Ecos De Luz Y Sobras El Pacto Eterno

Capítulo 32

Eternos

Los tres reinos respiraban una calma desconocida. La guerra había dejado cicatrices profundas en la tierra y en los corazones, pero también había dejado algo aún más poderoso: esperanza.

En la torre más alta del Reino de la Luz, la misma desde donde Aria purificó las sombras, Demyan contemplaba el horizonte. Sus ojos oscuros reflejaban lo que pocas veces dejaba ver: vulnerabilidad. A su lado, Aria, radiante en una túnica blanca bañada de oro, apoyaba su mano sobre la suya.

—¿Lo sientes? —preguntó ella, su voz suave, casi un susurro.

—Sí… —respondió él, apretando su mano con firmeza—. El silencio. El verdadero silencio de la paz.

Ambos cerraron los ojos. No necesitaban hablar para entenderse. Habían recorrido juntos un camino donde lo habían perdido todo: reinos, amigos, recuerdos, incluso la vida misma. Y, aun así, se habían encontrado.

Aria se giró hacia él, sus ojos luminosos reflejaban la fuerza de su pueblo y la ternura de la joven que alguna vez fue humana.

—Demyan… todo lo que hemos vivido, cada caída, cada herida, cada lágrima… todo valió la pena. Porque nos trajo hasta aquí. Porque me trajo a ti.

El rey oscuro, temido por siglos, sintió un nudo en la garganta. Nadie, salvo ella, había podido arrancarle esa humanidad oculta. La abrazó, pegándola contra su pecho.

—No importa lo que venga después. Ni los dioses, ni las sombras, ni el destino mismo podrán separarnos. —Su voz se quebró, pero su mirada ardía—. Tú eres mi eternidad, Aria.

En ese instante, el cielo comenzó a teñirse de un resplandor nunca antes visto. Nubes de fuego y cristales de luz danzaban en el firmamento. Los tres reinos, como respondiendo a la unión de ellos, resonaban con la misma vibración: un nuevo amanecer.

Desde el Reino Angelical descendieron millones de luces, como estrellas cayendo a la tierra. Cada alma purificada, cada ser que había muerto en batalla, se mostraba en forma de destello, iluminando los campos destruidos, sanando la tierra, cerrando heridas. Era como si el universo entero reconociera lo que Demyan y Aria habían hecho: romper el ciclo de odio y dar nacimiento a una nueva era.

Aria levantó sus manos y, con lágrimas de gratitud, dejó que esas luces rozaran su piel. Entre ellas, sintió la presencia de sus padres, de su pueblo, de cada vida que había marcado su destino.

—Nunca más habrá oscuridad que divida los corazones —dijo con firmeza—. Porque la luz y la sombra aprendieron a amarse.

Demyan tomó su rostro entre sus manos, mirándola con la intensidad de alguien que lo ha perdido todo y lo ha recuperado.

—No eres solo mi luz, Aria… eres mi alma. Mi salvación. Y aunque un día la eternidad decida apagarnos, sé que volveremos a encontrarnos. Siempre lo haremos.

Ella sonrió, besando sus labios con una mezcla de ternura y pasión, un beso que no era simple gesto, sino un juramento.

Entonces, como si el universo esperara ese instante, el cielo se abrió en un estallido de flores doradas y negras que cayeron sobre ellos como lluvia. Los reinos se unieron en un solo latido, proclamando lo inevitable: la Diosa Angelical y el Rey Oscuro eran uno. Amor y destino. Vida y eternidad.

Aria se apoyó en su pecho y susurró:

—Demyan, lo logramos.

—No —corrigió él, acariciando su cabello—. lo lograste. Yo solo tuve la suerte de amarte.

Ambos rieron suavemente, porque sabían que era verdad. Y mientras la risa se fundía en un nuevo beso, los tres reinos celebraron en silencio, conscientes de que la guerra había terminado no por la espada, ni por el poder, sino por algo más fuerte: el amor inquebrantable de dos almas destinadas a encontrarse una y otra vez.

El universo selló ese destino con un resplandor final, eterno e imborrable.

Y así, entre luz y oscuridad, dolor y amor, vida y renacimiento, la historia de Aria y Demyan llegó a su fin.

No un final común.

Un final eterno.

Porque ellos no eran solo reyes.

Ellos eran destino, amor y vida misma.



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En el texto hay: amor, amor ayuda esperanza

Editado: 15.11.2025

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