Entre Sombras y Promesas
La quietud que reinaba en la academia era solo un disfraz. Tras el ataque, las grietas del miedo aún estaban presentes en cada pasillo, en cada mirada furtiva. Los muros de mármol, que antes habían sido símbolo de grandeza, ahora parecían testigos silenciosos de lo ocurrido.
La alta torre del consejo convocó a todos los graduados. La sala estaba llena, y la voz solemne de los ancianos resonó como un eco implacable:
—Lo ocurrido no ha sido más que un preludio. Debéis estar atentos. El verdadero peligro aún no ha mostrado su rostro.
El mensaje fue claro: nadie estaba a salvo, y la oscuridad que se avecinaba era más grande de lo que podían comprender.
Aria, con las vendas aún cubriendo parte de sus brazos y piernas, estaba de pie entre sus compañeros. A pesar de las cicatrices visibles, su semblante era distinto. Había en ella una vitalidad que no recordaba haber sentido nunca. Era como si algo se hubiera despertado en su interior tras aquella batalla.
Los demás la miraban con una mezcla de respeto y fascinación. Antes, muchos la habían visto como alguien frágil, pero ahora irradiaba fuerza. Incluso sus amigos más cercanos —Kael, Lya y Eren— parecían verla bajo una nueva luz.
—Aria, cuando entraste al baile todos te miraban… pero después de lo que pasó, ahora no solo te ven, te siguen —murmuró Lya con una sonrisa cómplice, intentando suavizar el ambiente.
Aria bajó la mirada, incómoda por la atención, aunque en el fondo una pequeña chispa de orgullo creció en su pecho. Por primera vez no se sentía una carga, ni alguien perdido en un destino incierto. Se sentía viva. Capaz.
Pero esa sensación duró poco. En lo más profundo de su ser, un murmullo insistente se repetía: aún no sabes quién eres, y tu verdad será tu mayor prueba.
Al caer la tarde, Demyan la buscó. La condujo a los jardines ocultos de la academia, donde las flores brillaban bajo una luna plateada. El lugar, silencioso y etéreo, parecía existir fuera del tiempo.
El rey la observó en silencio, con sus ojos oscuros reflejando algo que ni siquiera él mismo comprendía del todo. Había en su mirada una lucha interna, pero también una decisión firme.
—Aria —su voz profunda resonó con una mezcla de gravedad y ternura—. Prometí proteger a mi reino… pero ahora sé que protegerte a ti es igual de vital. No dejaré que nadie te toque, ni que la oscuridad te robe lo que eres.
Aria sintió que el corazón se le comprimía. Sabía lo que él no decía: él había sentido todo su dolor, lo había llevado consigo, y aún así estaba allí, frente a ella, como un guardián inquebrantable.
El silencio se volvió denso, cargado de sentimientos no pronunciados. Fue entonces cuando Demyan dio un paso más cerca. Su mano, fría pero firme, rozó la de Aria. Ella no se apartó. Al contrario, cerró los ojos y dejó que su respiración se sincronizara con la de él.
El beso llegó como un choque de universos: intenso pero delicado, como si temieran romper la frágil conexión que habían sellado con tanto sufrimiento. Fue una promesa muda, un pacto sellado no con palabras, sino con el roce de sus labios.
Por un instante, nada existió más allá de ellos dos. Ni la academia, ni el peligro, ni las sombras que acechaban. Solo ese momento.
Pero cuando se separaron, la oscuridad pareció susurrar desde los rincones del jardín. Un recordatorio de que lo que habían vivido no era el final, sino apenas el comienzo.
Aria abrió los ojos, con el corazón desbordado y el alma ardiendo en preguntas sin respuesta. Y allí, bajo el cielo estrellado, supo que su destino acababa de sellarse de una forma que cambiaría no solo su vida, sino la de todos los reinos.
El verdadero juego apenas estaba por comenzar.