Sombras del antiguo poder
El salón iluminado con miles de luces y flores brillantes se quebró en un solo instante. Desde los muros más antiguos de la academia, una grieta de oscuridad se expandió como una marea silenciosa, y de ella emergieron figuras espectrales, sombras densas con cuerpos retorcidos y ojos rojos como brasas apagadas.
El murmullo del baile se transformó en gritos. Copas se quebraron contra el suelo y los jóvenes que apenas habían descubierto a qué reino pertenecían retrocedieron, confundidos, mientras la primera oleada de esas criaturas oscuras atacaba con un poder jamás visto.
Las espadas de energía y las lanzas mágicas surgieron de inmediato. Los anfitriones, guardianes y maestros de la academia comenzaron a pelear, pero esas sombras tenían un poder extraño: antiguo, indomable, como si fueran restos de una magia prohibida olvidada en los abismos del tiempo.
El Rey Demyan se interpuso frente a Aria, su sola presencia era un muro de luz. Con una voz que resonó sobre todo el caos, ordenó:
—¡No permitan que las toquen! ¡Estas sombras no son como ninguna otra!
El aire se desgarraba cada vez que él lanzaba un ataque: explosiones de fuego blanco, ráfagas de energía que partían a las criaturas en dos. Sin embargo, cada sombra destruida parecía multiplicarse en otra más oscura y violenta.
Aria, con el corazón latiendo desbocado, buscó un rincón donde no interponerse en la batalla del Rey. No quería ser una carga en medio de aquella guerra. Pero antes de dar un paso más, una nube oscura surgió detrás de ella, atrapándola en un instante. Una fuerza helada la levantó del suelo, aprisionándola como cadenas invisibles.
El aire desapareció de sus pulmones.
La asfixia fue brutal, y un dolor punzante recorrió cada músculo de su cuerpo como si miles de agujas atravesaran su piel. Aria luchó desesperada, arañando la oscuridad con sus manos, pero solo logró que más cortes profundos se abrieran en sus brazos y piernas.
De pronto, algo dentro de ella se iluminó: un resplandor dorado en el centro de su pecho. La sombra chilló, un grito agudo y desgarrador que sacudió el aire como un cristal al quebrarse.
El Rey sintió de inmediato la punzada en su propio cuerpo. Su respiración se cortó, como si compartiera el dolor de Aria.
—¡Aria! —rugió, y su voz arrasó la sala.
En medio del caos, Demyan atravesó a varias sombras para llegar hasta ella. Cada latido de su corazón era un golpe de poder que hacía temblar los muros. Pero cuando alcanzó la nube oscura, lo que encontró fue devastador: Aria suspendida en el aire, el cuerpo desgarrado, y un hilo de luz dorada explotando de su pecho como defensa.
La criatura gritaba con furia, pero el grito se mezclaba con el de la propia Aria. Era como si compartieran el mismo dolor.
La furia del Rey explotó. Con una sola mano invocó una espada de luz incandescente y la clavó en la sombra. Una llamarada transparente, tan pura y violenta que parecía fuego y hielo al mismo tiempo, consumió a la criatura hasta hacerla desaparecer.
Aria cayó entre sus brazos, inconsciente, aún temblando.
—¡Saimon! —tronó Demyan.
El guerrero apareció de inmediato, arrodillándose con reverencia.
—Protégela. Llévala a la sala de magia. Nadie debe tocarla.
Saimon asintió, cargando a Aria con cuidado.
Demyan entonces se giró hacia las sombras restantes. Su mirada era la encarnación de la destrucción.
Lo que siguió fue un espectáculo de poder nunca visto. El Rey extendió sus brazos y el suelo entero de la sala se llenó de runas luminosas. Llamas transparentes, casi invisibles, surgieron como olas ascendiendo al cielo. Cada sombra que tocaban se desintegraba en un lamento agudo, extinguiéndose por completo.
Los maestros y anfitriones se detuvieron un instante, observando, atónitos, cómo el Rey solo, en un despliegue de furia y poder absoluto, aniquilaba a cada criatura oscura hasta reducirlas a cenizas.
Nadie osó pronunciar palabra. Nadie respiró hasta que la última sombra desapareció.
El silencio volvió a caer sobre la sala, pero no era paz. Era el eco de una batalla que revelaba un poder tan abrumador que todos comprendieron que acababan de presenciar algo que nunca debió ser despertado.
Y el Rey, aún ardiendo en furia contenida, desapareció entre las ruinas mágicas para buscar a Aria.