Ecos De Luz Y Sombras

Capítulo 3

Sombras y Destellos

Aria sintió que sus piernas la traicionaban mientras corría por el bosque. Su corazón golpeaba tan fuerte que juraba que todos podrían escucharlo. Apenas podía creer lo que había pasado en aquella cueva: el fuego rojo, las cadenas ardiendo, y los ojos de aquel ser que había intentado aniquilarla y, sin embargo, se había quebrado con solo rozarla.

—No… no puedo decir nada… —murmuraba entre jadeos, apretando los brazos contra su pecho.

Cuando las luces de la academia aparecieron frente a ella, brillando con tonos plateados y azulados, trató de calmar su respiración. Con una sonrisa nerviosa y los labios temblorosos, forzó la normalidad: nadie debía sospechar lo ocurrido.

Al ingresar por los pasillos de mármol cristalino, un guía de túnica oscura la interceptó.

—Aria, ¿verdad? —ella asintió—. Perfecto. Ven, tu grupo ya fue asignado.

El guía la condujo hasta un gran salón donde decenas de humanos charlaban entre sí. Algunos reían con entusiasmo, otros no podían disimular el miedo en sus ojos. El techo estaba adornado con constelaciones vivientes, estrellas que se movían lentamente como si el cielo entero hubiese descendido a la sala.

—Aquí será su punto de reunión —anunció el guía—. Mañana, al amanecer, iniciará el Rito de Conversión. Su sangre ya ha sido analizada; ahora, serán llamados uno por uno para ser recibidos en el linaje.

Un murmullo recorrió la sala: miedo, expectativa, ilusión. Aria fingió sonreír como el resto, aunque en su interior un recuerdo ardía como las llamas de la cueva.

Mientras buscaba un asiento, una voz masculina se dirigió a ella.

—¿También estás nerviosa? —preguntó un joven de cabello oscuro y ojos verdes intensos, mirándola con simpatía.

Aria rió suavemente, ocultando su temblor.

—Un poco… aunque trato de pensar en lo bueno. Siempre hay algo positivo, ¿no?

El chico sonrió.

—Eso suena a que seremos buenos amigos. Me llamo Kael.

Con facilidad, Aria comenzó a conversar con él y con otros compañeros. Aunque era tímida al inicio, pronto sacó a relucir esa chispa suya: sus bromas inocentes, su manera de encontrar luz en cada detalle, arrancaban sonrisas incluso a los más tensos.

Muchos la miraban de reojo, intrigados. Aria parecía tener un brillo propio: su cabello rubio, cayendo en ondas suaves, reflejaba la luz de las lámparas como si atrapara destellos dorados. Sus ojos color miel, cálidos y profundos, parecían guardar secretos, y sus mejillas rosadas ardían con ese rubor natural que la hacía ver siempre vibrante, como si estuviera recién llegada de correr bajo el sol.

Finalmente, les mostraron sus habitaciones. Cada estudiante tendría un espacio privado, decorado con cristales que cambiaban de color según la emoción de quien habitara allí. Al entrar, el suyo brilló con un resplandor dorado tenue, como si la habitación misma respondiera a su espíritu.

Aria tocó una de las paredes, maravillada. Todo era demasiado mágico, demasiado perfecto… pero dentro de ella seguía latiendo el miedo. Cerró los ojos y, por un instante, sintió un eco distante, una vibración en su pecho: él. El Rey.

Y al mismo tiempo, en lo más profundo del reino, Demyan abrió los ojos. La oscuridad lo rodeaba ahora que estaba libre de las cadenas, pero un dolor punzante le atravesaba el costado. No entendía cómo una simple humana lo había marcado… y peor aún: cada vez que ella respiraba con agitación, él lo sentía en su propia piel.

Un rugido cargado de furia resonó en las cavernas del abismo.

—¿Quién eres, Aria?

Mientras tanto, en la academia, las luces de la habitación de Aria titilaron con intensidad, como si el lugar entero hubiese escuchado el rugido de un rey encadenado a ella por destino.




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