El Baile de la Decisión
La gran sala de la Academia estaba transformada en un palacio de cristal. Miles de flores blancas colgaban del techo, brillando con destellos de luz mágica, y en el centro un enorme vitral proyectaba haces de colores que se mezclaban con las notas suaves de la orquesta. El ambiente era solemne, pero también festivo; todos sabían que aquella noche marcaría su destino.
Aria descendió por las escaleras como si flotara. Su vestido era un susurro de plata y blanco perlado, bordado con hilos dorados que brillaban con cada movimiento. La tela parecía creada de un aura celestial, delicada y etérea. Su cabello caía en ondas suaves adornado con diminutas gemas que parecían fragmentos de estrellas. Cuando entró en el salón, el murmullo se detuvo: era imposible no mirarla.
Los ojos de todos la siguieron. Algunos con admiración, otros con envidia, y unos cuantos con un deseo oculto. Pero entre todos, la mirada más intensa fue la del Rey. Demyan sintió cómo una punzada lo atravesaba: el impulso de cubrirla, de ocultarla de todos esos ojos que la devoraban con ansias. Por un segundo, se imaginó llevándola lejos, encerrándola en su mundo solo para él. Apretó la copa en su mano y controló esa sensación, recordándose que no debía ceder al instinto.
—Aria… —susurró uno de sus amigos, Kai, con una sonrisa nerviosa—. Pareces una diosa, ¿segura que no nos ocultabas tus alas?
Ella rio suavemente, tratando de disimular la incomodidad de tantas miradas. A su lado, Lyra, su amiga de cabellos oscuros, la tomó del brazo.
—Eres hermosa, Aria. Pero no dejes que ellos vean tu miedo —le dijo en voz baja, protegiéndola con una complicidad fraterna.
La música cambió, y comenzó la ceremonia. Uno a uno, los estudiantes eran llamados a entrar en las cápsulas, estructuras de cristal donde se revelaba su destino: reino oscuro o reino de luz. La sala se llenaba de aplausos y celebraciones en cada revelación.
Cuando llegó el turno de Aria, el silencio fue absoluto.
Entró en la cápsula, el cristal cerrándose a su alrededor. El mundo se desvaneció. Y allí, en medio de la nada, apareció una luz dorada. No era fría ni distante; era cálida, casi maternal. Una figura de pureza se inclinó hacia ella, sus ojos llorosos brillando como soles.
—Aria… tu destino apenas comienza. No te doblegues, no desistas. Cuando llegue el momento, volveremos a encontrarnos.
El corazón de Aria palpitó con fuerza, sus labios temblaron al querer preguntar más, pero la visión se deshizo.
Desde afuera, apenas habían pasado segundos, pero Demyan sintió en su propio pecho la angustia de Aria. Sus manos se crisparon contra el brazo del trono, dispuesto a arrancarla de allí.
El público murmuró, inquieto. La cápsula no reveló nada. Nunca había ocurrido.
Los examinadores se miraron entre sí, desconcertados. Ordenaron repetir la prueba. Aria volvió a entrar. Otra vez la luz dorada apareció, esta vez llorando, su voz quebrada:
—La extinción no era lo que buscábamos… —susurró, y el dolor en su tono hizo que Aria cayera de rodillas dentro del vacío. El terror la envolvió, su pecho ardiendo de angustia.
Cuando la cápsula se abrió, Aria salió agitada, su respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza. Sus ojos buscaron al Rey. Demyan estaba de pie, a su lado en un instante, sin importarle lo que pensaran los demás.
—Basta —ordenó, con una voz gélida y autoritaria—. Sigan sin ella. Omitan su resultado.
El salón entero quedó en silencio, impresionado por la firmeza del Rey.
El baile continuó, aunque la tensión persistía. Aria intentó sonreír y mantenerse con sus amigos, quienes la rodearon con discreta protección. Pero su mente seguía atrapada en esas palabras: “la extinción no era lo que buscábamos”.
De pronto, justo cuando la música alcanzaba su clímax y los pares bailaban en un espectáculo deslumbrante, un rugido atravesó el aire. El techo de cristal se agrietó, la magia de luz se apagó y las flores comenzaron a marchitarse de golpe. La oscuridad cayó como una ola.
Un ataque.
El lugar, que segundos antes era belleza y esplendor, se convirtió en caos. Y en el centro de todo, Demyan tomó la mano de Aria con una fuerza feroz, sus ojos ardiendo con la promesa de que nadie, absolutamente nadie, la tocaría.