme por dentro, pero no podía evitarlo.
No sabía si estaba demasiado enamorada o si simplemente era una tonta. ¿Cómo podía gustarme tanto alguien? ¿Cómo podía un chico convertirse en mi lugar seguro sin siquiera intentarlo?

Después de lo que me pareció una eternidad, terminó.
Me mostró el dibujo como si fuera una obra de arte. Era un retrato realista en el que me veía… bonita.

—Hiciste un buen Photoshop —dije, intentando sonar seria.

Me miró con esa mirada que siempre me hacía sentir única, y se acercó. Se apoyó a mi lado y observó el dibujo sobre mi hombro.

—Tus ojos son lo que más me gustan. Nunca podría olvidar cómo te veo.

Su voz era suave, envolvente, cálida… y me sentí segura.
Ese dibujo no era solo un retrato, era un símbolo de lo que él sentía, y de lo que yo sentía por él: protección, deseo, amor y cuidado.

—Me siento feliz cada vez que estoy contigo, ¿sabes? Me siento embriagado de amor… y no quiero salir de este pensamiento jamás.

Era dulce, era hermoso, era doloroso… porque por más que deseara esa calma, sabía que la vida tenía formas muy crueles de recordarnos que todo puede derrumbarse en un instante.

No siempre podíamos vivir en nuestra burbuja feliz.
A veces, la realidad golpea.
Y así fue cuando Yess me pidió vivir conmigo.

Era una súplica desesperada, cargada de necesidad. Algo que hizo que mi interior se revolviera incómodo. Me buscaba porque me necesitaba, pero por primera vez no quise permitir que cruzara el límite que había marcado. Uno que no debía romper.

Aunque sabía que debería ayudarla, o al menos escucharla, recordé todo lo que me había hecho pasar: las burlas, las críticas, la manera en la que me ignoraba cuando no la necesitaba, cómo minimizaba mi dolor y mis logros.

Así que simplemente respondí:

“Avísame cualquier cosa, pero no puedo ayudarte. Recuerda que vivo con mis padres.”

No hubo respuesta.
No hubo mensajes insistentes.
No hubo explicación.

Y así, silenciosamente, nuestra amistad se rompió.

Cada una siguió su camino, aunque por dentro me preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Algo dentro de mí me decía que sí, que no debía repetir la historia, pero otra parte no dejaba de cuestionarse.

¿Ella habría hecho lo mismo por mí si nuestras posiciones se hubiesen invertido?
No. Probablemente ni siquiera habría respondido mis mensajes o llamadas.

Entonces, ¿por qué ese sabor agridulce seguía en mi boca?

Porque aún quería aferrarme a la idea de que podríamos seguir siendo amigas. Pero era imposible.
Teníamos conceptos distintos de lo que significaba la amistad, ideales opuestos. Lo que para ella era normal, para mí era dañino y debía ser confrontado, no ignorado.

Ella tenía normalizadas cosas que me hacían daño. Y yo ya no podía seguir siendo su psicóloga, ni esperar a recibir migajas para justificar mi presencia.

Así entendí que vendrían tiempos difíciles. Comentarios venenosos, juicios silenciosos, miradas cargadas de reproche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.