Ecos de sangre

Latidos

Algo en mí había cambiado.
No era algo que pudiera ver al mirarme al espejo, pero lo sentía en cada paso, en cada respiración. Como si mi cuerpo se hubiera afinado a una frecuencia distinta, más aguda, más viva.
Ravenwood ya no me parecía silencioso.
Ahora lo escuchaba.
El viento entre los árboles. El roce de unas pisadas a lo lejos. El latido acelerado de un corazón cercano.
Me detuve en seco.
—Concéntrate —dijo Ethan desde el otro lado del claro—. No luches contra ello.
Estábamos en el bosque, en un pequeño espacio oculto entre árboles centenarios. El sol apenas se filtraba entre las ramas, tiñéndolo todo de tonos dorados.
—Es difícil no hacerlo cuando siento que me estoy volviendo loca —respondí.
Ethan se acercó despacio, manteniendo cierta distancia.
—No lo estás —dijo con suavidad—. Estás despertando.
Tragué saliva.
—No quiero convertirme en algo que no reconozca.
—Eso depende de las decisiones que tomes —respondió—. No de lo que corre por tu sangre.
Cerré los ojos e intenté hacer lo que me decía. Escuchar sin miedo. Respirar sin resistirme.
Por un momento, funcionó.
Sentí la energía recorriéndome, estable, poderosa.
Entonces aplaudieron.
—Muy inspirador —dijo una voz conocida—. Casi me emociono.
Abrí los ojos.
Lucien estaba apoyado contra un árbol, con los brazos cruzados y esa sonrisa peligrosa que ya empezaba a reconocer demasiado bien.
—¿Nos estabas espiando? —pregunté.
—Siempre —respondió—. Especialmente cuando me excluyen.
Ethan tensó la mandíbula.
—No deberías estar aquí.
—Y sin embargo… —Lucien dio un paso adelante— aquí estoy.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Te ves distinta, Bella.
—¿Distinta cómo?
Lucien inclinó la cabeza, estudiándome.
—Más despierta —dijo—. Más peligrosa.
Sentí un calor extraño recorrerme la piel.
—Eso no ayuda —murmuré.
Lucien sonrió.
—Nunca lo hago.
Ethan se interpuso ligeramente entre nosotros.
—Ella necesita control, no provocación.
—A veces la provocación es el camino más rápido a la verdad —replicó Lucien.
Los miré a ambos, consciente de la tensión invisible que vibraba entre ellos.
—Basta —dije—. Si voy a aprender a controlar esto… no quiero secretos.
Lucien arqueó una ceja.
—¿Incluidos los que te asustan?
—Especialmente esos.
Por un instante, algo serio cruzó su mirada.
—Ten cuidado con lo que pides, Bella.
El colgante latió contra mi piel.
Y supe que el entrenamiento no iba a ser solo sobre fuerza o control.
Iba a ser sobre elegir quién quería ser…
y a quién estaba dispuesta a perder.

El entrenamiento continuó, aunque “entrenamiento” no era la palabra correcta.
Ethan me enseñaba a respirar, a sentir el pulso de mi propia sangre sin dejar que me dominara. A concentrarme en un punto fijo, a no dejar que las emociones se desbordaran. Decía que el autocontrol era la diferencia entre un monstruo y algo… distinto.
Lucien, en cambio, se limitaba a observar.
—Te está enseñando a contenerte —dijo al cabo de un rato—. No a entenderte.
—No es lo mismo —replicó Ethan sin mirarlo.
—Claro que no. Una cosa te mantiene a salvo. La otra te mantiene viva.
—No la confundas.
Lucien sonrió.
—Ella ya está confundida.
Me crucé de brazos, molesta.
—Si vais a discutir, al menos hacedlo sin hablar de mí como si no estuviera.
Lucien me miró.
—Bien —dijo—. Entonces mírame cuando te diga esto.
Avanzó hasta quedar a pocos pasos. Sentí cómo el aire cambiaba a su alrededor, más denso, más eléctrico.
—Tú no estás rota —continuó—. No necesitas que te arreglen. Necesitas saber hasta dónde puedes llegar.
—Eso es peligroso —intervino Ethan.
—Todo lo que importa lo es.
Lucien alzó la mano, sin tocarme.
—Concéntrate en mí.
—Lucien… —advirtió Ethan.
—Confía en ella —respondió sin apartar la mirada.
Tragué saliva y obedecí.
Al principio no pasó nada. Luego, el mundo pareció afinarse. Los colores se volvieron más intensos. El sonido del viento, más claro. Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo.
De poder.
Lucien sonrió, satisfecho.
—¿Lo sientes?
Asentí.
—Sí.
—Eso es tu sangre respondiendo a la verdad —susurró—. No a las reglas.
Ethan dio un paso adelante.
—Es suficiente.
—¿Tienes miedo? —preguntó Lucien, ladeando la cabeza—. ¿O es que temes que te elija a ti… o a mí?
El silencio fue absoluto.
Sentí un nudo en el pecho.
—No es una elección —dije, intentando sonar firme—. No todavía.
Lucien me sostuvo la mirada.
—Lo será.
Ethan respiró hondo.
—Bella —dijo—. Confía en mí.
Lucien se acercó un paso más.
—Bella —repitió—. Confía en ti.
El colgante latió con fuerza, como si reaccionara a la tensión.
Y por un instante aterrador, supe que si daba un solo paso… nada volvería a ser igual.
—Basta —dije finalmente, retrocediendo—. Necesito aire.
Me di la vuelta y me alejé del claro, sin esperar respuesta.
Mientras caminaba, una certeza se asentó en mi mente:
Ethan me ofrecía seguridad.
Lucien me ofrecía verdad.
Y no sabía cuál de las dos era más peligrosa.

