Ecos de mundos olvidados: La caída del cosmos.

Donde ríe el vacío II

La luz de Zephyrion se había disipado, dejando atrás un silencio que ahora parecía menos vacío. Pero el siguiente en acercarse no lo hizo con colores ni risas. Llegó con un gruñido.

Un temblor grave y profundo, más bajo que cualquier sonido, recorrió el espacio entre Vulcara e Ignis. No era un ataque; era un saludo. Era la firma energética de Tellurion, el Latido de la Tierra. Su forma se materializó no como una figura definida, sino como una serie de pulsos rítmicos de luz naranja y roja oscura, como el corazón de una estrella recién nacida vista a través de capas de roca fundida. Cada latido irradiaba una sensación de presión titánica, de peso y calor insondables.

—Siento tu dolor—fueron sus primeras palabras. No vinieron como sonido, sino como una vibración telúrica que resonó en el núcleo mismo de Ignis Solis, haciendo cantar a las venas de magma bajo la corteza. —Siento las grietas en tu mundo. El estrés de la roca que nunca descansa. El calor que no encuentra salida.

Tellurion no flotaba; palpitaba en el vacío. Un haz de su luz, cálida y pesada, se posó sobre la llanura de vidrio fundido que Felios había creado frente a Vorlag. La luz no la enfrió; la acunó, como si entendiera su naturaleza de herida solidificada.

<<...DOLOR... ES... CONSTANTE...>> respondió Felios, su estática sorprendentemente suave, casi como un suspiro de roca. Era la primera vez que usaba esa palabra para describir su existencia.

—Sí —asintió Tellurion, y su pulso se sincronizó por un instante con el lento latir del magma en el manto de Ignis—. El mío también. Mi mundo, Vulcara, nace y renace cada día entre el fuego y el temblor. Cada montaña es un grito solidificado. Cada río de lava, una arteria abierta. No es un castigo. Es... su naturaleza. Como lo es la tuya.

Tellurion extendió un pulso de energía que no era una proyección, sino un recuerdo sentido: la imagen de Vulcara en sus primeros eones, un infierno de caos radioactivo donde ni siquiera la lava podía mantener una forma. Luego, la imagen de Tellurion mismo, no como un guerrero o un tejedor, sino como una presencia paciente, guiando —no forzando— las corrientes de convección del manto, desviando lentamente la furia de supervolcanes, encauzando la energía hacia donde pudiera construir, no solo destruir.

—No se trata de detener el dolor —vibraba su voz, grave y serena—. Se trata de dirigirlo. De darle una forma. Tu fuego no es un error. Es tu materia prima. Tu oscuridad no es una maldición. Es tu herramienta.

Su "mirada" —una sensación de escrutinio geológico— se posó en el árbol-monstruo. No con desprecio o miedo, sino con reconocimiento profesional.

—Esta criatura... no es una planta. Es una válvula. Absorbe el exceso de radiación, canaliza el ácido, su sombra es una esponja de calor. Es torpe. Es fea. Pero es funcional. Es tu primer intento de darle una forma al caos de Ignis.

Felios quedó inmóvil. Sus múltiples ojos rojos parpadearon lentamente, reflejándose en la superficie lisa del vidrio fundido. Tellurion no juzgaba su fealdad, ni su dolor. Lo analizaba como un fenómeno natural. Le estaba dando un marco, un contexto que no era de rechazo ni de lástima, sino de pura geología cósmica.

<<...YO... NO... GUIÉ... SU... CRECIMIENTO...>> admitió la estática. <<...FUE... AELORA...>>

—Pero tú le diste propósito —corrigió Tellurion. —Tú lo proteges. Tú sincronizas tus pulsos con los suyos. Eso es guiar. Aprendiste a hacerlo defendiéndolo. Ahora... ¿qué pasaría si lo hicieras construyendo?

La pregunta resonó en el vacío como el martilleo de una placa tectónica.

Construir.

No solo resistir. No solo proteger. Crear.

Era un concepto tan ajeno como la risa, pero este venía con un mapa: el dolor como cimiento, la sombra como herramienta, el fuego como ladrillo.

Tellurion emitió un último pulso, una inyección de datos geotérmicos puros: esquemas de flujos de calor, estructuras cristalinas que podrían crecer en el infierno, patrones de estrés que convertían la presión en arquitectura. No era un regalo de vida, como los de Aelora. Era un manual de taller para un herrero planetario.

—El dolor no es el enemigo —fueron sus palabras de despedida, mientras su forma pulsante comenzaba a alejarse, fusionándose con el resplandor distante de Vulcara—. Es el martillo. El yunque es tu voluntad. Lo que forjes... será tu respuesta al universo.

Tellurion se fue, dejando una estela de calor residual y una paz extraña, la paz que viene de ser comprendido en un nivel fundamental.

Felios se quedó solo, pero la estática en su núcleo ya no era caótica. Zumbaba con un nuevo patrón, lento y deliberado, como el enfriamiento del basalto.

Volvió su atención a Ignis. A las grietas que sangraban calor. A las llanuras inestables. A su árbol-válvula, que latía al ritmo de su sombra.

Tellurion tenía razón. La fealdad tenía una función. El dolor tenía un potencial.

Decidió mejorar.

No sería una transformación brillante o alegre. Sería lenta, áspera, geológica. Pero sería suya.

Un ojo rojo, luego otro, luego todos, se enfocaron en un punto específico: una meseta inestable al norte del árbol, donde las tormentas de arena desgastaban la roca en pilares débiles. Allí, el calor era especialmente intenso e inútil.



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En el texto hay: villano, espacio exterior, cosmos

Editado: 05.01.2026

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