Ecos de mundos olvidados: La caída del cosmos.

Donde ríe el vacío

El vacío alrededor de Ignis había cambiado. Ya no era solo la inmensidad indiferente; ahora estaba marcado. La espada de supernova de Vorlag seguía clavada en su asteroide, medio envuelta en la sombra viva de Felios, como un diente negro en la mandíbula del cosmos. Y en la superficie, el árbol-monstruo extendía su copa de hojas de vidrio, parpadeando con los mismos ritmos erráticos que los ojos rojos de su guardián.

Fue entonces —en ese preciso instante de consolidación silenciosa— cuando el vacío rió.

No con la crudeza de un estruendo, ni con la furia de una supernova. No. Esta risa era contagiosa. Una risa que se deslizaba entre los pliegues del espacio-tiempo como si conociera todos los secretos de la gravedad y se hubiera olvidado de respetarlos. Las partículas de polvo cósmico comenzaron a girar alrededor de sí mismas, no por fuerzas físicas, sino por pura alegría absurda. Un cometa errante, que antes viajaba en línea recta con la solemnidad de un peregrino, de pronto describió un círculo perfecto y estalló en una burbuja de colores que olía a caramelo y nostalgia.

Zephyrion había regresado.

—¡Hola, Ceniza! — cantó su voz, compuesta de chasquidos de globos, risas de pájaro mecánico y un ligero acento de trompeta desafinada. Su forma no se manifestó de inmediato; en cambio, apareció por partes: primero una luna (Trompo, esta vez con sombrero de copa), luego un par de payasos de nebulosa haciendo malabarismos con estrellas enanas, y finalmente, como colofón, una nube de algodón de azúcar radiactivo que formó, por un instante, el rostro sonriente de Zephyrion.

Pero esta vez no había bufones gritando ni trucos explosivos. Solo una quietud carnavalesca, ligeramente inquietante.

—Te traje un regalo — anunció, y entre sus dedos de plasma apareció un pequeño objeto: un cubo perfecto hecho de luz congelada, tan pequeño que ni siquiera las criaturas pétreas de Ignis lo habrían notado. Flotaba con una gravedad propia, girando lentamente sobre sí mismo, y en cada una de sus caras se reflejaba una escena diferente: una risa, una lágrima, un silencio, un grito, un sueño, una mentira.

Zephyrion lo lanzó suavemente hacia Felios.

—¡Adivina cuál es real! — exclamó, y sus tres lunas (Pipo, Chispa y Trompo) comenzaron a girar en círculo, como si esperaran el punchline de una broma cósmica.

El cubo cruzó el vacío sin emitir sonido. Al acercarse al sistema de Ignis, su luz se tiñó de azul profundo, luego de rojo, luego de un negro que no era ausencia, sino expectativa. Finalmente, se detuvo a escasos metros de la nebulosidad azulada de Felios, suspendido en el no-lugar entre constelación y planeta.

Felios no respondió.

No hubo estática. No hubo ojos parpadeando en sincronía. Solo la contemplación fija de sus múltiples pupilas rojas, cada una intentando descifrar el objeto como si fuera un jeroglífico escrito en un lenguaje que nunca había existido.

Porque Felios no entendía la broma.

No era que no percibiera el humor. Era que, para él, la verdad y la mentira no eran opuestos, sino ecos. En su mundo, todo lo que existía era real por el simple hecho de persistir. La desolación era real. La sombra era real. La culpa de Aelora, la furia de Vorlag, la nostalgia de Nivara… todo era parte del mismo tejido de existencia dolorosa. ¿Cómo podía elegir cuál cara del cubo era "la verdadera", si todas ellas habían tocado su esencia de una u otra forma?

Un pulso tímido de energía negra salió de uno de sus hilos, no para destruir, sino para tocar el cubo.

Al instante, el cubo se deshizo.

No en pedazos, sino en una carcajada audible—una risa pura, sin origen ni dueño, que resonó en la atmósfera tóxica de Ignis Solis y se filtró hasta las grietas más profundas, donde los gusanos de ignición se encogieron, confundidos. La risa no era cruel. Tampoco era amable. Era… neutral. Como la risa de un universo que ve todo y no juzga, porque sabe que todo es pasajero.

Zephyrion río de verdad.

—¡Ah! ¡Por fin! — exclamó, transformándose en un arcoíris que bailaba sobre sí mismo —. ¡Entendiste la broma sin entenderla!

Pero Felios no celebró. Sus ojos rojos siguieron fijos en el lugar donde el cubo había estado. En el vacío, aún flotaban ecos de risa, pero a él le sonaban como un espejo vacío.

<<...NO... HAY... BROMA...>> crujió su estática, más suave que antes, casi como una pregunta.

—¡Claro que no! — respondió Zephyrion, ahora con una voz más íntima, más cercana a la del niño perdido que había dejado entrever la última vez —. La mejor broma es la que no se cuenta. Solo se vive.

Y con eso, lanzó un beso de confeti negro hacia el árbol-monstruo, que lo absorbió como si fuera alimento.

Pero Felios ya no miraba a Zephyrion.

Miraba la risa que aún vibraba en su mundo.

La broma no había funcionado. Pero algo se había transmitido: un intento. Zephyrion, el que huía del miedo con ruido, había vuelto, no con una payasada grandiosa, sino con un susurro juguetón. Y Felios, por primera vez, no había respondido con indiferencia pura, sino con un esfuerzo de análisis. No había entendido la broma, pero había reconocido que era una.

Era un inicio. Torpe, confuso, tan frágil como el cubo que había estallado. Pero en el vasto y a menudo brutal arrabal estelar de Seraphis, incluso el malentendido más pequeño podía ser una semilla.



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En el texto hay: villano, espacio exterior, cosmos

Editado: 05.01.2026

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