Ecos De Luz Y Sobras El Pacto Eterno

Capítulo 31

La propuesta bajo un cielo de flores

El reino respiraba paz por primera vez en siglos. Las cicatrices de la guerra todavía estaban presentes, pero envueltas ahora en un aire distinto: esperanza. Los campos florecían de nuevo, las aguas cantaban al correr por los ríos, y el sol bañaba con su resplandor cada rincón purificado por la fuerza angelical de Aria.

Esa tarde, sin embargo, no había soldados, ni consejos, ni multitudes. Solo ellos dos.

Demyan había guardado silencio durante días, planeando en secreto algo que escapaba a cualquier guerra, a cualquier poder, incluso a cualquier deber como gobernante. Porque más allá de ser rey, guerrero o heredero de la oscuridad, había un hombre que, desde lo más profundo de su ser, anhelaba una sola cosa: hacer eterna a la mujer que lo había devuelto a la vida.

Al caer el crepúsculo, Demyan tomó la mano de Aria.

—Quiero mostrarte algo —susurró con una sonrisa misteriosa, esa que solía derretirla.

Ella, curiosa, dejó que la guiara. Subieron colinas, cruzaron jardines recién nacidos tras la purificación, hasta que llegaron a un claro secreto, oculto entre los bosques más altos del Reino de la Luz.

Aria se quedó sin aliento.

El lugar parecía un fragmento de un sueño. Miles de flores de todos los colores cubrían el suelo como una alfombra interminable: lirios blancos, rosas rojas, peonías rosadas y jacintos azules se entremezclaban con margaritas doradas y delicadas orquídeas. Sobre ellos, ramas de árboles en flor se curvaban formando un dosel natural, del que caían pétalos como si el viento mismo quisiera bendecir el momento.

Y, en el centro del claro, un lago cristalino reflejaba el cielo del atardecer, teñido de tonos naranjas, violetas y dorados. Era como si el universo entero hubiera decidido detenerse para contemplar lo que estaba a punto de ocurrir.

Aria llevó una mano a su pecho.

—Demyan… es… es el lugar más hermoso que he visto.

Él no apartaba los ojos de ella.

—No, Aria. Lo más hermoso aquí… eres tú.

Ella sonrió, ruborizada, incapaz de sostenerle la mirada demasiado tiempo. Y entonces lo notó: el aire cambió, lleno de magia, como si cada flor supiera que estaba a punto de presenciar un milagro.

Demyan se detuvo frente a ella, sus ojos brillando con esa intensidad oscura y ardiente que siempre la había desarmado. Dio un paso más, y otro, hasta quedar lo bastante cerca como para tomar ambas manos de Aria entre las suyas.

—He pasado siglos luchando contra mí mismo, contra maldiciones, contra la oscuridad… —comenzó, su voz grave cargada de emoción—. Y aun así, el destino me tenía preparado algo que jamás imaginé: encontrarte.

Aria lo miraba con lágrimas contenidas, su corazón latiendo con fuerza, como si ya supiera lo que estaba por venir.

Demyan respiró hondo, y su tono se volvió más suave, más íntimo.

—Aria… tú me salvaste. No solo de la oscuridad, sino de mí mismo. Cada instante a tu lado me recuerda que soy capaz de amar, de sentir, de ser libre. Y hoy, frente a este cielo y ante cada flor que nos rodea, quiero hacerte una promesa eterna.

Entonces, sin apartar la mirada, se inclinó sobre una rodilla.

Aria llevó ambas manos a sus labios, ahogando un sollozo.

De un pequeño cofre, Demyan sacó un anillo forjado en oro antiguo, adornado con un diamante central rodeado de diminutas piedras que parecían fragmentos de estrellas. No era solo una joya: era el símbolo de todo lo que habían superado juntos.

—Aria —dijo con voz firme, aunque sus ojos se humedecieron—. ¿Me concedes el honor de ser mi esposa? ¿De compartir no solo mi trono, sino mi vida entera? ¿De gobernar conmigo los tres reinos, pero sobre todo… de ser mi compañera eterna, mi única y última luz?

Los pétalos caían sobre ellos como una lluvia suave. El viento pareció detenerse. El universo contuvo el aliento.

Las lágrimas resbalaron por el rostro de Aria. No había dudas, no había miedos. Solo amor. Un amor tan puro y profundo que le dolía en el pecho.

—Sí, Demyan… —susurró entre sollozos, sonriendo—. Sí, quiero ser tu esposa. Quiero amarte por siempre.

Él colocó el anillo en su dedo con delicadeza, como si temiera quebrarla, y en el mismo instante en que lo hizo, un resplandor suave los envolvió. Era como si los reinos mismos hubieran bendecido su unión.

Demyan se levantó, y antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó de la cintura y la besó. No fue un beso apresurado ni desesperado, sino profundo, lento, apasionado. Un beso que sellaba no solo una promesa, sino un destino.

Alrededor, las flores parecieron inclinarse hacia ellos, y el agua del lago reflejó su abrazo como un espejo eterno. El cielo, teñido ahora de azul oscuro, dejó escapar las primeras estrellas, iluminando la escena como un manto celestial.

Cuando por fin se separaron, Aria apoyó su frente en la de él, susurrando con voz temblorosa:

—Te amo, Demyan. Eres mi destino, mi hogar, mi eternidad.

Él acarició su rostro, dejando un beso en su frente.

—Y tú, Aria, eres mi todo. No hay reino, no hay poder, no hay vida sin ti.

Ambos permanecieron abrazados en medio del claro, rodeados de un océano de flores que parecía extenderse hasta el infinito. Y en ese instante, el amor de Aria y Demyan no fue solo suyo: se convirtió en la promesa eterna de que incluso después de la oscuridad, lo más puro siempre florece.



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En el texto hay: amor, amor ayuda esperanza

Editado: 15.11.2025

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