El Altar de la Eternidad
El día llegó.
Los tres reinos —Luz, Oscuridad y Angelical— se reunieron bajo un mismo cielo, limpio y brillante, como jamás se había visto. No había sombras, no había miedo, no había dolor. Solo expectación. Todos los caminos conducían a la Gran Catedral de Cristal, levantada en el corazón del Reino de la Luz, donde las paredes parecían tejidas con hilos de oro y diamante, y los vitrales reflejaban los colores de cada amanecer.
El murmullo se apagó cuando las puertas se abrieron.
Primero entró Demyan. Alto, imponente, con la fuerza de un rey forjado en la guerra y el magnetismo de un hombre marcado por el amor. Sus ojos oscuros, profundos y fieros, se suavizaban solo por una razón: Aria. Su armadura ceremonial, negra con bordados plateados, brillaba bajo la luz, y cada paso suyo resonaba con la seguridad de quien ya no gobierna solo por poder, sino por convicción.
El aire se detuvo cuando apareció ella.
Aria avanzaba por el pasillo principal rodeada de una lluvia de pétalos dorados y blancos. Vestía una túnica de seda angelical que parecía hecha de la misma luz del cielo, bordada con flores que cambiaban de color a cada movimiento. Su cabello caía como un río de plata y oro, adornado con una corona de cristales que reflejaban los tres reinos, y en su mirada se veía lo que ningún poder había logrado extinguir: pureza y amor.
Todos los presentes contuvieron el aliento. Aria no solo era la Diosa Angelical. Era la mujer que había enfrentado la oscuridad, que había purificado lo imposible, que había amado hasta quebrar maldiciones y sellos. Su belleza era indescriptible, pero lo que verdaderamente deslumbraba era su espíritu, ese brillo en sus ojos que parecía abrazar a cada ser presente.
Cuando ella llegó hasta Demyan, sus miradas se encontraron. El mundo entero desapareció. Solo existían ellos dos.
El altar se iluminó con un resplandor que envolvía a ambos. Entonces, la voz de la Diosa de la Guerra resonó con solemnidad, pues fue ella quien los unió en nombre de los tres reinos:
—Hoy somos testigos de un amor que ni la oscuridad ni la muerte pudieron romper. Aria, diosa angelical, y Demyan, rey de la luz y la oscuridad, unen sus destinos no solo como soberanos, sino como almas eternas. Que este día marque el inicio de una nueva era.
Demyan tomó la corona de obsidiana y plata que reposaba sobre un cojín, y la colocó con cuidado sobre la cabeza de Aria. En ese instante, un resplandor envolvió a ambos, uniendo sus coronas en una misma energía. Luz y oscuridad, perfectamente entrelazadas.
Aria, con voz firme pero llena de dulzura, proclamó:
—Juro proteger a estos reinos, juro velar por cada vida, y juro amarte, Demyan, más allá del tiempo, más allá de la eternidad.
Él la miró con los ojos húmedos, algo que nadie jamás habría imaginado en el rey oscuro.
—Y yo, Aria, te juro mi vida, mi reino y mi alma. No habrá sombra ni dios que pueda romper lo que somos. Tú y yo nacimos para estar juntos, y juntos reinaremos hasta el fin de los tiempos.
Las campanas resonaron en cada rincón de los reinos, las flores brotaron solas desde la tierra, los cielos se tiñeron de dorado y azul, y el universo entero celebró.
Entonces, ante millones de testigos, Demyan inclinó su rostro y selló sus votos con un beso profundo, eterno, tan lleno de amor y poder que las paredes de cristal vibraron como si el mundo mismo los aclamara.
Los tres reinos se arrodillaron ante ellos, no por miedo, sino por respeto, porque sabían que nunca más volverían a temer.
El amor había ganado.
Y así, Aria y Demyan se convirtieron en los soberanos eternos, el equilibrio perfecto entre luz y oscuridad, entre poder y ternura, entre destino y libertad.
No eran solo reyes.
Eran el comienzo de una era nueva.
Y juntos, como siempre debió ser, reinaron no con espadas, sino con el amor que el universo entero fue incapaz de quebrar.
“No hubo final, solo un nuevo principio. Porque cuando dos almas se encuentran para amarse sin condiciones, ni la muerte, ni el tiempo, ni los dioses mismos pueden separarlas.”
“El amor fue su mayor reino, y en él reinaron juntos por la eternidad.”