No sabía cuánto tiempo caminé.
El bosque se cerraba a mi alrededor, pero ya no me daba miedo. Era como si algo en mí lo reconociera, como si cada árbol, cada sombra, supiera quién era yo.
O quién estaba empezando a ser.
Me detuve junto al río que atravesaba Ravenwood. El agua corría oscura, reflejando el cielo gris. Me arrodillé y hundí los dedos en ella. Estaba helada… y aun así no retiré la mano.
—Antes gritabas cuando sentías esto.
La voz me hizo estremecer.
No me giré. No hizo falta.
—No deberías estar aquí —dije.
—Siempre dices lo mismo —respondió Katerina—. Y siempre estoy.
Se colocó a mi lado, elegante, perfecta, como si el mundo fuera su escenario personal.
—Estás cambiando —continuó—. Lo noto en tu pulso.
—No quiero oírte.
Katerina sonrió.
—Mientes mejor cuando estás asustada.
Me puse de pie, enfrentándola.
—Usaste a mi familia. A Ethan. A Lucien.
—Y aun así, aquí estás —replicó—. Escuchándome.
Su mirada se clavó en mi colgante.
—Ese artefacto fue creado para contenerte —dijo—. No para protegerte.
Mi corazón dio un vuelco.
—Eso no es verdad.
—¿No? —alzó una ceja—. Entonces pregúntate por qué duele cada vez que despiertas un poco más.
Las palabras se me clavaron como espinas.
—Ellos quieren controlarte —prosiguió—. Especialmente Ethan. Su miedo es más peligroso que mi ambición.
—Ethan quiere salvarme.
—No —corrigió—. Quiere salvar su conciencia.
Me di la vuelta, furiosa.
—Vete.
Katerina suspiró.
—Aún no —dijo—. Solo vine a advertirte.
—¿De qué?
—De Lucien.
Me giré de golpe.
—No pronuncies su nombre como si te importara.
—Oh, me importa —respondió con una sonrisa oscura—. Él es el que hará lo impensable por ti.
—Eso no te concierne.
Katerina se inclinó hacia mí, susurrando:
—Ten cuidado, Bella. Los amores más intensos… siempre exigen sangre.
Y desapareció.
El silencio volvió a envolver el río, pero ya no era tranquilo.
Sentí un mareo repentino. Me llevé una mano al pecho. El colgante ardía con fuerza.
—Bella.
La voz de Lucien.
Alcé la mirada. Estaba al otro lado del río, observándome con expresión grave.
—¿Cuánto escuchaste? —pregunté.
—Suficiente.
Cruzó el agua sin esfuerzo, como si no existiera.
—Ella no debería acercarse a ti cuando estás sola —dijo.
—¿Y tú sí?
Lucien se detuvo frente a mí.
—Yo no finjo ser algo que no soy.
Nos miramos durante unos segundos eternos.
—Tengo miedo —admití.
Lucien alzó una mano, dudando… y luego la bajó.
—Eso significa que aún eres tú —dijo—. Cuando deje de importarte… ahí sí deberías huir.
—¿Huir de qué?
Lucien me sostuvo la mirada.
—De mí.
El colgante latió una vez más.
Y supe que, por primera vez, no quería hacerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.