Ecos de sangre

Susurro

No volví a dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía la sonrisa de Lucien en la oscuridad, sentía el roce de sus dedos sobre el colgante y esa extraña respuesta en mi cuerpo, como si algo dentro de mí hubiera reconocido su presencia.
A las seis de la mañana me rendí.
Me duché con agua caliente, intentando borrar la sensación de frío que aún me recorría la piel. Frente al espejo, me observé con atención. Era la misma de siempre: el mismo rostro, los mismos ojos cansados… y, sin embargo, algo había cambiado.
Lo sentía.
El instituto me recibió con un murmullo constante. Las conversaciones se apagaban a mi paso, y no sabía si era paranoia o si de verdad me estaban observando más de lo normal.
—No pareces haber dormido —dijo Briar cuando me senté a su lado.
—No lo hice.
Ella me miró con intensidad.
—¿Pasó algo anoche?
Negué con la cabeza, demasiado rápido.
—Nada que pueda explicar.
Briar suspiró, como si esa respuesta confirmara algo que ya temía.
—Entonces escucha esto —susurró—. Si Ethan te dice que no hagas algo, hazle caso. Y si Lucien te dice que sí… corre.
—¿Por qué todos hablan de ellos como si fueran… peligrosos?
Briar dudó.
—Porque lo son —respondió al fin—. De formas distintas.
Antes de que pudiera preguntarle más, el aula se quedó en silencio.
Ethan estaba en la puerta.
Su mirada me encontró al instante. Había preocupación en sus ojos, pero también alivio. Caminó hacia mí con paso firme y se detuvo junto a mi pupitre.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asentí, aunque no estaba segura de que fuera verdad.
—Tenemos que hablar —añadió—. Hoy.
—¿Sobre qué? —pregunté.
—Sobre anoche. Sobre el bosque. Sobre ti.
Sentí un nudo en el estómago.
—Después de clase —dije.
Ethan asintió, pero antes de irse lanzó una mirada rápida hacia el fondo del aula.
Lucien estaba allí, recostado en su silla, observándonos con una sonrisa perezosa. Cuando nuestros ojos se cruzaron, alzó ligeramente una ceja, como si compartiéramos un secreto.
Me estremecí.
El resto de la mañana fue una tortura. Cada sonido parecía más intenso, cada movimiento más rápido. En educación física, corrí más de lo normal sin cansarme. En literatura, escuché la respiración del chico de dos filas más atrás como si estuviera a mi lado.
Eso no era normal.
Cuando sonó el último timbre, Ethan me esperaba fuera.
—Ven conmigo —dijo.
—¿A dónde?
—A un lugar seguro.
Lucien apareció apoyado contra una columna, aplaudiendo lentamente.
—Qué romántico, hermano —comentó—. ¿Puedo venir yo también?
—No —respondió Ethan sin mirarlo.
Lucien me observó con atención.
—Tú decides, Bella.
Los miré a los dos.
Y, por primera vez desde que llegué a Ravenwood, entendí que cada decisión que tomara a partir de ese momento tendría consecuencias.
Respiré hondo.
—Voy con Ethan —dije.
Lucien sonrió como si hubiera ganado de todos modos.
—Por ahora —murmuró.
Ethan empezó a caminar, y yo lo seguí, sin saber que esa elección era solo el primer paso hacia una verdad que podría destruirme… o transformarme para siempre.

Ethan no habló hasta que estuvimos lejos del instituto.
Caminamos por una calle secundaria, flanqueada por casas antiguas y árboles que parecían inclinarse unos hacia otros, como si compartieran secretos. El silencio entre nosotros no era incómodo, pero sí pesado. Cargado de cosas que todavía no se atrevían a decirse.
—¿A dónde vamos? —pregunté finalmente.
—A un lugar donde nadie nos escuche —respondió.
Eso no me tranquilizó.
Llegamos a una vieja biblioteca al borde del pueblo. El edificio parecía abandonado, pero cuando Ethan empujó la puerta, esta se abrió sin resistencia. Dentro olía a polvo, cuero viejo y algo más… metálico.
—Aquí nadie viene —dijo—. Y nadie puede oírnos.
Me giré hacia él.
—Empieza a hablar.
Ethan cerró los ojos por un momento, como si se preparara para una confesión largamente reprimida.
—Lo que viste anoche en el bosque no era un animal —dijo—. Era un guardián corrompido.
—¿Un qué?
—Criaturas antiguas. Protegen límites que los humanos no deberían cruzar.
—Yo no crucé nada —repliqué.
—Sí lo hiciste —respondió con suavidad—. En cuanto entraste en Ravenwood.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Ethan dio un paso más cerca.
—Porque este lugar fue construido sobre algo antiguo. Algo poderoso. Y tú… —se detuvo— tú lo activaste.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé —admitió—. Pero es la verdad.
Se hizo un silencio espeso.
—¿Qué eres tú, Ethan? —pregunté en voz baja.
Sus ojos se oscurecieron.
—Soy un monstruo que intenta no serlo.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—Dímelo.
Ethan inhaló profundamente.
—Soy un vampiro.
La palabra cayó entre nosotros como un golpe seco.
No grité. No corrí. No me reí.
Simplemente lo miré.
—Lucien también lo es —continuó—. Y otros más en Ravenwood. Hemos mantenido el equilibrio durante décadas.
—¿Equilibrio entre qué?
—La vida que conoces… y la que se esconde debajo.
Me llevé la mano al cuello.
—¿Y yo qué pinto en todo esto?
Ethan miró el colgante.
—Tu sangre es distinta. Antiguamente se la llamaba sangre eco.
—¿Eco de qué?
—De los primeros vampiros —susurró—. De los originales.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Eso es imposible.
—Eso es peligroso —corrigió.
—¿Y Lucien? —pregunté—. ¿Por qué actúa como si ya lo supiera todo?
Ethan tensó la mandíbula.
—Porque siempre ha estado más cerca de la oscuridad.
—Y tú no.
—Yo la temo —dijo—. Porque sé lo que hace cuando gana.
En ese momento, una risa lenta resonó entre las estanterías.
—Siempre tan dramático.
Lucien salió de entre las sombras, como si la biblioteca lo hubiera creado para él.
—¿Me estabais ocultando secretos sin mí? Qué feo.
—¿Cómo entraste? —exigió Ethan.
Lucien sonrió.
—Cuando se habla de sangre antigua… siempre escucho.
Se acercó a mí.
—¿Ya te contó lo especial que eres, Bella?
—Aléjate de ella —gruñó Ethan.
—No puedo —respondió Lucien con calma—. Está en mi naturaleza.
Lucien me miró directamente.
—Lo que Ethan no te dice —susurró— es que tu sangre no solo despierta a los antiguos… también puede matarlos.
Sentí un mareo repentino.
—¿Qué significa eso?
Lucien se inclinó hasta quedar a centímetros de mi rostro.
—Que eres el principio… o el final.
Y en ese instante, lo supe con una claridad aterradora:
No había huido de mi pasado.
Había caminado directamente hacia él.




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