Ecos de mundos olvidados: La caída del cosmos.

Donde ríe el vacío IV

No hubo saludo. No hubo color. No hubo sonido que pudiera llamarse melodía.

Thundarr llegó como una interrupción en la entropía.

Antes de que su forma se manifestara, el vacío alrededor de Ignis Solis se reordenó. Las partículas de polvo cósmico, antes dispersas al azar por los vientos solares, comenzaron a alinearse en redes hexagonales invisibles. Las corrientes de plasma que rozaban la atmósfera del planeta se curvaron en espirales logarítmicas perfectas, como si el caos hubiera sido forzado a obedecer una ecuación. Incluso el silbido térmico de las grietas en la corteza se volvió rítmico, casi metrónomo.

Y entonces, apareció.

Thundarr no tenía rostro, ni extremidades, ni nebulosa danzante. Era una estructura viva: esferas concéntricas de luz blanca girando en sincronía impecable, conectadas por líneas de energía pura que formaban ángulos exactos de 90°, 60°, 45°. En su centro, un punto de densidad infinita —no una estrella, sino una singularidad de propósito— irradiaba pulsos regulares, cada uno separado por el mismo intervalo de tiempo, como el latido de un corazón que jamás se apresura ni se demora.

—Tu mundo es ineficiente —dijo su voz, no como palabra, sino como una secuencia de frecuencias que resonaron en los hilos de vacío de Felios.

Felios no respondió. Pero uno de sus ojos rojos —el más cercano al cuenco de calor recién forjado— se contrajo. No por ofensa. Por instinto defensivo.

Thundarr se acercó, no flotando, sino reconfigurando su posición en el espacio-tiempo con precisión matemática. Cada movimiento suyo dejaba tras de sí una estela de coordenadas luminosas: x=0.34, y=–2.17, z=√π.

—Ignis Solis gasta el 87.4% de su energía interna en procesos redundantes —continuó Thundarr, mientras proyectaba un holograma tridimensional del planeta—. Las grietas se repiten en patrones fractales inútiles. El calor escapa sin dirección. El magma fluye en circuitos cerrados que no generan presión útil. Incluso tu árbol-monstruo… —una línea de luz blanca señaló el tronco retorcido—, consume 32 veces más radiación de la necesaria para mantener su estructura básica.

Felios extendió un hilo de sombra. No como amenaza. Como pregunta.

<<...POR QUÉ... IMPORTA... LA... EFICIENCIA...?>>

La estática era lenta, como si cada palabra tuviera que ser tallada en roca caliente.

Thundarr no se detuvo. Giró una de sus esferas exteriores y el holograma cambió: ahora mostraba un corte transversal del planeta, con líneas de flujo de calor superpuestas como venas de un cadáver iluminado.

—Porque la energía no es infinita —dijo—. Ni siquiera en un horno como este. Cada joule desperdiciado es un latido perdido. Cada grieta inútil, una herida que no cicatriza. Tú no estás protegiendo a Ignis. Estás acelerando su agotamiento.

Un nuevo pulso de sombra. Más tenso.

<<...LO... HAGO... CON... DOLOR...>>

—El dolor no es mérito —respondió Thundarr, y por primera vez, su voz adquirió un matiz casi pedagógico—. Es materia prima. Pero si no la diriges, solo se acumula. Y lo que se acumula… colapsa.

Extendió una esfera de energía blanca hacia la superficie del planeta. No la lanzó. La colocó. Exactamente a 3.7 kilómetros del cuenco de calor, sobre una meseta inestable.

—Observa.

La esfera emitió un campo de presión mínima. Nada espectacular. Solo un leve empuje. Pero ese empuje, aplicado en el ángulo exacto y con la intensidad precisa, causó que la meseta se fracturara de manera controlada. Las rocas cayeron no al azar, sino en una cuña que redirigió el flujo de lava subterránea hacia un canal natural previamente inactivo. En cuestión de minutos, el calor que antes se disipaba en el aire comenzó a concentrarse en una cuenca profunda, calentándola hasta que la roca emitió un brillo blanco continuo.

—No destruí. No creé. Reorganicé.

Felios observó. Sus ojos rojos parpadearon al unísono, algo que solo ocurría cuando su percepción se unificaba ante una revelación.

<<...CÓMO... SABES... DÓNDE... EMPUJAR...?>>

Thundarr giró otra esfera. Esta vez, proyectó una red de líneas que envolvieron todo Ignis Solis: puntos de tensión, nodos de presión, corrientes de convección en el manto, resonancias sísmicas, incluso la absorción espectral de la atmósfera.

—No lo sé. Lo calculo.

Cada partícula en tu mundo obedece leyes. Las leyes no tienen emociones. No tienen miedo. Solo tienen relaciones. Si conoces las relaciones, puedes predecir el resultado. Si puedes predecir el resultado, puedes elegir el mejor.

Hizo una pausa. Su singularidad central emitió un pulso más lento.

—Tú actúas por instinto. Por dolor. Por ira.

Eso te hace poderoso… pero impredecible.

Y lo impredecible… se rompe.

Felios se quedó inmóvil. No por duda. Por asombro.

Nunca antes había considerado que su mundo no era solo una herida…



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En el texto hay: villano, espacio exterior, cosmos

Editado: 19.01.2026

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