La Marca del Rey
El eco de la batalla en el bosque aún ardía en la piel de Aria. No había podido olvidar la mirada del demonio que la había arrastrado y torturado, ni la forma en que, sin entender cómo, las heridas que ella recibía aparecían también en el cuerpo del rey. Algo la ataba a él, y esa certeza la aterraba más que cualquier sombra.
Esa misma noche, Demyan no perdió tiempo. La interceptó cuando intentaba caminar hacia su antigua habitación. Sus pasos eran firmes, implacables, como un trueno que anunciaba tormenta.
—A partir de ahora, tú me perteneces, Aria —dijo, con una voz profunda y grave que parecía llenar toda la sala—. No volveré a permitir un descuido como el del entrenamiento. No te perderás de mi vista.
Aria lo miró, atónita, con el corazón latiéndole al límite.
—No soy tuya. ¡Yo puedo cuidarme sola! No necesito que me encierres como a una prisionera.
Demyan dio un paso hacia ella. Cada movimiento suyo era calculado, dueño absoluto del espacio y del tiempo. Sus ojos, dorados y profundos como la noche, la escrutaban, penetrando cada pensamiento.
—No te estoy preguntando. Esto no es un juego, Aria. Aquí se hace lo que yo diga. Tu seguridad es lo primordial, y no tendrás derecho a salir sin mi autorización. Si intentas alejarte… lo lamentarás.
—¡Nunca! —gritó ella, rabiosa, sin medir las consecuencias de sus palabras—. No eres dueño de mi vida. No puedes decidir por mí. Y si tanto te incomoda mi debilidad, ¡acaba conmigo de una vez!
Demyan no reaccionó con violencia física. Su mirada, sin embargo, era suficiente para helar la sangre. Un silencio pesado se instaló entre ellos, cargado de tensión, miedo y deseo. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente; su aura poderosa hacía que todo en la habitación vibrara con energía.
—Tu nueva habitación está junto a la mía —dijo finalmente, con voz firme, casi como un mandato divino—. Allí estarás a salvo, y allí permanecerás. En un momento, vendrán por tus cosas y te entregarán vestimenta adecuada a este reino. No esos harapos humanos que llevas.
Aria respiró con dificultad, sintiendo cómo la frustración y la rabia se mezclaban con algo que nunca antes había sentido: temor intenso y fascinación.
—¡No me interesa esa “seguridad”! —protestó—. ¡No necesito que me tengas como sombra!
Demyan avanzó un paso más, y ella retrocedió, pero no pudo escapar de su mirada.
—No es seguridad, Aria. Es control. Y tú no eres una simple humana. No permitiré que te pase nada. No mientras respire. No hay espacio para la desobediencia. No mientras yo decida tu destino. —Sus palabras eran un hierro candente—. Si te mueves conmigo, conmigo estarás. Si alguien intenta dañarte, lo destruiré. Esto no es opción, es ley.
Aria dio un grito ahogado y levantó la voz, dejando salir todo lo que sentía:
—¡Eres cruel! ¡Tirano! ¡Arrogante! ¿Cómo puedes pretender decidir por mí? ¡Yo no soy un objeto ni un juguete! ¡Tú no…!
Pero su protesta se desvaneció en la fuerza que irradiaba Demyan. Cada palabra que decía era absorbida por su aura, y Aria sintió como si el suelo y el aire mismo se alinearan con él, atrapándola en su voluntad. El Rey no había movido un músculo más de lo necesario, pero la intensidad de su presencia era suficiente para dominarla.
Ella, frustrada y temerosa, giró sobre sus talones y corrió hacia su antigua habitación, queriendo escapar, pero él apareció frente a ella, firme como una muralla.
—No hay escape, Aria. Tu habitación es donde yo esté. —Su tono era definitivo, sin rastro de compasión—. Nadie tocará ni un cabello tuyo sin que yo lo sepa. Vendrán por tus cosas y te equiparán como corresponde. Pero a partir de ahora, eres parte de mi mundo.
Cuando las mucamas llegaron, le indicaron dónde estaría a partir de ese momento: un cuarto elegante, dentro de la misma ala del Rey, con conexión directa a su habitación. Aria lo miró con incredulidad. Se sentía prisionera y confundida, sin comprender cómo alguien tan cruel podía mantenerla viva.
Mientras Aria cuestionaba y maldecía su suerte, Demyan se dirigía a una asamblea con sus subordinados. La tensión en la sala era palpable. Sus generales y consejeros lo rodeaban, todos alertas.
—He sentido algo en el bosque —declaró uno de los jefes—. Una presencia más oscura de lo normal.
Otro agregó, temblando:
—Majestad, esta fuerza… es antigua. Un poder que, según las crónicas, se extinguió junto con la sangre angelical.
El rostro de Demyan se endureció. Su mirada no solo reflejaba preocupación; brillaba con furia y determinación. El peligro no era cualquiera. Algo ancestral había despertado, y Aria, con su sangre única, podía ser la clave para enfrentarlo.
—Prepárense —ordenó con voz de hierro—. Nadie debe subestimar lo que se aproxima. Investiguen en ambos reinos. Cada sombra, cada anomalía, será rastreada. Y recuerden… nadie, bajo ningún concepto, debe acercarse a Aria sin mi autorización.
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie osó desafiarlo, porque todos sabían que la ira de Demyan no perdona, y que su determinación sobre lo que le pertenece es absoluta.
Aria, en su habitación, no lo sabía, pero cada palabra que pronunciaba el Rey y cada movimiento suyo la estaban marcando. No solo físicamente, sino en algo más profundo: una conexión que no podía romperse, un vínculo que era peligroso, oscuro… y definitivo.