Ecos de mundos olvidados: La caída del cosmos.

Prólogo

En el principio no había silencio.

Había un latido.

No un sonido, no una luz, no una forma que pudiera nombrarse. Solo un pulso, antiguo como la nada misma, que se extendía por un vacío que aún no sabía que lo era. Los mortales, milenios después, llamarían a ese pulso Energía Primordial. Pero los nombres son jaulas, y lo que latía en el origen no podía ser enjaulado.

Era posibilidad pura. El origen del todo.

De ese latido nacieron las primeras conciencias. No todas iguales. No todas destinadas a lo mismo. El cosmos, incluso en su infancia, ya entendía la jerarquía: algunos seres nacían para abarcar galaxias enteras con su mera presencia; otros, para velar por un solo mundo, una luna, un puñado de polvo estelar con pretensiones de planeta.

Los antiguos llamaron constelaciones a estas conciencias. Pero no eran las estrellas que los mortales señalan con el dedo. Eran algo más profundo: dioses atados a mundos, guardianes cuyo aliento daba forma a océanos y cuya furia podía agrietar continentes. Cada una llevaba en su núcleo una chispa de aquel latido original, y cada una estaba unida a un planeta por un vínculo más antiguo que el tiempo.

Se decía, en los susurros que viajan entre nebulosas, que no todas habían nacido igual.

Las más comunes surgían del corazón de las tormentas estelares, donde la energía se acumulaba durante eones hasta solidificarse en conciencia. Pero había otras. Las más antiguas, las primeras en despertar, no conocían el calor de esas fraguas de luz. Ellas emergieron del dolor: del colapso de estrellas masivas que se devoraban a sí mismas, de la danza letal de agujeros negros que deformaban el espacio como telas, del último aliento de supernovas que iluminaban galaxias antes de apagarse para siempre.

Estas eran las primordiales. Y donde ellas posaban su mirada, el tiempo se arrodillaba.

Pero el cosmos no solo albergaba titanes.

En los márgenes, en los pliegues olvidados del espacio, florecían las menores. Deidades de escala ínfima, cuya luz apenas alcanzaba a bañar un solo mundo. No podían mover sistemas ni alterar el flujo de las eras. Pero podían guiar una tormenta para salvar una cosecha, susurrar un sueño a un recién nacido, o extender su presencia como un manto de serenidad sobre los mortales que las veneraban.

Entre unas y otras, tensando el equilibrio, existían las mayores. Eran los estrategas, los gobernantes silenciosos de sistemas enteros. Su poder no era solo físico: podían sofocar rebeliones con un parpadeo, ajustar órbitas con la precisión de un relojero cósmico, y aparecer en los cielos de sus planetas como figuras tangibles, ineludibles, aterradoramente presentes.

Todas, menores, mayores y primordiales, compartían una verdad ineludible: su existencia dependía de los mundos que custodiaban. Si el planeta prosperaba, la constelación brillaba. Si el planeta moría...

Pero hay historias que no deben contarse aún.

Porque en un rincón apartado del cosmos, en una nebulosa donde ni siquiera los titanes reparaban, algo estaba a punto de nacer. Algo que no encajaba en ninguna jerarquía. Algo que llegaría no del calor de una tormenta ni del dolor de una supernova, sino del lugar más improbable de todos:

El olvido



#4203 en Fantasía
#489 en Paranormal
#186 en Mística

En el texto hay: villano, espacio exterior, cosmos

Editado: 04.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.