La sala estaba envuelta en un silencio mortal, roto solo por la respiración tensa de Demyan. Sus ojos, más oscuros que la noche, se clavaban en el Doctor Hope, que había confesado la verdad sobre la sangre angelical de Aria.
—¡¿Sangre angelical… en mi reino?! —rugió Demyan, su voz reverberando como un trueno que estremecía las paredes—. ¿¡Me estás diciendo que has estado usando sangre en una simple humana?!
Hope mantuvo la calma, aunque un ligero temblor se notaba en sus manos.
—Majestad… Aria no es una simple humana. He experimentado con muchos humanos durante años, los que mostraban potencial fueron estudiados, y la mayoría ni siquiera podía resistir la sangre. Pero ella… ella es diferente. Nadie había soportado la sangre angelical hasta ahora.
Demyan frunció el ceño, incapaz de comprenderlo de inmediato.
—¿Diferente? ¿Qué quieres decir con eso? —gruñó, la oscuridad emanando de su cuerpo como un manto amenazante—. ¡Explícate antes de que mi paciencia se agote!
Hope respiró profundo, consciente de que estaba desafiando a un ser milenario, pero su voz fue firme:
—Aria no es una humana común. Su sangre fue sellada por alguien hace millones de años, y solo esa protección permitió que ella sobreviviera hasta hoy. La sangre angelical de su linaje, extinguida hace años, solo puede existir a través de ella. Es la esperanza para la sangre angelical. Su resistencia demuestra que posee el linaje verdadero, y si se destruyera, todo el poder y legado de su especie se perdería para siempre.
El rugido de Demyan llenó la sala, sacudiendo los cimientos del reino. Su furia era casi tangible, y el aire parecía cargarse con electricidad.
—¡¿Has estado experimentando con ella todo este tiempo?! —gritó, golpeando la mesa con tal fuerza que las piedras temblaron—. ¡¿Sabes el peligro que corriste?! Esa sangre no es solo un poder, ¡es una herencia sellada y sagrada! ¡Ella no pertenece a ningún reino y la pusiste en riesgo absoluto!
Hope no retrocedió, su mirada directa enfrentando la tormenta que era Demyan:
—Sé las consecuencias, majestad. Por eso actué. Nadie más podía liberar su potencial. Otros humanos habrían muerto, pero ella soportó la sangre angelical. No solo sobrevivió, sino que tiene la capacidad de restaurar lo que estaba perdido. Si no la guiaba, su transformación sería incompleta, y estaría indefensa.
La ira de Demyan no disminuyó; su sombra se extendió como un río de oscuridad por toda la sala. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, y su respiración pesada. Sentía cada latido de su corazón acelerado por la rabia y por la urgencia de proteger a Aria.
—¡Si algo le pasa a ella por tu culpa, te arrancaré la vida y no habrá piedad! —rugió—. ¡Escúchame bien, Doctor Hope!
Hope inclinó ligeramente la cabeza, con serenidad:
—Majestad… mi único objetivo es Aria. Nadie más podría llevarla a su transformación completa, despertar su linaje y proteger la sangre angelical. Si intentas impedirme, su potencial podría perderse.
Demyan dio un paso adelante, su furia alcanzando niveles descomunales. El aire a su alrededor vibraba de poder, y todo el reino parecía sentirlo.
—¡No quiero excusas! —dijo, su voz goteando amenaza—. ¡Si vuelves a ocultarme algo, sabrás el verdadero precio!
Un silencio pesado llenó la sala. Luego, sin previo aviso, Demyan se lanzó contra Hope, quien se defendió con agilidad y precisión. Cada golpe, cada choque de poder, era un recordatorio de la fuerza brutal del Rey y de la fría determinación del doctor.
—¡Te advierto! —rugió Demyan mientras bloqueaba un ataque directo—. ¡Si vuelves a poner en riesgo a Aria, no habrá misericordia!
Hope retrocedió, apenas manteniéndose firme:
—Lo sé… y por eso sigo aquí. Solo yo puedo asegurar que ella sobreviva y cumpla con su destino.
El enfrentamiento continuó, un duelo de fuerzas que hizo temblar toda la sala. Cada movimiento reflejaba el poder, la ira y la obsesión de Demyan por proteger a Aria, mientras Hope mantenía la calma absoluta, confiado en que su conocimiento era la clave para que la humana completara su transformación.
Finalmente, Demyan logró inmovilizarlo, su respiración pesada y su ira casi palpable.
—¡Habla! —dijo, la voz baja pero cargada de amenaza—. ¡Todo! ¡Ahora!
Hope suspiró y detalló la magnitud de la sangre angelical, la singularidad de Aria y cómo ella era la única esperanza de su linaje. La sala permaneció en silencio, mientras Demyan procesaba la realidad: la conexión con Aria no solo era personal, sino que ella llevaba en sus venas el poder perdido de una especie extinta, y cualquier peligro que le ocurriera, lo sentiría él mismo.
El Rey permaneció inmóvil, su furia mezclada con una determinación fría. Ahora sabía con certeza que debía proteger a Aria a cualquier costo, y cualquier obstáculo sería destruido sin piedad.