La purificación de los tres reinos
Había pasado una semana desde que Aria y Demyan habían tomado aquella decisión que parecía inevitable. El tiempo había sido suficiente para que las cicatrices físicas comenzaran a cerrarse, pero las emocionales seguían abiertas, latentes en cada rincón del reino. La calma que se respiraba era engañosa: bajo las ruinas de la última batalla, aún se escondían los ecos de la oscuridad antigua, sombras que se resistían a desvanecerse.
Aria lo sabía. Y también lo sabía Demyan.
Por eso, aunque él no quería exponerla, aunque cada parte de su ser gritaba protegerla como si todavía fuese aquella joven frágil y mortal que un día había conocido, entendía que no había otro plan más sabio que confiar en ella.
Aria no era la misma.
Ella había renacido.
Esa mañana, cuando el sol se alzó sobre los tres reinos, Aria se vistió de blanco resplandeciente, con un manto bordado en símbolos antiguos que parecían brillar con vida propia. Su mirada, serena pero firme, reflejaba una decisión que iba más allá del miedo.
Demyan permanecía tras ella, en silencio. Sus ojos oscuros no podían ocultar la angustia: para él, Aria siempre sería algo irremplazable, demasiado preciosa, demasiado frágil. Aun así, cuando la vio caminar hacia la torre más alta del Reino de la Luz, entendió que no había nada más poderoso que esa mujer que lo había salvado de su propia condena.
—¿Estás segura de esto? —preguntó con voz grave, deteniéndose justo antes de que ella comenzara a ascender las escaleras.
Aria giró el rostro hacia él. Su sonrisa era dulce, pero detrás de ella ardía el fuego de la convicción.
—No solo estoy segura —respondió—. Estoy lista, Demyan. Este reino… tu reino… nuestro reino, merece renacer sin cadenas.
Él asintió, aunque por dentro la lucha era feroz. Jamás se acostumbraría a verla caminar hacia el peligro, aun cuando ese peligro fuese simplemente el precio de su propia grandeza.
Llegaron a la cima de la torre. Desde allí, se podía ver todo el Reino de la Luz, y más allá, los ecos del Reino Oscuro y las puertas veladas del Reino Angelical. Tres mundos distintos, pero ahora unidos por un solo destino.
Aria cerró los ojos. El viento azotaba su cabello dorado, elevando los mechones como si fueran alas invisibles. Dio un paso al frente, extendió los brazos y comenzó a ejercer su poder.
Un resplandor brotó de su cuerpo, primero suave, como un murmullo, luego creciendo en intensidad hasta envolverla en un halo cegador. La energía angelical fluía a través de ella, pura, indomable, hermosa.
Demyan, detrás, sintió cómo el aire mismo temblaba. Era como si cada recuerdo, cada sombra, cada miedo y hasta cada amor tormentoso estuviera siendo arrancado de raíz, expuesto ante la luz y transformado en algo nuevo, limpio y sereno.
En el reino, la gente cayó de rodillas. Algunos lloraban, otros reían, y todos, absolutamente todos, sentían cómo las cadenas invisibles que los habían atormentado comenzaban a romperse. Los ecos de la oscuridad se disolvían como cenizas arrastradas por el viento.
Aria abrió los ojos: dos orbes luminosos que irradiaban compasión. Sentía cada rincón, cada corazón, cada herida abierta. Y con un solo suspiro, les ofrecía pureza.
“Este es mi deber”, pensaba. “Porque este reino no es solo mío. Es de Demyan. Y yo lo amo. Amo tanto que no me importa arder en esta luz si es para demostrar que soy digna de él, de su confianza y de su amor eterno”.
Demyan la observaba con el corazón encogido. Nunca la había visto tan majestuosa. Era la prueba viviente de que la fragilidad que él temía proteger era, en realidad, la fuerza más absoluta.
Cuando la purificación llegó a su clímax, una onda expansiva de luz recorrió los tres reinos. La oscuridad residual desapareció. El aire se volvió más liviano, los campos florecieron, y hasta el cielo adquirió un brillo nuevo, como si también hubiese sido liberado.
La multitud en las ciudades alzó la voz en agradecimiento. Un solo nombre retumbó entre los valles y montañas:
“¡Aria, nuestra diosa angelical!”
Ella bajó lentamente los brazos, exhausta, pero con una paz interior que jamás había sentido. Miró a Demyan.
—Lo logramos… —susurró, apenas con fuerzas.
Él la sostuvo entre sus brazos antes de que pudiera desplomarse, rodeándola como si la vida misma dependiera de no soltarla.
—No, Aria… —dijo con voz quebrada, besando su frente—. Tú lo lograste. Tú nos has salvado a todos.
Ella lo miró, débil pero feliz, con esa certeza que ardía en sus ojos:
—Yo solo quería demostrar que soy digna de ti. De ser tu esposa… y tu reina.
Demyan la apretó contra su pecho. Y mientras el reino celebraba, él la besó con un amor tan profundo que dejó claro a todos que no era solo su diosa, sino la mujer que reinaría a su lado sobre los tres mundos: el de la Luz, el de la Oscuridad y el Angelical.
Ese día, el universo entero supo que el amor de Aria y Demyan no solo había vencido a la oscuridad… también había purificado lo imposible.