Mentir era más fácil de lo que había imaginado.
Descubrí eso a la mañana siguiente, frente al espejo del baño, mientras me observaba intentar parecer la misma de siempre. La misma chica normal. La misma Bella que iba al instituto, que fingía preocuparse por exámenes y trabajos en grupo.
Pero mis ojos no mentían.
Había algo distinto en ellos. No era el color. Era la forma en la que miraban. Más atentos. Más despiertos. Como si el mundo ya no fuera algo que simplemente ocurría a mi alrededor, sino algo que yo podía… sentir.
—Estás pálida —dijo mi tía desde la cocina—. ¿Dormiste mal?
—Sí —respondí sin pensarlo—. Pesadillas.
Primera mentira.
Y ni siquiera dolió.
Me vestí despacio, eligiendo ropa que ocultara el colgante. Desde la noche anterior no me lo había quitado. Cada vez que lo tocaba, una vibración suave recorría mi piel, como si reaccionara a mis pensamientos.
A Lucien.
A Ethan.
A Katerina.
Bajé las escaleras intentando no hacer ruido, pero Ethan ya estaba allí, apoyado en la encimera, con una taza de café intacta entre las manos.
—Buenos días —dijo.
Su voz era tranquila. Demasiado.
—Buenos días —respondí, evitando su mirada.
Me observó con atención.
—¿Cómo te sientes?
La pregunta parecía inocente, pero ambos sabíamos que no lo era.
—Bien —mentí—. Cansada, supongo.
Segunda mentira.
Ethan asintió lentamente, como si me creyera. O como si decidiera fingir que lo hacía.
—Hoy será un día normal —dijo—. Eso es lo que necesitas.
“Normal”.
La palabra me supo extraña.
—Claro —respondí—. Normal.
Cogí mi mochila y salí antes de que pudiera decir nada más.
El instituto de Ravenwood siempre había tenido algo inquietante. Pasillos demasiado largos. Ventanas demasiado altas. Murales que hablaban de un pasado que nadie recordaba del todo.
Pero ese día… lo escuchaba.
Risas forzadas. Corazones acelerados. Susurros cargados de intención.
Me llevé una mano a la sien, intentando bloquearlo.
—Bella.
Me giré.
Era Mara, una chica de mi clase de literatura. Sonreía, pero su pulso se disparó cuando se acercó.
—¿Estás bien? —preguntó—. Ayer te fuiste rara.
—Sí —dije rápido—. Solo dolor de cabeza.
Tercera mentira.
Ella frunció el ceño.
—Tienes los ojos… diferentes.
—Será la luz.
No lo era.
Entré al aula y tomé asiento, respirando hondo. Todo parecía amplificado. El sonido del reloj. El roce de las páginas. El olor metálico de la sangre de alguien que se había cortado con papel.
Cerré los puños bajo la mesa.
Control, me dije.
Ethan tenía razón en algo.
Entonces lo sentí.
Una presencia oscura, familiar, arrastrándose por los bordes de mi conciencia.
Mi mirada se alzó justo cuando la puerta del aula se abría.
Lucien estaba allí.
No como alumno.
No como visitante oficial.
Solo… apoyado contra el marco, observándome.
Su mirada se cruzó con la mía.
Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que Katerina había empezado su juego.
Lucien sonrió apenas.
Una advertencia silenciosa.
Y comprendí que mi primera mentira no había sido para proteger a nadie más.
Había sido para proteger lo que estaba empezando a sentir.
Lucien no entró al aula.
No hizo falta.
Su presencia se quedó suspendida en el aire como una advertencia, como una sombra que solo yo parecía notar. Cuando el profesor comenzó a hablar, la puerta ya estaba cerrada, pero yo seguía sintiendo su mirada clavada en mí.
Me removí en la silla.
No ahora, pensé.
El colgante vibró suavemente, como si respondiera a mi ansiedad.
—Bella —susurró Mara inclinándose hacia mí—. ¿Seguro que estás bien?
Asentí sin mirarla.
Mentir se estaba volviendo… automático.
El profesor explicó algo sobre literatura gótica, ironías del destino, y yo intenté concentrarme. Palabras como oscuridad, monstruos y redención se mezclaban con mis propios pensamientos.
Entonces ocurrió.
Un grito ahogado.
Todo pasó rápido. Demasiado.
Un chico dos filas delante de mí se llevó la mano al cuello y cayó al suelo. La sangre empezó a extenderse bajo él, oscura, espesa.
El aula estalló en caos.
Gritos. Sillas moviéndose. El profesor pidiendo calma.
Y yo… yo no vi sangre.
Vi pulsos.
Latidos.
Vida escapándose.
Sin pensarlo, me levanté.
—¡Bella! —gritó alguien.
Me arrodillé junto al chico. Tenía una herida profunda en el cuello, como si algo le hubiera atravesado la piel con una precisión antinatural.
Sabía qué hacer.
Mis manos se movieron solas, presionando el punto exacto, ignorando el pánico que me rodeaba. Escuché el latido estabilizarse poco a poco.
Demasiado rápido.
—¿Cómo…? —susurró el profesor.
Me aparté de golpe, consciente de todas las miradas sobre mí.
—No lo sé —dije—. Solo… actué.
Mentira.
La enfermería se llenó de rumores.
Accidente.
Objeto cortante.
Ataque.
Pero yo sabía la verdad.
Cuando levanté la mirada, Katerina estaba al final del pasillo, impecable, con una expresión tranquila, casi aburrida.
Me sonrió.
El mensaje era claro: esto es solo el principio.
Lucien apareció a mi lado en un parpadeo.
—No deberías haber intervenido —murmuró—. Te han visto.
—Se iba a morir —respondí en voz baja.
—Y ahora te van a mirar —replicó—. Mucho.
Ethan llegó segundos después, con el rostro pálido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Me miró a mí primero. Siempre a mí.
—Nada —dije rápido—. Un accidente.
Ethan frunció el ceño.
—Bella…
Katerina se acercó entonces, rompiendo la escena.
—Qué valentía —dijo—. Algunas personas nacen para salvar. Otras… para destruir.
Clavó sus ojos en mí.
—¿No te parece, querida?
Sentí un escalofrío.
—Aléjate de mí —dije, sin alzar la voz.
Ella rió suavemente.
—Eso crees.
Ethan dio un paso adelante.
—No vuelvas a acercarte a ella.
Katerina lo observó como si fuera un niño.
—No te preocupes —respondió—. Pronto ella vendrá sola.
Y se marchó.
El silencio que dejó atrás fue peor que el caos anterior.
Lucien me miró.
—Te está provocando.
—Lo sé.
—Y tú estás respondiendo.
Tragué saliva.
—No pienso dejar que muera nadie más.
Lucien bajó la voz.
—Entonces prepárate para lo que eso significa.
Ethan me tomó del brazo.
—Nos vamos —dijo—. Ahora.
Mientras salíamos del instituto, sentí todas las miradas clavadas en mí. Susurros. Dudas. Miedo.
Y comprendí algo aterrador:
Mi primera mentira había salvado una vida.
Pero había puesto en peligro la mía.