No hubo confeti. No hubo risas en eco. Solo un silencio que olía a neblina tóxica y nostalgia quemada.
Zephyrion llegó como un fantasma que ya no cree en su propia aparición. Su nebulosa estaba apagada, sus colores desteñidos como lienzos abandonados a la intemperie. Sus lunas —Pipo, Chispa, Trompo— no rebotaban. Flotaban como cráneos vacíos en órbita fúnebre. Risitas, su pequeño sol, apenas latía, como si temiera que su luz atrajera miradas que ya no tenían paciencia para el humor.
—Hola, Arquitecto de la Nada —dijo, y su voz no era ni burlona ni amable. Era plana. Cansada. La voz de quien ha agotado todos los disfraces.
Felios no respondió. Pero uno de sus ojos rojos —aquel que miraba el cuenco recién forjado, donde el calor ya no escapaba al azar— parpadeó. No por sorpresa. Por precaución.
Zephyrion extendió su mano. En ella no había un espejo ni un reloj. Había una semilla.
Pero no era como las de Aelora. Era de cristal negro, tallada con precisión absurda, con vetas de mercurio que latían como venas. En su interior, una réplica en miniatura del árbol-monstruo: tronco de basalto, hojas de vidrio, frutos con pupilas rojas.
—Te traje un regalo —dijo Zephyrion—. Un homenaje.
Y sin más, la arrojó hacia el cuenco de calor concentrado que Felios había creado con tanto esfuerzo.
La semilla de cristal cayó entre las paredes incandescentes… y brotó.
No con lentitud geológica. No con dolor ígneo. Instantáneamente.
Como una burla al esfuerzo.
Raíces de espejo se clavaron en la roca, tronco de ónix se alzó en espiral perfecta, hojas de diamante reflejaron el cielo blanco-azul con una belleza cruel. Frutos idénticos a los del árbol de Felios —ojos rojos, lágrimas de ácido— maduraron en segundos.
—¡Mira! —exclamó Zephyrion, y por primera vez, su voz recuperó un eco de su antigua alegría… pero era hueca, como un globo vacío—. ¡Tu obra maestra… en versión exprés!
Sin dolor. Sin sudor cósmico. Sin esperar siglos para que una criatura pétrea alce la cabeza.
Felios lo observó. Todo en él se detuvo. Hasta su estática.
Porque el árbol de Zephyrion era perfecto.
Demasiado perfecto.
Demasiado... falso.
—¿Ves la diferencia? —Zephyrion se acercó, su voz ahora un susurro que dolía más que un grito—. Tú te rompes las estrellas intentando dar forma a tu miseria. Yo… solo la copio. Y el universo no nota la diferencia.
Extendió un dedo de plasma y tocó una hoja de diamante. La hoja cantó una nota pura, armoniosa, que resonó en todo Ignis… mientras las hojas del árbol de Felios solo emitían crujidos ásperos.
—Nadie recordará tu árbol, Ceniza. Nadie contará su historia. Pero si yo lo imito… si lo hago bonito… hasta los Devastadores se detendrán a mirar.
Dio un paso atrás. Su sonrisa era una cicatriz.
—La verdadera broma no es que tu creación sea fea.
Es que nadie sabrá que existió.
Y con eso, lanzó una risa pequeña. Una sola carcajada seca, como el chasquido de un hueso al partirse.
El árbol de cristal no resistió el calor real. En segundos, sus raíces de espejo se derritieron, su tronco de ónix se agrietó, sus frutos se desintegraron en polvo brillante que el viento arrastró como ceniza festiva.
Pero el daño ya estaba hecho.
Felios miró su propio árbol-monstruo. Sus hojas torcidas. Sus raíces desiguales. Sus frutos que lloraban ácido sin melodía.
Y vio, por primera vez, no orgullo, sino vergüenza.
<<...ES... FEO...>> emitió su estática, tan baja que apenas fue un eco.
Zephyrion no celebró. Solo asintió, con los ojos llenos de una tristeza que ya no fingía.
—Sí. Es feo.
Pero es tuyo.
Y eso… —su voz se quebró—, eso es lo que más duele, ¿verdad?
Que lo ames, y nadie más lo entienda.
Se alejó sin confeti. Sin ruido. Solo una nebulosa vacía que se deshacía en el viento solar.
Felios quedó solo con su árbol, su cuenco, su sombra… y la semilla rota de una broma que no era de Zephyrion.
Era del universo.
Porque la peor broma no era el fracaso.
Era crear algo con todo tu ser… y saber que el cosmos ni siquiera parpadeará.
Pero entonces, entre las raíces del árbol-monstruo, una criatura pétrea se arrastró… y se posó justo bajo su sombra más densa.
No por belleza.
Por necesidad.
Y Felios comprendió:
No importaba si el universo lo veía.
Ignis lo necesitaba.
Y eso… era suficiente.